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martes, 1 de enero de 2013

Memoria y olvido

Como el rey Ciro de Persia, como Simónides o como e Funes de Borges, Luis Valero nació provisto de una memoria total. Su rectitud y un cierto sentido del pudor le impidieron obtener de este hecho extraordinario más ventaja que la del cómodo y eficacísimo ejercicio de su empleo como bibliotecario y algún alarde menor de sobremesa.
Se casó joven con una mujer aún más firme y leal que su memoria, a la que conquistó recitándole fragmentos del Cantar de los Cantares. Se llamaba Adela. Nunca tuvieron hijos.

Abrumado por el presente, sobrellevó con dignidad su maldición. Siempre decía ser la única persona en el mundo que no podía beber para olvidar. En una ocasión, contrajo unas fiebres que lo derrumbaron en la cama por espacio de dos semanas. Arrasado por los temblores y el delirio, sucumbió a un dulce estado de semiinconsciencia que le privó temporalmente de su don, sumiéndole en un mundo para él desconocido donde los recuerdos no lo eran por más de cinco minutos. Muchos años más tarde me confesaría, durante un melancólico paseo por el Retiro que, a pesar de todo, aquellos catorce días con sus catorce noches había sido plenamente feliz.

Luis podía evocar con precisión cada hoja vencida de otoño que vio de regreso a casa el día que le diagnosticaron Alzheimer a Adela. Ella olvidó pronto que él lo recordaba todo. Luego olvidó su propio nombre. Sólo después, también olvidó el de él. Fue entonces cuando empezó a seducirla cada mañana y era hermoso verles, con la sorpresa del amor recién estrenado bailándoles en los ojos.

Adela murió un mes de marzo. Luis la sobrevivió treinta días, que fue justo el tiempo que empleó en recordar cada centímetro de su piel del día exacto en que ella cumplió los veintidós.

Me gusta imaginarles juntos, en algún lugar; compartiendo al fin, no importa si la memoria o el olvido.

viernes, 30 de noviembre de 2012

El vestido de Epifanía


(Publicado en el Cafe de Artistas, el día de Reyes de 2007)



La Fani, en realidad, se llama Epifanía pero se cambió el nombre de joven, a causa del personaje de una película que vio con su hermana Valentina en un remoto cine de barrio.
Epifanía (la Fani, para entendernos) limpia una oficina a diario y, dos veces por semana, va donde Doña Mercedes que paga poco pero puntual lo que, en su modesta industria, es un factor a tener muy en cuenta. A la Fani le pasaron los amores y los años por encima pero ahora, desde hace un tiempo, se ve con Damián, que está malcasado con una mujerona seca y aburrida y toca en una orquesta por pueblos y bodas, con lo que siempre viene con un traje gastado que huele a viaje, anís y mentiras.

En estos días, echando unas horas de más, trampeando de aquí y de allá, la Fani se ha comprado un vestido negro sin mangas que a la Valen no le gusta porque dice que le hace el brazo gordo. Pero ella se ríe.

Siempre se está riendo la Fani, pero últimamente más, porque Damián ha dejado al fin a su mujer. Por eso -y para celebrar su santo- van a salir la noche de Reyes a ver la cabalgata y a tomar unos vinos por el centro. De ahí el vestido. De ahí también la risa; permanente, limpia, contagiosa.

Pero hoy que es cinco, mientras trajina con escoba y cogedor – la radio bien alta – por casa de Doña Mercedes, el Damián la llama al móvil para explicar que no va a poder ser, que es de comprender; que ésta (él siempre dice ésta) se ha puesto mala y que no tiene corazón para dejarla así y que a ver si la semana que viene o la otra y que si esto y que si aquello.

Ahora, mientras plancha, como sin darse cuenta, Fani se seca una lagrimilla con la punta del delantal y se dice que será por la música que es muy puñetera. Y que bastante faena tiene como para preocuparse por una bobada. Pero ella sabe que esa lágrima que le quedó prendida en el dobladillo es por el bolero de Luis Miguel y es por el Damián pero, sobre todo, es por cuando tenga que volver a casa y ver el vestido inútil esperando bien estirado sobre la colcha, como un bicho muerto.

Y porque, en el fondo, le gustaba mucho cómo le quedaba.


sábado, 27 de octubre de 2012

El sótano

Uno

El Universo mide exactamente cuatro metros de ancho, cuatro y medio de largo y tres de alto. Las paredes son de ladrillo visto; el suelo -que siempre está húmedo y frío-, de cemento sin pulir. Arriba, en la techumbre, se abre una pequeña trampilla de cincuenta por cincuenta centímetros que sirve de ventilación y por la que apenas discurre la única luz.
Habitan el Universo dos hombres. En realidad son hermanos, pero ellos ignoran su vínculo, como ignoran todo lo demás, salvo que existen. Siempre han estado allí. Desde hace más de treinta años, viven, comen, duermen y defecan en el sótano, que es el Universo.
Cada dos o tres días, la comida cae al suelo desde la trampilla con un ruido sordo. No es gran cosa: restos de guisado, patatas… alguna que otra vez, carne; las más, legumbres. Los habitantes no son remilgados, consumen con avidez el rancho sin servirse de las manos. El más fuerte de los dos come siempre primero.
Cuando vienen las lluvias, las filtraciones anegan el suelo, pero ellos han aprendido a aferrarse a la pared para no calarse. En esos días, duermen asidos al muro, pegados como insectos o reptiles, con un respirar cadencioso y la mente primitiva alerta. Si su enfermedad les permitió alguna vez cierto vestigio de cordura humana, la vida en el sótano hizo desaparecer ese rastro para siempre.
Un día por semana, Dios baja al Universo con una escala para retirar los excrementos y dejar un cubo con agua. También lleva un palo, pero hace años que no lo usa. Los habitantes saben retirarse a un rincón hasta que se marcha.

Dios también está enfermo y se llama Crisanto.
Es su padre.

Dos

El Concello de Pedras da Corgo se derrama en desorden por una ladera verde e infinita, salpicando los pastos con casas de solemne pobreza, de un abandono antiguo, húmedo y triste. Los vecinos son pocos y muy viejos, restos irreductibles de la emigración masiva de mediados de los setenta.
Sucede que allí, a veces, la certeza y la intensidad del odio sobreviven al recuerdo de los motivos que lo causaron. Paíños y Lobeiras viven enfrentados desde hace tres generaciones. Hay quien dice que fue por unas vacas. Otros, que un Lobeira dejó preñada a una Paíño y hasta los hay que hablan en voz baja de un terrible conxuro. Pero nadie sabe a ciencia cierta por qué si alguien del chaparral se cruza con un Lobeira, pasa sin mirar y escupe al suelo, ni por qué ambos se alejan con el rostro ardiendo y con las sienes encanecidas latiendo tan fuerte.

Una noche, una lluvia tenaz y oscura oculta la luna llena colmándola de malos presagios. Un hombre camina por entre los campos, maldiciendo entre dientes, con el cuello de la pelliza bien subido y un paraguas inútil que opone al viento. No llega a ver quién sostiene la recia escopeta de caza que le espera en un recodo y, aunque la descarga lo levanta del suelo con el pecho abierto en dos, Crisanto Lobeira tarda en morir varias horas y consume su desvarío recitando las tonadas que aprendió cuando niño, solo, enredado entre las zarzas en las que ha buscado cobijo después de arrastrarse como un perro por el barrizal.

