miércoles, 8 de febrero de 2012

Creer en fantasmas


La anécdota es muy conocida en la familia y mil veces referida. Corría el año 1946 y un aneurisma se llevó a la tumba a la abuela cuando mi madre sólo contaba con cinco años. Al día siguiente, mientras se celebraba el entierro, la niña se quedó en casa con la criada mientras la familia cumplía el doloroso trámite de dar tierra a la difunta.
Al regresar, mi abuelo besó a su hija y no supo cómo narrarle esa pérdida, asustado por pensar que, siendo tan pequeña, era lo suficientemente mayor para sufrir pero no tanto como para afrontarlo.

La reacción de mi madre fue sorprendente y aterradora. Eso no es verdad, papá: mamá ha estado aquí esta tarde y ha venido a acariciarme vestida de azul y con todos los anillos puestos.
Y ese era justo el modo en el que fue amortajada.

Mi madre siempre recordó aquel suceso y nos lo contó muchas veces tal y como lo relato yo ahora. Sin embargo siempre se ocupó de añadir, con un escepticismo despreocupado y sincero, que ella no creía en fantasmas.

Y la muy tozuda aún lo sigue diciendo, tanto tiempo después, a pesar de que ya lleva muerta desde hace muchísimos años.

sábado, 7 de enero de 2012

La Asociación

“Si un hombre se deja tentar por un asesinato, poco después piensa que el robo no tiene importancia, y del robo pasa a la bebida y a no respetar los sábados, y de esto pasa a la negligencia de los modales y al abandono de sus deberes”.
(Thomas de Quincey)


“(…) Cierra la reunión el Señor Laurent con un encendido y certero discurso en el que cita nada menos que a Carlyle, a Plinio y hasta a Chesterton : “En el asesinato, el criminal es el artista y el detective, el crítico”. Nada queda por añadir al Ciclo Séptimo, salvo acotar que el Señor Lebrin, como tesorero, señala la existencia de un saldo de 5.000 francos disponibles puesto que todos los señores miembros anotaron “captura” en el período anterior.”
(Fragmento del Libro de Actas de la Asociación del día 30 de Noviembre de 1956)


Phillipe Laurent, en su calidad de anfitrión, abre la reunión del ciclo Octavo y se atusa el grasiento bigote de guías con gesto impaciente. Mientras, suenan unos contenidos aplausos que tienen más que ver con la mesura que con la falta de entusiasmo. También y a la vez, expulsa una ligera ventosidad que disimula sin éxito con un falso golpe de tos. Nadie en la docta reunión hace signos de percibir tal hecho, sabedores de que es inútil intentar ser sublime sin interrupción, por mucho que todos critiquen (a su espalda, claro está) esos excesos del Juez Laurent que atribuyen a su avanzada edad, la misma que, por otro lado, todos comparten. La educación es una constante en las reuniones de la Asociación: Las formas son el fondo, como dijo el Comisario Gancourt en la Ceremonia Fundacional.

La sala es el antiguo despacho del juez, en su domicilio de la Rue Saint Paul, una estancia oscura y solemne, como tantas de las sentencias que dictó durante décadas. Componen el escenario tres círculos concéntricos. En el interior, la gran mesa de nogal y en torno a ella, los cinco miembros de la Asociación, un juez, un fiscal, un comisario, un psiquiatra forense de La Santé y un asesino convicto reconvertido en confidente. Salvo éste último, todos se retiraron hace mucho tiempo. En realidad, la Asociación representa todo el antiguo poder de la justicia criminal de París desde todos los prismas posibles. El cuadro se completa con las paredes, forradas de estanterías que albergan cientos de anticuados libros de Derecho repletos de polvo. El ambiente entero huele a vejez y a demencia.