Y tres

El último habitante del Universo mira y remira la trampilla abierta.
Cerca de él, lo que un día fue su hermano es ahora sólo una carcasa vacía e inerme, el sustento que le ha permitido sobrevivir desde que fue dejado de la mano de Dios.
Ahora, de un lado está el miedo.
Del otro, el hambre, la sed y la esperanza de encontrar más semejantes cuyos cuerpos le ayuden a vivir. Debe ir hacia la Luz.
De pronto, se provee de una suma de determinación y necesidad. Trepa el muro. Se aferra a un ángulo imposible y ve que puede progresar.
Ya ha llegado hasta el hueco. Sólo le queda asirse al borde, bascular y darse impulso.
Primero coloca una mano.
Luego la otra.

El último habitante del Universo, decidido y hambriento, ha salido al mundo exterior.

sábado, 11 de agosto de 2012

Vchodnoy

Vicent Chapman tiene que trabajar durante cerca de seis meses en Vchodnoy, un minúsculo pueblo costero del golfo Pyasinkii. Le ha conducido a ese remoto lugar del planeta un encargo del gobierno ruso relacionado con la prospección geológica para la prevención de seísmos. En un lugar donde el vodka se congela en el interior de la botella en apenas diez minutos, sólo puede trabajar en el exterior en las horas centrales del día y, después, tiene que refugiarse en una casa antigua aunque confortable que ha conseguido alquilar a un precio insólitamente bajo, incluso para aquel lugar gélido, lejano e inhóspito.

Los pocos habitantes de la aldea son como fantasmas con los que se cruza pocas veces bajo una ventisca atroz y Chapman no deja de preguntarse cual será la ocupación de las escasas tres decenas de personas con las que casi no se ha relacionado en estas primeras semanas de estancia. Su presencia, por otra parte, tampoco parece haber despertado el más mínimo interés entre la población, pero él ignora si eso forma parte de la manera de ser local o si el destino le ha conducido, con algún propósito desconocido, al rincón más extraño del mundo.

Esta última teoría queda avalada por la vivienda. Se trata de un caserón de dos plantas al final de la única calle y, si hubiera que definir aquella robusta casa de piedra, el adjetivo más preciso sería el de desasosegante, por el contraste entre la normalidad del aspecto externo y el laberíntico interior, con pasillos oblicuos que no conducen a ninguna parte y estancias con formas geométricas caprichosas y tamaños variables, casi aleatorios, como si la distribución fuera la obra de un perturbado. Pero Vicent está preparado para las paranoias que produce la soledad y hace una vida rutinaria en la que los mecanismos automáticos dejen poco espacio para pensamientos oscuros. Aún así, toma cada noche la precaución, quizá innecesaria, de cerrar con llave el portón de la entrada después de patrullar cuidadosamente cada rincón de la casa.

Desde el principio, ha acondicionado una habitación espaciosa de la planta de arriba como dormitorio y lugar de trabajo. De la planta baja sólo usa un cuartucho para guardar el material y la ropa de abrigo, aparte de la inmensa cocina con fuego de leña que utiliza también como comedor. Una conexión a Internet con velocidad aceptable le ayuda a rellenar las muchas horas vacías y aunque los días transcurren despacio, se podría decir que Chapman se ha instalado todo lo satisfactoriamente que puede, dadas las circunstancias.

Hoy, una nueva borrasca le ha tenido todo el día encerrado y la previsión de Meteosat no da mucho margen para la esperanza en, al menos, dos días más. Felizmente la despensa está llena y tiene leña en abundancia, por lo que emplea toda la jornada leyendo, enviando informes por correo electrónico y navegando al azar por la red.
Es a última hora de la tarde cuando se le ocurre escribir en el buscador el nombre de Vchodnoy. La única entrada le dirige a un vídeo de Youtube colgado apenas unas horas antes.

En los instantes que tarda en cargarse, un estupefacto Chapman se entretiene en mirar el número nada despreciable de visitas -seiscientas sesenta y cinco- y en el autor: “никто”, mientras comienza a sentirse invadido por una sensación inexplicable. Afuera, el viento arrecia y golpea las ventanas como si quisiera derribarlas.

La duración es de sólo diez segundos, pero a él se le hace muy largo. Se trata de un plano fijo, interior y nocturno. No hay ninguna acción, pero se puede apreciar la escena con nitidez:
Es su propia habitación. Es él mismo durmiendo en su cama, puede que anoche.


miércoles, 23 de mayo de 2012

Vida y muerte de Doña Mercedes de Lara

Voy a contar la historia de Doña Mercedes de Lara, señora muy principal de la alta burguesía en una ciudad de provincias. Aquellos de ustedes que han tenido el gusto (qué digo el gusto, el privilegio) de tratarla saben de su esmerada educación, de su compasión para con los necesitados, de sus buenas obras y mejores palabras, de su desacostumbrado juicio en estos tiempos de descaro y malentendida libertad; malos tiempos en los que más vale el pillo que el de recta virtud, más el vivalavirgen que el decoroso y la palabrería, más que el dignísimo silencio.

Algunos maledicientes, carne del rencor y de la viva envidia, acusan a las gentes como Doña Mercedes de hacer distinto en público que en privado. Nada más lejos en su caso. Yo, que como narrador o cronista, tengo el raro privilegio de conocer su fuero íntimo, (que alguna ventaja ha de tener el escritor, personaje externo que rara vez es personaje) les digo rotundamente que no: Mercedes de Lara hizo igual para sí que estando con otros pues nunca estuvo la pobre del todo a solas, ya que fue siempre prisionera -a partes iguales- de la religión, de la vergüenza y de las más rígidas convenciones sociales. Comer era para ella un espanto zafio, dormir una inútil servidumbre; reír, una frivolidad que rara vez se permitió. Crío a cinco hijos sin darles una caricia de más ni una reprimenda de menos. Fue amiga de refranes, administradora magistral y emisora de consejos implacables como penitencias.

El destino le proporcionó la ventura de suspirar con resignación muchas veces pues, tras la crianza de los hijos, proveyó la enfermedad de su madre y después la del marido hasta la muerte de ambos, que la dejaron sola salvo las visitas -cada vez más infrecuentes- de los nietos en las que ni unos ni otros se encontraban a gusto, que nunca fue Doña Mercedes muy de niños ni de sus carreras y gritos. Fue por entonces cuando cerró la casa y se trasladó a la costa por ver de mejorar su mala salud de hierro con paseos, sales y brisas.

Y allí, entre el batir del mar y una luz que no era de este mundo, la Señora se fue embrujando de a poco. Un día olvidó al salir la anacrónica pamela. Otro, dejó sin beso un pan caído, dos más allá -¡válgame el cielo!- se dio licencia para levantarse… a las nueve.

Y ya no sabemos de ella hasta aquel atardecer en que bajó a la playa desierta. Bien hay que decir que se trataba de una tarde especial de fines de verano, una de esas tardes en que la naturaleza tiene un último guiño coqueto antes de mostrar su cara iracunda de otoño. Ese día, precisamente ése, Mercedes se dejó en casa, además de la pamela, el noble título de Doña que tantos desvelos sin causa le costó atesorar. Y olvidando su vida al recordarla, se quitó primero las sandalias, luego todo lo demás. Espléndida en su desnudez caminó pasos inciertos, se dejó llevar. La brisa, el sol y el agua no le guardaban ningún rencor y la acogieron como si llevaran esperándola toda una vida.
Luego se sentó en la arena tibia. Rió con ganas al ver cómo movía los dedos de los pies. En ese momento hubiera querido abrazar a sus nietos pero, a cambio, remó con las manos en la arena. Un curioso sabor a sal mojó sus labios y un sol último acudió sin prisa para abrigar el repaso de su biografía.

Y así la encontraron por la mañana: tan bella como siempre fue, que nunca se vio cadáver con mejor aspecto ni con tal contento en el rostro.

Había permanecido en este valle de lágrimas setenta y tres años.
Vivir, había vivido unas horas. Las de aquella tarde de gloria.

domingo, 8 de abril de 2012

El Gran Marcelo


Y el naipe desapareció.

-¿Lo ves, Clara? La magia es una gran mentira. La mano izquierda es delicada, llama tu atención, es un señuelo. La derecha, en cambio, es ágil y eficaz; es como un leopardo.
-Si es una mentira es, en todo caso, una hermosa mentira.
-Eso es… Una gran y hermosa mentira.

En el primer capítulo de esta historia Marcelo es un muchacho pobre, desgarbado y algo feo, justo como la posguerra de la que es una inadvertida consecuencia. En cambio Clara, su vecina, es luz y colores, como un sueño alegre y casi inalcanzable. Marcelo busca impresionarla con la denodada tenacidad que sólo provoca un amor desmedido. Todo lo intenta y en todo fracasa. Entonces se entera de su gusto por los trucos de magia, que ella ha visto por primera vez en una feria ambulante. Él se aplica, indaga, practica día y noche. Después de unos meses, sin más vocación que el cariño, logra arrancar de Clara la primera mirada de sorpresa y admiración. La inocencia de sus pocos años les hace pensar enseguida que acaban de crear un vínculo indestructible.
Pero el futuro tiene otros planes. Clara se va con sus padres a Francia, donde se casa tiempo después con un diplomático que nunca supo de magias, uno de esos hombres aburridos de vida intachable, gafas y algo de alopecia, con los que siempre acaban casándose los amores de la infancia.
Marcelo se queda solo. La profesión que no eligió, a pesar de todo, se convierte en su modo de vida para siempre. Y así, el Gran Marcelo llegó a ser un conocido mago ambulante, un grande entre los pequeños, un prodigio menor e itinerante con fotos de color sepia –chistera y capa- desde las que sonreía siempre a una Clara que se perdió, en la enorme distancia de entonces, su celebridad de medio pelo. Él tuvo dos o tres amores fugaces de los que se deshizo pronto al no perdonarles la afrenta de no ser Ella.
Discurren así sus vidas, mutuamente ignoradas. Pero ambos se recuerdan casi a diario, mientras el transcurso del tiempo les aleja cada vez más de aquellas promesas, miradas y besos furtivos de entonces.
Hasta que, pasados los años, el Gran Marcelo –pobre Marcelo-, comprende un día que la vejez llega cuando te das cuenta de lo corta que se te ha hecho la vida y lo larga que se te ha hecho la tarde. Enfermo de solemnidad, entra en una UCI, dejando en la puerta las ganas de vivir, enternecido, antes de desvanecerse, por los cuidados urgentes y apresurados de un personal atento al que él no hubiera requerido tanto desvelo.

En el último y definitivo capítulo una Clara ya viuda regresa a España con la firme determinación de encontrarlo. No le es fácil. Marcelo no ha dejado muchas pistas.
Pero ella es tenaz y al fin lo logra.

-Soy Clara y he venido para decirte que la magia es una gran y hermosa verdad.
Y al decir eso coge su mano. Ella jura y perjura que, al retirarla, tenía prendida en la suya una reina de corazones, que aún conserva. Pero si hay algo aún más sorprendente en esta historia es la desconcertante mejoría de Marcelo a través de esas palabras, que debieron caer desde muy arriba hasta golpear de lleno en su ilusión maltrecha. Dos semanas después salía del hospital y ya nunca volvieron a separarse.

Alcanzar tus sueños tan a destiempo es solo triste para los demás. Ellos, los dos, me contaron su feliz historia ayer, con las miradas cómplices de los niños que un día fueron.
Mientras se marchaban juntos, con las últimas luces de la tarde resistiendo en los charcos de la calle, comprendí que sus vidas enteras habían sido uno de los mejores trucos jamás vistos, con muchos días inútiles y delicados –como señuelos- y algunos momentos vivos, escondidos y eficaces.

Como leopardos.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Descubrimientos


Nadie sabe bien por qué, pero un jueves veinticinco de marzo, a las dos horas y treinta minutos, Sebastián Mazo Lopera decidió colocarse en la cabeza un gastado sombrero hongo que languidecía en el desván familiar desde hacía un siglo, todo él lleno de polvo y medio comido por la polilla. El hecho en sí no tendría mayor importancia si no fuera porque la constancia de ese comportamiento alcanzó límites preocupantes para los suyos desde el momento en que estuvo claro que no se trataba de una simple excentricidad pasajera. El sombrero (negro, roto, con brillos), coronó su cráneo a partir de entonces veinticuatro horas al día, sin que nadie fuera capaz de hacerle razonar al respecto. Pasado algún tiempo, su entorno más cercano aceptó la rareza como algo crónico y hasta el propio Sebastián olvidó, (si es que alguna vez lo supo) el motivo por el que ya nunca pudo dormir ni salir, ni asearse siquiera, sin el acompañamiento de lo que ya formaba parte de él, como una extensión de su ser, como si el descubrirse supusiera una amputación dolorosa.

Aquel día y a la misma hora –más o menos, no es cuestión ponerse quisquilloso en ese asunto- Mari Luz López Castillo, al volver de la boda de un pariente lejano, lanzó lejos los tacones y se cambió la ropa por otra más cómoda, pero permaneció con la pamela de raso puesta: primero por jugar, luego no supo por qué. Pero aquella noche durmió con ella y, al despertar, sintió un impulso convincente que la unió al tocado de manera tan tenaz como incomprensible. Y ya no hubo razones ni ruegos que evitaran tal desmán de lo correcto.

Mari Luz y Sebastián se encontraron un día, claro está.

Al principio, se hablaron por sentirse menos solos. No hubo preguntas que nublaran esa mutua comprensión. Caminando de la mano por la calle, eran, sin duda, una pareja peculiar.

Hasta que al primer abrazo y ya desnudos, se descubrieron para siempre.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

Lo que nunca te conté


Publicado en el "Café de Artistas"



Fíjate qué tarde es, Teresa y yo aquí, charlando contigo tantas horas, valiente parrafada de un viejo, qué locura.

Todo lo que encierra esta noche de palabras, es todo lo que nunca te conté, todo de lo que nunca hablamos. No hubo motivos verdaderos para ello, tampoco los hubo para lo contrario, las relaciones siempre tienen más silencios que palabras, por mucho que se converse. Hay cosas que no se dicen por si acaso hieren, por si no se comprenden o por considerarlas carentes de algún interés, como algunos sueños; siempre tan hermosos al despertar y tan absurdos después del café de la mañana. Pero después ocurren cosas que convierten esas nimiedades en imprescindibles, en confesiones que quedarán por siempre pendientes, en arrepentimientos de declaraciones nunca nacidas. Son como semillas de trigo sin esparcir, que se quedan entre los dedos y pierden por siempre su vocación de verdor plegado al viento, de esponja de pan después.