Toma la palabra el Fiscal Galin y es de notar que cuando habla (emboscado en su barba y en su genio), todos callan y que no es fácil conseguir tal respeto de un público tan acostumbrado a obtener gratuitamente la aquiescencia de sus inferiores, que, en su día, fueron todos los funcionarios de Francia y la casi totalidad de sus súbditos.
“Hoy tenemos, amigos míos, un caso extraordinario: Puffet, ese hombrecillo de apariencia inofensiva que espera en la antesala, es nuestro hombre para el ciclo Octavo y quizá, el mejor hallazgo desde que inauguramos esta actividad. Debemos esta circunstancia, comme d’hàbitude, a nuestro buen amigo Deschamps”
Todas las miradas se dirigen hacia Deschamps, y éste se ruboriza, lo que demuestra que, al cabo, las emociones más pueriles y básicas, como lo es el reparo, habitan también los corazones de los más descarnados asesinos. Otro punto para Maurice Deschamps que es siempre quien marca la pieza para que las influencias del resto de miembros de la Asociación consigan excarcelar o -como hoy es el caso-, liberar al que ellos llaman “ejecutor” desde algún remoto y olvidado hospital psiquiátrico.

Siguiendo con fidelidad el ritual, los señores socios hacen entonces pasar a Puffet y la simple inspección ocular del sujeto levanta murmullos de aprobación en la sala. Es Puffet un individuo sudoroso, de corta talla, ademanes nerviosos y ojos pequeños y brillantes, que se mueven en todas direcciones ensuciando cuanto miran. Todas las aberraciones de su conducta constan en las copias del expediente que examinan los asociados y hasta ellos experimentan un cierto asco al ver las imágenes y leer por encima el balance de sus crímenes horrendos.

El profesor Lebrin, el psiquiatra, extrae entonces de un cajón la guía de teléfonos del distrito de París con la solemnidad habitual y abre una página al azar. La tradición manda que sea el Juez Laurent quien marque con su dedo huesudo un nombre cualquiera dentro de esa página, nombre que le es mostrado a Puffet, quien anota los datos de su puño y letra en un papel que guarda arrugado en el bolsillo interior de su estropeada chaqueta. Después, abandona la sala, escabulléndose con una sonrisa de satisfacción que tiene un cierto deje obsceno. La suerte está echada.

Se abre el turno de apuestas: “Captura” o “Impunidad”. Los Señores Socios votan y seguirán con profesional atención este caso, debatiendo con pasión entre ellos cada detalle de la investigación y del posible proceso.

Mientras, en algún lugar no muy lejano, un ciudadano cualquiera regresa a casa cargado con los regalos de Navidad, ignorante de su segura y del todo arbitraria condena a muerte.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Descubrimientos


Nadie sabe bien por qué, pero un jueves veinticinco de marzo, a las dos horas y treinta minutos, Sebastián Mazo Lopera decidió colocarse en la cabeza un gastado sombrero hongo que languidecía en el desván familiar desde hacía un siglo, todo él lleno de polvo y medio comido por la polilla. El hecho en sí no tendría mayor importancia si no fuera porque la constancia de ese comportamiento alcanzó límites preocupantes para los suyos desde el momento en que estuvo claro que no se trataba de una simple excentricidad pasajera. El sombrero (negro, roto, con brillos), coronó su cráneo a partir de entonces veinticuatro horas al día, sin que nadie fuera capaz de hacerle razonar al respecto. Pasado algún tiempo, su entorno más cercano aceptó la rareza como algo crónico y hasta el propio Sebastián olvidó, (si es que alguna vez lo supo) el motivo por el que ya nunca pudo dormir ni salir, ni asearse siquiera, sin el acompañamiento de lo que ya formaba parte de él, como una extensión de su ser, como si el descubrirse supusiera una amputación dolorosa.

Aquel día y a la misma hora –más o menos, no es cuestión ponerse quisquilloso en ese asunto- Mari Luz López Castillo, al volver de la boda de un pariente lejano, lanzó lejos los tacones y se cambió la ropa por otra más cómoda, pero permaneció con la pamela de raso puesta: primero por jugar, luego no supo por qué. Pero aquella noche durmió con ella y, al despertar, sintió un impulso convincente que la unió al tocado de manera tan tenaz como incomprensible. Y ya no hubo razones ni ruegos que evitaran tal desmán de lo correcto.

Mari Luz y Sebastián se encontraron un día, claro está.

Al principio, se hablaron por sentirse menos solos. No hubo preguntas que nublaran esa mutua comprensión. Caminando de la mano por la calle, eran, sin duda, una pareja peculiar.

Hasta que al primer abrazo y ya desnudos, se descubrieron para siempre.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Lo que nunca te conté


Publicado en el "Café de Artistas"



Fíjate qué tarde es, Teresa y yo aquí, charlando contigo tantas horas, valiente parrafada de un viejo, qué locura.

Todo lo que encierra esta noche de palabras, es todo lo que nunca te conté, todo de lo que nunca hablamos. No hubo motivos verdaderos para ello, tampoco los hubo para lo contrario, las relaciones siempre tienen más silencios que palabras, por mucho que se converse. Hay cosas que no se dicen por si acaso hieren, por si no se comprenden o por considerarlas carentes de algún interés, como algunos sueños; siempre tan hermosos al despertar y tan absurdos después del café de la mañana. Pero después ocurren cosas que convierten esas nimiedades en imprescindibles, en confesiones que quedarán por siempre pendientes, en arrepentimientos de declaraciones nunca nacidas. Son como semillas de trigo sin esparcir, que se quedan entre los dedos y pierden por siempre su vocación de verdor plegado al viento, de esponja de pan después.

Siempre falta tiempo, siempre.

Pero te lo cuento igual, aunque ya estés muerta, porque yo puedo oírte aún en el ajetreado vaivén de estas olas en las que te quedas respirándome, como al acostarnos cada noche.
Te lo cuento ahora que tu cuerpo tan desgastado es bruma incierta, peces, algas, espumas, sal. Ojalá corales.

Ya tan sólo eres ceniza, melancolía solemne arrojada desde este espigón sin nombre. Y ahora te lo cuento todo, ahora sí.

Por la remota posibilidad de que aún puedas escucharme.

domingo, 16 de octubre de 2011

Noches en la Península de Atahueke


(Publicado en el Café de Artistas)

Editado: Mi Amigo Jose me comentó el otro día que a este relato le iba bien esta música. Como no puedo estar más de acuerdo, la incluyo ahora. Y porque, si saber que le leen a uno es una sensación indescriptible, el saber que, además, alguien escucha una música y le recuerda a algo escrito por tí, eso ya es verdaderamente maravilloso.



Cuando acepté ese empleo en el Fondo de Ayudas Agrarias no pude ni imaginar cómo iba a afectar esa decisión a todo cuanto me ocurrió después. Mi tarea consistía en visitar viejos predios mal explotados, analizar la rentabilidad de los cultivos y hacer una serie de recomendaciones, que luego se traducían en una subvención estatal. Hasta ahí todo bien, el trabajo perfecto para un ingeniero recién divorciado, sin prisas ni ataduras, amante del campo y con una hija a quien su madre había decidido que él no viera en algún tiempo, para no crear esos traumas innecesarios que siempre se derivan de una separación dolorosa. En tan sólo un año recorrí miles de kilómetros y mi eficacia superó a la holgazanería promedio de mis colegas tanto que llegué a pensar que toda la productividad agrícola del Sur de los Estados Unidos descansaba sobre mis hombros como una losa amable y aceptada.

Un mes de junio aterricé en las baldías tierras de algodón de Cyrus Hale. La idea era echar un vistazo y escabullirme al día siguiente, momento en el que comenzaban mis vacaciones, pero el viejo me desaconsejó el único hotel del pueblo (hasta una rata vomitaría allí adentro, me dijo) y me ofreció una habitación para el tiempo que necesitara en su propia casa, una robusta construcción de madera y piedra que bien podría tener más de doscientos años. Al deshacer el equipaje sobre la inmensa cama desvencijada, sentí una especie de euforia difícil de explicar. Los olores, el aspecto apacible del hogar que nunca tuve, algo, no sabría definir el qué, me hizo sentir pleno y alegre. Y aunque, en ese momento, no tuviera ni la más ligera idea de que mi estancia allí iba a prolongarse tanto, esa misma noche decidí quedarme por más tiempo del previsto.