Siempre falta tiempo, siempre.

Pero te lo cuento igual, aunque ya estés muerta, porque yo puedo oírte aún en el ajetreado vaivén de estas olas en las que te quedas respirándome, como al acostarnos cada noche.
Te lo cuento ahora que tu cuerpo tan desgastado es bruma incierta, peces, algas, espumas, sal. Ojalá corales.

Ya tan sólo eres ceniza, melancolía solemne arrojada desde este espigón sin nombre. Y ahora te lo cuento todo, ahora sí.

Por la remota posibilidad de que aún puedas escucharme.

domingo, 16 de octubre de 2011

Noches en la Península de Atahueke


(Publicado en el Café de Artistas)

Editado: Mi Amigo Jose me comentó el otro día que a este relato le iba bien esta música. Como no puedo estar más de acuerdo, la incluyo ahora. Y porque, si saber que le leen a uno es una sensación indescriptible, el saber que, además, alguien escucha una música y le recuerda a algo escrito por tí, eso ya es verdaderamente maravilloso.



Cuando acepté ese empleo en el Fondo de Ayudas Agrarias no pude ni imaginar cómo iba a afectar esa decisión a todo cuanto me ocurrió después. Mi tarea consistía en visitar viejos predios mal explotados, analizar la rentabilidad de los cultivos y hacer una serie de recomendaciones, que luego se traducían en una subvención estatal. Hasta ahí todo bien, el trabajo perfecto para un ingeniero recién divorciado, sin prisas ni ataduras, amante del campo y con una hija a quien su madre había decidido que él no viera en algún tiempo, para no crear esos traumas innecesarios que siempre se derivan de una separación dolorosa. En tan sólo un año recorrí miles de kilómetros y mi eficacia superó a la holgazanería promedio de mis colegas tanto que llegué a pensar que toda la productividad agrícola del Sur de los Estados Unidos descansaba sobre mis hombros como una losa amable y aceptada.

Un mes de junio aterricé en las baldías tierras de algodón de Cyrus Hale. La idea era echar un vistazo y escabullirme al día siguiente, momento en el que comenzaban mis vacaciones, pero el viejo me desaconsejó el único hotel del pueblo (hasta una rata vomitaría allí adentro, me dijo) y me ofreció una habitación para el tiempo que necesitara en su propia casa, una robusta construcción de madera y piedra que bien podría tener más de doscientos años. Al deshacer el equipaje sobre la inmensa cama desvencijada, sentí una especie de euforia difícil de explicar. Los olores, el aspecto apacible del hogar que nunca tuve, algo, no sabría definir el qué, me hizo sentir pleno y alegre. Y aunque, en ese momento, no tuviera ni la más ligera idea de que mi estancia allí iba a prolongarse tanto, esa misma noche decidí quedarme por más tiempo del previsto.

Durante los días que siguieron descubrí dos cosas: una, que es imposible aprender en mil años de Universidad todo lo que puede enseñarte en poco tiempo sobre tierras y cultivos un taimado y vetusto granjero del Sur. Otra, la segunda, que nuestro proyecto estaba abocado al fracaso mientras que gente inteligente como Cyrus descubriera que era mejor quedarse de brazos cruzados y cobrar las subvenciones que partirse el espinazo para cosechar unos cuantos miles de dólares de algodón, pagado en las cooperativas por debajo de su precio real. Pero, por encima de todo ello (y aunque pueda parecer mentira desde una perspectiva digamos convencional), esos días aprendí otras cosas de aún más valor, como escupir por el colmillo, hacer lazadas imposibles o acertar de una pedrada a una lata desde treinta pies de distancia. Eso sin contar con el prodigioso descubrimiento de que alguien pueda vivir en el siglo veintiuno confundiendo a Bush padre con su hijo sin que ello altere en un ápice el devenir de las estaciones, ni el de las noches y los días. Dicho de otro modo, en ese tiempo comprendí que la conceptualización entre lo necesario y lo superfluo había estado toda mi vida intercambiada, como una suerte de desajuste que, ahora, con el sol del atardecer templando el aire sobre el vuelo alocado de pinzones y ruiseñores, se recolocaba en mi mente adquiriendo de repente todo su sentido.

Mientras me entretenía en esa y otras filosofías, fatigué las sendas comarcales conversando con Cyrus. Yo le ofrecí mi corta experiencia técnica, que masticaba despacio como un buen aprendiz. Él me dio más, siempre daba más. Me habló de muchas cosas: de campos roturados, del gorgojo y de flores de algodón, de íntimos descubrimientos sobre la vida, de su novia Maggie y de lo importante que fueron para ellos lo que él denominó “los manejos del pajar”.

Resulta que un día, un glorioso día, hacía de ello mucho tiempo, ambos, Maggie y él, decidieron no esperar y se ofrecieron mutuamente, utilizando unos momentos de sus vidas para quererse. No emplearon muchas energías en arrepentirse de ello, sobre todo Cyrus cuando, sólo veinticuatro horas después, tuvo que asistir a un entierro del todo injusto porque ella, de vuelta a casa, había tenido la desgracia de cruzar su nuevo Ford con un árbol desprendido por el temporal. Sesenta años después -me confesó- había olvidado el recuerdo real de aquel encuentro, porque uno sólo tiene cabeza para recuperar la última vez que rememoró unos ojos, o una caricia y cada día, eso se acumula en la memoria y se falsea sin querer. Esa repetición distorsiona tanto la verdad, que lo único cierto era cuando, cada noche, volvía a sentirla a su lado y lo que era seguro, lo que de verdad le quedaba de aquel día impreso en el cerebro como una maldita fotografía, me dijo, era su mano (blanca, blanquísima) agitarse diciendo adiós desde la ventanilla de aquel automóvil verde y, por entonces, tan moderno.

Luego estaba Sam, su antiguo aparcero y compañero de fatigas, como una compañía omnipresente. Mantenían una amistad tan antigua que era más que probable que hasta ellos hubieran olvidado su origen aunque, seguramente, databa de los tiempos en que recorrían los campos descalzos y llenos de mocos. Pensé que su relación, como un círculo perfecto, empezó cuando ninguno de los dos sabía hablar y que después de años de contárselo todo, ahora pasaban la mayor parte del tiempo excluyendo otra vez el diálogo y entendiéndose de nuevo tan sólo mediante risas y miradas. Quizá por eso recibieron mi visita como una oportunidad de volver a comunicarse, una extraña situación en la que yo parecía ser sólo un pretexto, el espectador propicio para alargar las veladas del incipiente verano, después de la cena, mientras charlábamos de vaguedades en el porche.