Durante los días que siguieron descubrí dos cosas: una, que es imposible aprender en mil años de Universidad todo lo que puede enseñarte en poco tiempo sobre tierras y cultivos un taimado y vetusto granjero del Sur. Otra, la segunda, que nuestro proyecto estaba abocado al fracaso mientras que gente inteligente como Cyrus descubriera que era mejor quedarse de brazos cruzados y cobrar las subvenciones que partirse el espinazo para cosechar unos cuantos miles de dólares de algodón, pagado en las cooperativas por debajo de su precio real. Pero, por encima de todo ello (y aunque pueda parecer mentira desde una perspectiva digamos convencional), esos días aprendí otras cosas de aún más valor, como escupir por el colmillo, hacer lazadas imposibles o acertar de una pedrada a una lata desde treinta pies de distancia. Eso sin contar con el prodigioso descubrimiento de que alguien pueda vivir en el siglo veintiuno confundiendo a Bush padre con su hijo sin que ello altere en un ápice el devenir de las estaciones, ni el de las noches y los días. Dicho de otro modo, en ese tiempo comprendí que la conceptualización entre lo necesario y lo superfluo había estado toda mi vida intercambiada, como una suerte de desajuste que, ahora, con el sol del atardecer templando el aire sobre el vuelo alocado de pinzones y ruiseñores, se recolocaba en mi mente adquiriendo de repente todo su sentido.

Mientras me entretenía en esa y otras filosofías, fatigué las sendas comarcales conversando con Cyrus. Yo le ofrecí mi corta experiencia técnica, que masticaba despacio como un buen aprendiz. Él me dio más, siempre daba más. Me habló de muchas cosas: de campos roturados, del gorgojo y de flores de algodón, de íntimos descubrimientos sobre la vida, de su novia Maggie y de lo importante que fueron para ellos lo que él denominó “los manejos del pajar”.

Resulta que un día, un glorioso día, hacía de ello mucho tiempo, ambos, Maggie y él, decidieron no esperar y se ofrecieron mutuamente, utilizando unos momentos de sus vidas para quererse. No emplearon muchas energías en arrepentirse de ello, sobre todo Cyrus cuando, sólo veinticuatro horas después, tuvo que asistir a un entierro del todo injusto porque ella, de vuelta a casa, había tenido la desgracia de cruzar su nuevo Ford con un árbol desprendido por el temporal. Sesenta años después -me confesó- había olvidado el recuerdo real de aquel encuentro, porque uno sólo tiene cabeza para recuperar la última vez que rememoró unos ojos, o una caricia y cada día, eso se acumula en la memoria y se falsea sin querer. Esa repetición distorsiona tanto la verdad, que lo único cierto era cuando, cada noche, volvía a sentirla a su lado y lo que era seguro, lo que de verdad le quedaba de aquel día impreso en el cerebro como una maldita fotografía, me dijo, era su mano (blanca, blanquísima) agitarse diciendo adiós desde la ventanilla de aquel automóvil verde y, por entonces, tan moderno.

Luego estaba Sam, su antiguo aparcero y compañero de fatigas, como una compañía omnipresente. Mantenían una amistad tan antigua que era más que probable que hasta ellos hubieran olvidado su origen aunque, seguramente, databa de los tiempos en que recorrían los campos descalzos y llenos de mocos. Pensé que su relación, como un círculo perfecto, empezó cuando ninguno de los dos sabía hablar y que después de años de contárselo todo, ahora pasaban la mayor parte del tiempo excluyendo otra vez el diálogo y entendiéndose de nuevo tan sólo mediante risas y miradas. Quizá por eso recibieron mi visita como una oportunidad de volver a comunicarse, una extraña situación en la que yo parecía ser sólo un pretexto, el espectador propicio para alargar las veladas del incipiente verano, después de la cena, mientras charlábamos de vaguedades en el porche.

Una de esas noches, Cyrus confesó que desde hacía treinta años, no había rebasado un círculo de unas dos millas a la redonda y tan sólo para pasear, acudir a la tienda de comestibles de Randy o ir a la iglesia. Pero no lo dijo con pena o arrepentimiento. Era una simple declaración, la constatación de un hecho que no parecía producirle ninguna sensación en especial. En un momento de la conversación, le sugerí que quizá un buen día debiera salir de la granja y visitar por fin la ciudad. Él tan solo esbozó una sonrisa, pero Sam, que se mecía a nuestro lado en una silla de enea, me miró con ojos chispeantes y estalló en una carcajada. La risa de Sam –pude escucharla muchas veces- empezaba como un susurro, como el pinchazo de un neumático viejo pitando a través de sus pocos dientes y explotaba después en la perfecta imitación de un motor de tractor a punto de arrancar para, por último, agotarse con lo que parecía una especie de ataque de asma.
-¿Salir de la granja? -Pudo articular al fin- ¿Cyrus? Pero si apenas pasa tiempo en ella.
Era como el séptimo día que estaba con ellos. Una semana entera, tal vez más. Como de costumbre, me fui a dormir desconcertado, dejando a los dos ancianos riendo, bebiendo Bourbon directamente de la botella y dándose codazos cómplices mientras los grillos cumplían su parte del trato, como la banda sonora más adecuada de la noche cálida en un remoto rincón del Estado de Tennessee.

Al día siguiente, el desayuno volvía una vez más a estar listo sobre la mesa de la cocina, nunca llegué a entender cuándo dormían esos condenados viejos. Pero esta vez todo parecía especial, como una celebración o una confidencia que no admitiera más demora. Algo se cocía esa mañana y no era sólo que las tostadas y los huevos hubieran dejado paso a un inesperado meat and three humeante, ni la torpe flor que descansaba en mi plato, como un animal muerto. Cyrus y Sam se miraban y me miraban a mí, con una cierta indecisión.

Y fue entonces cuando, interrumpiéndose mutuamente, ambos me contaron su secreto y me llevaron por primera vez de viaje hasta la lejana península de Atahueke.
Al principio la narración era tan confusa, que tardé un rato en captar qué demonios era Atahueke y, luego, dónde se encontraba tal lugar. La cosa se fue aclarando paulatinamente y me quedé con la boca abierta, escuchando, mientras el desayuno se enfriaba sin remedio.
Fue Cyrus quien que inventó inicialmente la Península en una noche de insomnio. Todo el mundo crea historias y deseos, sobre todo en los instantes tranquilos que preceden al sueño. Hay quienes protagonizan hazañas heroicas, los que viven amores románticos o imposibles, y los que, más sencillamente, le cantan las cuarenta a alguien con una cadencia perfecta que no admite réplica. El aporte de Cyrus fue crear un mismo lugar que fuera el escenario donde todo aquello sucedía. Le llamó Atahueke porque le encantaban las reminiscencias relacionadas con los indios americanos. Y lo que es más sorprendente, decidió que fuera una península –Sam opinaba que hubiera sido mejor una isla- para tener una mayor comodidad en los aprovisionamientos. El alcance de este nimio detalle merece una explicación. Cyrus era riguroso en dotar a sus invenciones de una cierta verosimilitud, por supuesto arbitraria, que para eso uno es dueño de sus propios ensueños. Eso significaba que unas cosas valían y otras no. Su criterio era claro al respecto aunque inexplicable y luego pensé que aquello era una decisión cabal, que existe una lógica interna que rige incluso la fantasía: Imaginación sí, ma no troppo, aunque sea uno mismo quien decida dónde se encuentra la frontera del demasiado. Allí, en la Península de Atahueke, fue donde Cyrus y Sam pescaron insólitas truchas, obtuvieron beneficios estratosféricos con imposibles cosechas de algodón gigante, vapulearon a Mohammed Alí, cantaron a coro con Elvis y vieron caer a sus pies a una rendida -y sorprendentemente rejuvenecida- Mae West. Cada rincón y cada lugar estaba resuelto con una precisión de geógrafo, cada historia era completa, cada suceso tenía su nudo, su desenlace y su explicación. Habían construido un mundo y lo habían hecho a conciencia, como artesanos mentales y minuciosos.

Cuando terminaron su atropellado relato era casi mediodía. Se hizo un silencio denso en el que ellos parecían buscar con avidez mi veredicto. Empapado de comportamiento sureño, hice una pausa teatral girando entre mis dedos el tallo de la flor marchita.

Impresionante, les dije al fin.