Una de esas noches, Cyrus confesó que desde hacía treinta años, no había rebasado un círculo de unas dos millas a la redonda y tan sólo para pasear, acudir a la tienda de comestibles de Randy o ir a la iglesia. Pero no lo dijo con pena o arrepentimiento. Era una simple declaración, la constatación de un hecho que no parecía producirle ninguna sensación en especial. En un momento de la conversación, le sugerí que quizá un buen día debiera salir de la granja y visitar por fin la ciudad. Él tan solo esbozó una sonrisa, pero Sam, que se mecía a nuestro lado en una silla de enea, me miró con ojos chispeantes y estalló en una carcajada. La risa de Sam –pude escucharla muchas veces- empezaba como un susurro, como el pinchazo de un neumático viejo pitando a través de sus pocos dientes y explotaba después en la perfecta imitación de un motor de tractor a punto de arrancar para, por último, agotarse con lo que parecía una especie de ataque de asma.
-¿Salir de la granja? -Pudo articular al fin- ¿Cyrus? Pero si apenas pasa tiempo en ella.
Era como el séptimo día que estaba con ellos. Una semana entera, tal vez más. Como de costumbre, me fui a dormir desconcertado, dejando a los dos ancianos riendo, bebiendo Bourbon directamente de la botella y dándose codazos cómplices mientras los grillos cumplían su parte del trato, como la banda sonora más adecuada de la noche cálida en un remoto rincón del Estado de Tennessee.

Al día siguiente, el desayuno volvía una vez más a estar listo sobre la mesa de la cocina, nunca llegué a entender cuándo dormían esos condenados viejos. Pero esta vez todo parecía especial, como una celebración o una confidencia que no admitiera más demora. Algo se cocía esa mañana y no era sólo que las tostadas y los huevos hubieran dejado paso a un inesperado meat and three humeante, ni la torpe flor que descansaba en mi plato, como un animal muerto. Cyrus y Sam se miraban y me miraban a mí, con una cierta indecisión.

Y fue entonces cuando, interrumpiéndose mutuamente, ambos me contaron su secreto y me llevaron por primera vez de viaje hasta la lejana península de Atahueke.
Al principio la narración era tan confusa, que tardé un rato en captar qué demonios era Atahueke y, luego, dónde se encontraba tal lugar. La cosa se fue aclarando paulatinamente y me quedé con la boca abierta, escuchando, mientras el desayuno se enfriaba sin remedio.
Fue Cyrus quien que inventó inicialmente la Península en una noche de insomnio. Todo el mundo crea historias y deseos, sobre todo en los instantes tranquilos que preceden al sueño. Hay quienes protagonizan hazañas heroicas, los que viven amores románticos o imposibles, y los que, más sencillamente, le cantan las cuarenta a alguien con una cadencia perfecta que no admite réplica. El aporte de Cyrus fue crear un mismo lugar que fuera el escenario donde todo aquello sucedía. Le llamó Atahueke porque le encantaban las reminiscencias relacionadas con los indios americanos. Y lo que es más sorprendente, decidió que fuera una península –Sam opinaba que hubiera sido mejor una isla- para tener una mayor comodidad en los aprovisionamientos. El alcance de este nimio detalle merece una explicación. Cyrus era riguroso en dotar a sus invenciones de una cierta verosimilitud, por supuesto arbitraria, que para eso uno es dueño de sus propios ensueños. Eso significaba que unas cosas valían y otras no. Su criterio era claro al respecto aunque inexplicable y luego pensé que aquello era una decisión cabal, que existe una lógica interna que rige incluso la fantasía: Imaginación sí, ma no troppo, aunque sea uno mismo quien decida dónde se encuentra la frontera del demasiado. Allí, en la Península de Atahueke, fue donde Cyrus y Sam pescaron insólitas truchas, obtuvieron beneficios estratosféricos con imposibles cosechas de algodón gigante, vapulearon a Mohammed Alí, cantaron a coro con Elvis y vieron caer a sus pies a una rendida -y sorprendentemente rejuvenecida- Mae West. Cada rincón y cada lugar estaba resuelto con una precisión de geógrafo, cada historia era completa, cada suceso tenía su nudo, su desenlace y su explicación. Habían construido un mundo y lo habían hecho a conciencia, como artesanos mentales y minuciosos.

Cuando terminaron su atropellado relato era casi mediodía. Se hizo un silencio denso en el que ellos parecían buscar con avidez mi veredicto. Empapado de comportamiento sureño, hice una pausa teatral girando entre mis dedos el tallo de la flor marchita.

Impresionante, les dije al fin.

Sam escenificó su complicada risa y Cyrus Hale me miró a los ojos con la fijeza de los afectos recién encontrados. Aquella misma tarde conseguimos arrancar la vieja furgoneta que languidecía en el patio trasero y nos dimos una vuelta por la ciudad, de la que regresamos milagrosamente y de noche cerrada, borrachos como cubas y cantando a pleno pulmón, como si, en esa jornada, Atahueke hubiera aterrizado sobre el mismísimo centro de Memphis.

Unos días después acabaron mis vacaciones y abandoné la granja con una de esas despedidas simples y algo frías que nos sirven siempre como una impostura para ocultar los sentimientos y no dañar en exceso a la otra parte.

Y mientras descendía despacio por la extensa ladera que conduce a la carretera comarcal ya sólo pude escuchar el bullicioso silencio de los seres que no existen. Aquella misma noche y desde mi cama, iluminado y libre, empecé a esbozar el torpe prediseño de los bosques y las playas del lugar donde ahora habito. Por allí corre y juega mi hija Rachel y, cada domingo, vuelvo a comer con mis padres. Tengo grandes proyectos para realizar los muchos sueños que fueron alguna vez atropellados por la terca realidad. Mientras, durante el día, la vida sigue fluyendo con todos sus afanes, sus alegrías y sus prisas.

También he reservado un pequeño espacio al otro extremo de Atahueke donde visitar a Sam, Cyrus y Maggie, que beben y ríen cada noche desde sus mecedoras del porche, ante un flamante y llamativo Ford de color verde.

martes, 30 de agosto de 2011

Las tres ventanas de Basilius Krupp


Imagen: Max Saúco.


«Cuando estoy en Internet, la vida real no es más que otra ventana y no necesariamente la mejor que tengo».
Doug, estudiante de empresariales.


1955. Lagartijas.

La puesta en escena siempre es importante. Por eso, el comandante Heinrich Krupp limpia su arma con cuidado. Se podría decir que emplea en esa actividad un interés algo afectado, al que se acostumbró en esos lejanos tiempos –heroicos y gloriosos- en que estrenó esa misma Luger reluciente, cuando su tambor aún no había escupido tantas muertes necesarias. Luego oficia la ceremonia de vestirse el uniforme, el mismo que siempre se negó a esconder o abandonar, el que le acompañó por media Europa bien doblado e inmaculadamente limpio. Al final le llega el turno a las condecoraciones, que impone de una en una con el fervor de cada recuerdo al que se asocian.

Cuando todo está listo llama al pequeño Basilius, que deja escapar con disgusto una lagartija a medio desollar. El comandante, con solemne seriedad, habla en alemán a su hijo antes de colocar la boca del arma pegada al paladar.
-Basilius, mírame. Tanta belleza hay en la muerte como en la vida, aprende a despreciar por igual ambos tránsitos. Mírame y corre, Basilius, corre. No me recuerdes, se libre, que nunca te ate ninguna pesadumbre. Mira de frente al dolor y vete.

Basilius desobedece a su padre por primera vez y no corre, sino que permanece quieto aún unas horas ante el cadáver, en atento silencio. El ruido brutal, el escenario, distinto y horrible en tan pocos segundos, el eco perdido de la voz de un muerto… Está lleno de curiosidad.
Luego se va.

Sin dar aviso a nadie. Sin apresurarse.


1988.-Batas blancas.

1988 no fue, decididamente, un buen año para Basilius Krupp. Fue el tiempo en el que aparecieron las batas blancas y las preguntas, los test y los informes periciales, una humillación que su padre jamás hubiera consentido para sí y que incubó en su alma el germen del odio y la venganza con mayor fuerza que las correas o los brazos de los celadores. Fue también el tiempo en el que comprendió definitivamente una verdad que se adhirió a su ser del mismo modo indisoluble que el olor de la celda o sus ropas ásperas y ajenas, la época en la que aprendió para siempre que en la mirada de aquellos hombres no había desprecio, odio ni compasión, sino el miedo inconcebible de ver en él el reflejo de sus propias debilidades, ese saberse iguales; la aterradora certeza de que sólo les diferenciaba el comportamiento y no la intención, que dentro de cada individuo palpita ese mismo monstruo al que ellos interrogaban, impostando una falsa profesionalidad y fingiendo una distancia inexistente: La morada del cobarde. Que todos ellos, en definitiva, hubieran querido ser y sentirse Basilius Krupp.
Aunque sólo fuera por un instante.

2010.- Chat-Room.

Dedos huesudos teclean con rapidez. Son ya los dedos de un anciano. Cada una de las salas que visita Basilius se convierte en un tablero de ajedrez, en una suerte de acertijo social. Por eso dejó los chats de jóvenes, demasiado evidentes, demasiado fáciles de resolver, para buscar los complejos entramados de los chats temáticos de adultos, donde se emboscan los mismos intereses de siempre (ser reconocidos, comunicarse, seducir), bajo la endeble excusa de los intereses compartidos.
Al ingresar en uno, comienza por observar, no participa apenas. Así, pronto se hace un plano general bastante fiable, que después perfila y disecciona con el bisturí de su desmedida inteligencia. Al poco tiempo, ya sabe quién es quién: el que miente o el que presume, el que busca consuelo. Quién gusta a cual; dónde está el troll y dónde su víctima.
Ha descubierto, todavía a tiempo, el ámbito óptimo para sus travesuras.
Cuando decide a quién va a matar –pues tanta belleza hay en la vida como en la muerte y es preciso despreciar por igual ambos tránsitos- pasa a la acción. Conoce ya de sobra el proceso: de la sala al privado, de ahí al Messenger, luego la foto, falsa desde luego. De ahí, a la cita.

Y llega el momento. Utiliza otra IP y entra:

Click on Guest4387 to change your name.

Esta vez ha elegido un nombre propicio.
Bad dice: Hola, soy nuevo. ¿Alguien k quiera hablar?

Sabe con certeza que, esta vez, la lagartija no le quedará a medio desollar.

lunes, 11 de julio de 2011

Nemo



(Publicado en "Cafedeartistas")

Cuando llegó el momento de elegir, me decanté por una enorme y espesa barba negra -salpicada de canas aquí y allá- junto a una abultada cabellera del mismo color y unas gafas con montura de pasta oscura y algo anticuadas. El conjunto resultaba sobrecogedor y, en cierto modo, quería significar un estúpido desplante dirigido a los que manejan el cotarro.
Lo cierto es que, al principio, la decisión fue más bien frívola. Yo, que siempre había sido rubio y lampiño, quise obtener la mínima ventaja que me otorgaba mi nuevo estado para realizar un cambio radical, para saber qué se siente siendo moreno y peludo, sólo porque nunca pude lucir ni un exiguo bigote sin que pareciera un alarde patético.
Después descubrí que todo el que se cruzaba conmigo por la calle se fijaba en mi aspecto de ogro de cuento, de intelectual maoísta y pasadito, siendo, a la vez, que me convertía en irreconocible de tan notorio. Esto es: lo que me señalaba me ocultaba y viceversa. Era inconfundible y, a la vez, profundamente anónimo. No es de extrañar pues que, en consecuencia, también decidiera en ese momento mi nuevo nombre: Nemo... Nadie.

Sí, ya sé, no es muy original que digamos pero no saben lo vulgar que era el otro, el nombre antiguo, el que, por supuesto, no estoy autorizado a desvelar. Los que manejan el cotarro son muy claros al respecto y, una vez visto de lo que son capaces, les aseguro que uno no tiene ganas de pringarse por una pijada. Además, recuerden su propio nombre, díganlo en voz alta, piensen en él. Qué… ¿acaso les resulta muy original?

Así que proveerme de esta nueva imagen fue lo único algo divertido en esta historia. Bueno, eso y las pequeñas bromas que gastaba a la Señora Meli. Pero eso vendrá después, vayamos por partes. De momento les contaré lo que cuesta adaptarse. Es inevitable que uno tenga ciertas ideas preconcebidas, fruto de los libros y de la tele, de modo que hay que ser práctico y aprender pronto las verdaderas reglas, porque allí nadie te cuenta gran cosa. (Aunque bien es cierto que tienen un lío de mil pares. Parece que en todos los sitios cuecen habas).
Por ejemplo: la regla número uno es que no puedes atravesar muros o puertas. Es decir, tienes consistencia física constante. Nada, pues de apariciones y desapariciones dramáticas. En cambio, eres resistente y extraordinariamente veloz, porque estás como hueco por dentro. Sí, como un puto Kent, en serio: He intentado varias veces fumarme un cigarrillo y el humo se escapa solo por todos los orificios del cuerpo. Sí, dije todos. De lo más humillante, estoy de acuerdo. Esta vaina, por supuesto, excluye comer. Y, lo que es peor, excluye beber. En cualquier otro caso, esto último sería un inconveniente, pero en el mío resultaba una verdadera tragedia.
¿Recuerdan a Dennis Wilson, el de los Beach Boys? Al parecer, iba tan borracho que se ahogó en una charca de menos de un metro de profundidad. Bueno, sólo diré que mi muerte no sólo fue ridícula sino que ni siquiera fue original, salvo que mi charca era aún menos profunda, lo que me otorga el dudoso mérito de merecer figurar con letras de oro en el Libro Guinness de los Idiotas, junto –quizá- a Hill, ese pequeño enclenque de la fila de los suicidas. (Se rumorea que se tomó dos frascos enteros de nuez moscada).

Respecto a las demás reglas, uno las va aprendiendo poco a poco, merced a un tedioso sentido de la experiencia. Ni sábanas, ni psicofonías, ni cadenas o aullidos nocturnos. No se duerme, nada de confidencias a los otros, (En consecuencia, no es posible reconocer o encontrar a tus iguales, aunque me consta que los hay a manta). Las uñas no crecen, no te ensucias, nada de caries, no envejeces. No puedes relacionarte mucho con alguien porque siempre llevas la misma ropa, imposible por otra parte salir a cenar. De sexo, ni hablamos… En fin. El aburrimiento más absoluto. Díganme: ¿Es esto muerte?

Así estaban las cosas cuando conocí a la Señora Meli.