Sam escenificó su complicada risa y Cyrus Hale me miró a los ojos con la fijeza de los afectos recién encontrados. Aquella misma tarde conseguimos arrancar la vieja furgoneta que languidecía en el patio trasero y nos dimos una vuelta por la ciudad, de la que regresamos milagrosamente y de noche cerrada, borrachos como cubas y cantando a pleno pulmón, como si, en esa jornada, Atahueke hubiera aterrizado sobre el mismísimo centro de Memphis.

Unos días después acabaron mis vacaciones y abandoné la granja con una de esas despedidas simples y algo frías que nos sirven siempre como una impostura para ocultar los sentimientos y no dañar en exceso a la otra parte.

Y mientras descendía despacio por la extensa ladera que conduce a la carretera comarcal ya sólo pude escuchar el bullicioso silencio de los seres que no existen. Aquella misma noche y desde mi cama, iluminado y libre, empecé a esbozar el torpe prediseño de los bosques y las playas del lugar donde ahora habito. Por allí corre y juega mi hija Rachel y, cada domingo, vuelvo a comer con mis padres. Tengo grandes proyectos para realizar los muchos sueños que fueron alguna vez atropellados por la terca realidad. Mientras, durante el día, la vida sigue fluyendo con todos sus afanes, sus alegrías y sus prisas.

También he reservado un pequeño espacio al otro extremo de Atahueke donde visitar a Sam, Cyrus y Maggie, que beben y ríen cada noche desde sus mecedoras del porche, ante un flamante y llamativo Ford de color verde.

domingo, 25 de septiembre de 2011

A ciegas


Así, gracias, no me agarre por favor, déjeme a mí tomar su brazo caballero. Muy amable, eso es. ¿Que por qué he sabido que usted es un señor? Muy fácil, es por la colonia: Verá, los ciegos desarrollamos mucho las capacidades en los sentidos que nos restan y ese aroma… no sé, me es familiar, es una fragancia varonil y antigua, como de madera, tengo la marca en la punta de la lengua, ya me acordaré. No se moleste pero no me agrada, vaya a saber el motivo: los viejos decimos siempre la verdad aunque sea inoportuna, es nuestro único patrimonio. Ese y el de la pensión. Precisamente voy al banco a cobrar, es por eso que necesito cruzar La Castellana. En otras calles me arreglo solo pero esta son palabras mayores, una locura, tres avenidas en una, con sus correspondientes semáforos…

Ay, esa colonia. Los recuerdos van y vienen. A mi edad son esquivos los recuerdos pero qué poco puede escapar uno de ellos, siempre nos andan esperando, una y otra vez. Yo ahora sólo grabo en la memoria sonidos y olores pero no siempre fue de ese modo. Tengo también imágenes de antes de perder la vista. Caras, mi casa, las manos de mi novia, cosas así. Fue a los veintitantos, a causa de los golpes que me dieron en la DGS. Me hicieron la bolsa, la bañera… y una buena paliza, me zurraron de lo lindo y todo por una bobada… No, no. Suelte, ya digo que no hace falta que me agarre.
Por una tontuna, le decía, por conocer a gente del “partido”, entonces lo llamábamos así, ya ve. Parece ser que el cerebro tiene como habitaciones y a mí me rompieron el cuarto que aloja la visión. "Nadie rebaje a lágrima o reproche esta declaración de la maestría de Dios que, con magnífica ironía, me dio a la vez los libros y la noche". Me gusta recitar. Eso es de Borges. ¿Le gusta a usted Borges? Yo le leía mucho de joven. Pero para ironía, el que la última cara que recuerde sea la del comisario que me abrió la cabeza, con su bigotito muy de la época, con su voz y sus preguntas. Eso y cómo olía… El olor…

Lucky, por fin me acordé, así se llama esa colonia. Creí que ya no se hacía: Lucky for men. Como la de él. Igualita igualita a la que lleva usted, pero suelte, no tan fuerte.

Pare. Me hace daño, por favor suélteme, me está usted haciendo muchísimo daño.

martes, 30 de agosto de 2011

Las tres ventanas de Basilius Krupp


Imagen: Max Saúco.


«Cuando estoy en Internet, la vida real no es más que otra ventana y no necesariamente la mejor que tengo».
Doug, estudiante de empresariales.