Me encontraba, como de costumbre, ramoneando por entre los cubos de basura, encarando lo yo que llamo un Proyecto. En esta ocasión se trataba de recolectar cada día lo más valioso que alguien hubiera tirado. Confrontándolo con los del resto del mes, me hallaría ante el objeto finalista que, a su vez, competiría con los del resto de meses, para alzarse con el título de Artículo de Desecho del Año. El día había sido flojo y mi botín consistía en una cuchara de madera seminueva y un número atrasado del Muy Interesante. La decisión andaba competida.

Entonces la vi, con la pequeña en brazos y un gesto de cansancio y de honda tristeza clavado en sus ojos azules. Les mentiría si dijera que me enamoré a primera vista, porque fue a la segunda. O quizá a la tercera, pero fue para siempre. Y les aseguro que, en mi caso, eso es mucho tiempo.

A partir de entonces cambiaron mis rutinas y no había noche que no esperara expectante la llegada de la Señora Meli y de Raquel, poco más que un bebé, camino de casa. Fue por entonces y para llamar su atención, cuando empecé a hacer mis numeritos. Un día me quemaba la barba con una cerilla. Al siguiente, me encontraban haciendo flexiones sin descanso, otro más allá, haciendo equilibrios con un paraguas.... Un feliz día, la Señora Meli me sonrió al pasar. Considero para mis adentros ese día como el del comienzo de una relación.

Quizá no lo crean, pero los cinco minutos diarios que empleaban en cruzar la calle y entrar en el portal se convirtieron de tal modo en el eje de mi existencia que el resto del tiempo se convirtió en un fastidioso preámbulo, sólo dedicado a recordar –o anticipar- el alimento ya imprescindible de su sonrisa.

Lo que les vengo a contar sucedió unos pocos meses después. Lo se porque la pequeña ya caminaba sola. El tipo que las abordó en el cruce debía ser un conocido porque agarró a la señora Meli del brazo con familiaridad. Enseguida comprendí que algo no andaba bien y aunque los coches me hacían ver la escena con intermitencias, se hacía cada vez más evidente que se trataba de una discusión violenta.
Cuando vi el brillo de una navaja empecé a correr.
Ya les he dicho que soy rápido, pero los acontecimientos estuvieron a punto de serlo más que yo. Mientras sorteaba vehículos alocadamente, la navaja cayó al suelo en el forcejeo, de donde la recogió Raquel. Ellos dos seguían gritándose cuando me lancé sobre la niña, justo en el instante en que su boca iba a cerrarse sobre el filo. Ambos rodamos por la acera, mientras el peligro se alejaba tintineando sobre las baldosas de la calle.

Toda la vida asustándome de los cuentos de aparecidos y los que de verdad asustan son ustedes, me refiero a los vivos, a la gente normal.
Los dos nos miramos aterrorizados. Raquel, porque veía a un señor feo, todo pelo y barba, que la miraba. Yo, porque acababa de caer en la cuenta del manejo; que yo no era, a fin de cuentas, un fantasma.

Que lo que yo era, en realidad, es un puto Ángel de la Guarda.

jueves, 2 de junio de 2011

Lo nunca visto


(Publicado en el "cafedeartistas", la verdad es que no sé cuando)

Nació entre brezos, bajo lunas encantadas. No la quiso el destino en macetas ni arriates, fue flor corsaria.
Baños de luz y de agua educaron su rostro perfecto, inédito milagro. Hubiera preferido para sí un fin más alto: reventar una solapa, dejar secar su belleza entre las páginas de un libro... o mejor aún: ser el oráculo de un amor incierto.
Pero creció remota y oculta, con la incesante disciplina de un espejo reflejando la habitación cuando ya nos hemos ido: fue inútil empeño, carta extraviada, beso sin boca.
Pasaron los días –toda una vida- y languideció añorando esos ojos que nunca la vieron. (Hasta los insectos desconfiaron de tan cabal geometría).

Vivió.

Y un atardecer, un soplo de brisa esparció sus últimos restos ensangrentados por el aire, que, bien visto, es la sustancia por la que transitan todas las miradas.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Paseos puntuados con Míster Dot



Cuando empecé a pasear con Mister Dot pensé que era la suya una curiosa forma de caminar, un poco “a la española”, con paradas frecuentes y repentinas, gestos elocuentes y constantes agarrones del brazo. Algún tiempo después vislumbré que todo ello respondía a un sistema, pero sólo más tarde descubrí los códigos inmutables que regían su charla y su conducta, o mejor dicho, que aunaban discurso y comportamiento dotando a ambos de un sorprendente sentido global. Era así que las exclamaciones las expresaba con los hombros levantados, una pausa leve en sus pasos enmarcaba una digresión, una larga daba lugar a otra idea o sentido y, cuando cambiaba de tema, cruzábamos la calle callados, como si recorriéramos un doble interlineado de asfalto. Después, tras dos largos pasos silentes de elegante sangría inglesa, retomaba la palabra y comenzábamos otro párrafo.

No cabía duda de que Míster Dot puntuaba la conversación.

Y eran paseos románticos y gramaticales, rondas sintácticas y pautadas por calles que eran ríos y, además, líneas de texto, como si escribiera con su tránsito la novela de su vida enamorada o como si eludiera la obligación de escribir a través de una literatura oralmente escrita -o escritamente oral-, que era, pues, efímera y, por tanto, más bella o más libre, abriendo luces de significado e inaugurando metáforas a cada tres o cuatro portales o comercios, como tubos fluorescentes que se fueran encendiendo a nuestro paso. Coma, punto. Punto y coma; pararse y avanzar. Y, como cada signo de puntuación tenía su gesto o su pausa (siempre el mismo, sin equivocarse jamás, con una exacta y hermosa precisión), para escuchar su obra en toda su extensión, para apreciar los distintos matices, se hacía necesario mirarlo.

Fue así como, leyendo nuestras charlas, me enteré de su historia de amor triste y grande como pocas (o como todas –insistía él- abriendo y cerrando un paréntesis mediante dos tenues golpes en mi hombro con el dorso de la mano).
Se trataba de Elsa, de la que nunca supe si existía de verdad o si era la excusa de Dot para llenar las manzanas y los barrios en blanco que aguardaban nuestro caminar errático. Ella estaba casada y vivía lejos, pero le enviaba unas cartas arrebatadas que contenían los más inspirados versos de amor jamás escritos; cartas que, caso de conocerse, harían empequeñecer al mismísimo Petrarca… si no fuera porque Elsa, la bella y sensible Elsa, no puntuaba nunca sus escritos. En años de relación epistolar nunca había usado un punto, una coma o una mísera tilde. Ese extremo, lejos de molestar a Dot, representaba para él una muestra más de la genialidad de ella. ¿Por qué habría de molestarme? (el signo de interrogación era uno de mis favoritos y consistía en un gracioso arabesco en el aire dibujado con la contera del bastón). Las aprendo de memoria y luego las recito recorriendo el pasillo.
Nunca se ha visto mayor ejemplo de la colaboración del lector, de su parte alícuota de creatividad, de su contribución a lo escrito por otros.