1955. Lagartijas.

La puesta en escena siempre es importante. Por eso, el comandante Heinrich Krupp limpia su arma con cuidado. Se podría decir que emplea en esa actividad un interés algo afectado, al que se acostumbró en esos lejanos tiempos –heroicos y gloriosos- en que estrenó esa misma Luger reluciente, cuando su tambor aún no había escupido tantas muertes necesarias. Luego oficia la ceremonia de vestirse el uniforme, el mismo que siempre se negó a esconder o abandonar, el que le acompañó por media Europa bien doblado e inmaculadamente limpio. Al final le llega el turno a las condecoraciones, que impone de una en una con el fervor de cada recuerdo al que se asocian.

Cuando todo está listo llama al pequeño Basilius, que deja escapar con disgusto una lagartija a medio desollar. El comandante, con solemne seriedad, habla en alemán a su hijo antes de colocar la boca del arma pegada al paladar.
-Basilius, mírame. Tanta belleza hay en la muerte como en la vida, aprende a despreciar por igual ambos tránsitos. Mírame y corre, Basilius, corre. No me recuerdes, se libre, que nunca te ate ninguna pesadumbre. Mira de frente al dolor y vete.

Basilius desobedece a su padre por primera vez y no corre, sino que permanece quieto aún unas horas ante el cadáver, en atento silencio. El ruido brutal, el escenario, distinto y horrible en tan pocos segundos, el eco perdido de la voz de un muerto… Está lleno de curiosidad.
Luego se va.

Sin dar aviso a nadie. Sin apresurarse.


1988.-Batas blancas.

1988 no fue, decididamente, un buen año para Basilius Krupp. Fue el tiempo en el que aparecieron las batas blancas y las preguntas, los test y los informes periciales, una humillación que su padre jamás hubiera consentido para sí y que incubó en su alma el germen del odio y la venganza con mayor fuerza que las correas o los brazos de los celadores. Fue también el tiempo en el que comprendió definitivamente una verdad que se adhirió a su ser del mismo modo indisoluble que el olor de la celda o sus ropas ásperas y ajenas, la época en la que aprendió para siempre que en la mirada de aquellos hombres no había desprecio, odio ni compasión, sino el miedo inconcebible de ver en él el reflejo de sus propias debilidades, ese saberse iguales; la aterradora certeza de que sólo les diferenciaba el comportamiento y no la intención, que dentro de cada individuo palpita ese mismo monstruo al que ellos interrogaban, impostando una falsa profesionalidad y fingiendo una distancia inexistente: La morada del cobarde. Que todos ellos, en definitiva, hubieran querido ser y sentirse Basilius Krupp.
Aunque sólo fuera por un instante.

2010.- Chat-Room.

Dedos huesudos teclean con rapidez. Son ya los dedos de un anciano. Cada una de las salas que visita Basilius se convierte en un tablero de ajedrez, en una suerte de acertijo social. Por eso dejó los chats de jóvenes, demasiado evidentes, demasiado fáciles de resolver, para buscar los complejos entramados de los chats temáticos de adultos, donde se emboscan los mismos intereses de siempre (ser reconocidos, comunicarse, seducir), bajo la endeble excusa de los intereses compartidos.
Al ingresar en uno, comienza por observar, no participa apenas. Así, pronto se hace un plano general bastante fiable, que después perfila y disecciona con el bisturí de su desmedida inteligencia. Al poco tiempo, ya sabe quién es quién: el que miente o el que presume, el que busca consuelo. Quién gusta a cual; dónde está el troll y dónde su víctima.
Ha descubierto, todavía a tiempo, el ámbito óptimo para sus travesuras.
Cuando decide a quién va a matar –pues tanta belleza hay en la vida como en la muerte y es preciso despreciar por igual ambos tránsitos- pasa a la acción. Conoce ya de sobra el proceso: de la sala al privado, de ahí al Messenger, luego la foto, falsa desde luego. De ahí, a la cita.

Y llega el momento. Utiliza otra IP y entra:

Click on Guest4387 to change your name.

Esta vez ha elegido un nombre propicio.
Bad dice: Hola, soy nuevo. ¿Alguien k quiera hablar?

Sabe con certeza que, esta vez, la lagartija no le quedará a medio desollar.