Unos días más tarde (o unas páginas, o unas calles, es lo mismo), Míster Dot me habló de sus dotes de vidente, dando un interesante giro a su historia lo que, en consecuencia, nos supuso dar también un giro a una glorieta donde prosperaban los lirios en anuncio de la primavera. La noticia (el capítulo) no me pilló de sorpresa, pues andaba yo desde tiempo atrás cavilando acerca del motivo por el que Dot y yo nos encontrábamos casi cada día y en distintos lugares sin citas ni premeditación, sólo porque sí, con una naturalidad indebida y algo falsa a la que yo no había podido –o querido- dar explicación, pendiente como estaba de volver a verlo y retomar así el hilo de su narración andante. En tan sólo medio distrito Dot justificó el prodigio: Cada día veía un fragmento del siguiente.
Pero el motivo de su confesión no era el alarde ni la explicación contextual de nuestros encuentros sino, más bien, la necesidad de justificar anticipadamente un acto propio, provisto de la inevitabilidad que sólo tiene el destino. Hasta que unas calles más tarde (o unos días o unas páginas, qué importa), el escritor oral más grande y desconocido de todos los tiempos me anunció solemnemente la ruptura de su amor imposible.

-¿Pero por qué? ¿Por qué ahora? -me atreví a preguntar.

Mister Dot hizo un punto y aparte limpio, eterno y suspendido. Un punto que era la antesala del desenlace definitivo de su texto hablado:

-Porque me he visto mañana llorando mientras rompía sus cartas.

Allí mismo se paró y yo me despedí. Jamás he vuelto a verlo.

lunes, 23 de agosto de 2010

Otras literaturas


(Imagen: Ralf Pascual)
http://ralfpascual-fotografia.blogspot.com/
(Publicado en el Café de Artistas el 28 de Enero de 2009)

Al salir de casa pude percibir por toda la escalera el inconfundible olor a quemado de un nuevo pastel de la señora Boucher y pensé en lo que habría cambiado la historia de la literatura en caso de que Marcel Proust hubiera sido vecino de nuestro inmueble.
Eso, lo de pensar en la literatura, era una constante en mí por aquel entonces, así que bajaba los escalones de madera vieja de dos en dos, agotando el sueño que encerraban los poemas y las historias que pugnaban por escapar de mi cabeza para conquistar un espacio entre los grandes, para asombrar y seducir a los círculos de medianías de la triste ciudad de provincias que era entonces, para mí, el más excelso de los Parnasos.

Ya en el portal, que avecinaba la limpia claridad del mediodía, me crucé con el viejo Brasson, el destinatario –y la víctima- del afán repostero de la señora Boucher y ambos murmuramos un saludo protocolario que sonó a mutuo desinterés. Las calles y su ruido, los laboriosos ciudadanos en bicicleta, los sórdidos olores del mercado, no eran sino las dimensiones de la prisión donde yo creía habitar, cuando eran ellas las que en realidad me poblaban. Lo otro, lo de los versos hondos y medidos, los exóticos viajes, las damas y las tramas misteriosas en las callejas del lejanísimo París, el velo con que inculpar a mi inspiración aplazada. De momento y sin remedio, regresaba con las bolsas llenas de carne sangrante y verduras que sobresalían para señalarme como lo que era: el pequeño de los de los Bartin, un simple chico de los recados, la última mierda insignificante de un pueblito olvidado del Midi. Y ahora, tantos años después, me pregunto el porqué de esa vergüenza eterna y compartida, la de los recados y las bolsas, el motivo por el que, a partir de cierta edad, cualquier chico, en cualquier lugar, siente la misma humillante infamia que se deriva del transporte -público e impagado-, de pimientos y lechugas.
El tiempo, goteando los días, me distanció de mis visitas al mercado tanto como de mis afanes de gloria. Enterrados en aquellos días luminosos quedaron mil historias no nacidas, bajo el peso de las abundantes capas de lo que llaman la existencia real.

Tuvieron que pasar muchos años, muchas cosas, hasta que conocí a la señora Durand, y alguno más hasta que empecé a llamarle Thalie. Mi biografía, como tantas otras, se compone de dos o tres momentos importantes. El resto, que se desdibuja poco a poco en la memoria, no es más que el relleno que nos va alejando –o acercando- de esos pocos sucesos: Lo que, ostentosamente, denominamos nuestra vida.
Conocí, pues, a Thalie. No fue ni tarde ni pronto. Llegamos puntuales a una cita que concertó el destino, cuando ya los cuerpos y los corazones huyen del alboroto de la pasión y los celos. En la tranquilidad de un amor sin exigencias, recuperé el gusto por la escritura, que se transformó en un arte ajeno a testigos y prisas. Así que comencé a escribir bien, sólo por que ya no me importaba. Volvieron los versos medidos, las tramas, las historias que buscaba. Hoy conozco ya París tan bien como si alguna vez la hubiera visitado.

Es Thalie mi única lectora. Ella me hace pasteles quemados, pero a mí me gustan. Yo correspondo con versos y relatos que están siempre, quizá, demasiado cocinados.
Uno de estos días, al visitarla y ya desde el portal, se podía aspirar la fragancia de un brioche algo más que muy hecho. Entonces me crucé con un chico que saltaba los escalones de dos en dos y nos saludamos con escasa ceremonia.

Me imagino yo que iría a hacer los recados.

sábado, 3 de julio de 2010

Entre las nueve y las diez


(Publicado en el "Café de Artistas" en febrero de 2007)

I
La cita era de nueve a diez de la mañana de algún día comprendido entre el dos y el dieciséis de abril. Yo debía acudir, sólo por supuesto, a un determinado café de la calle F** llevando conmigo el sobre y esperar. Un día, cualquier día dentro de ese período, alguien (estremecía esa indefinición, todo esto era, en realidad, algo estremecedor, como de película, o a lo mejor las películas reflejan un proceder habitual, no hay forma de saberlo), alguien, digo, entonces, se sentaría a mi mesa y sin grandes ceremonias (eso dijo aquel tipo al teléfono: “sin grandes ceremonias”, mira, se me quedó grabado ese detalle) tomaría el sobre con los documentos y dejaría limpiamente en la mesa el otro, algo más pequeño, con el dinero. Eso era todo.

II
Eso era todo… No es que tuviera problemas morales, no. De verdad. Ni me lo había planteado. Era como un juego, como si fuera otro temporalmente.
Luego ya está, vuelves a tu vida normal, nadie lo sabrá jamás. Eso piensas, sí. Y después: no hago más mal ni daño que otros, es sólo intercambiar un sobre, míralo de ese modo, es sólo eso. Como un juego. Y vuelta a empezar.

III
Empezar fue, acaso, lo más difícil. Te digo esto porque el día dos –puntualísimo, recién afeitado, no me preguntes por qué– aterricé en la mesa junto a la cristalera con un deje de naturalidad que sólo yo sabía fingida. Café solo, doble por favor. Por algún motivo, la palma de mi mano abierta estuvo la hora entera reposando encima del sobre de papel marrón. Al retirarla, a las diez, se había quedado casi pegada por el sudor. Curiosamente, fue alivio lo que sentí al salir, después de pagar la cuenta.

IV
La cuenta de los días que siguieron se enturbia en mi desmemoria. Sí recuerdo, en cambio, que al principio sólo miraba hacia la puerta creyendo atisbar en cada persona que entraba un gesto delator, no sé, un signo, algo que indicara que el momento había llegado. Pronto aprendí que un número nada despreciable de personas hace, al entrar en un bar, un gesto circular con la mirada, que yo interpretaba entonces como de búsqueda y que ahora sé que es gesto animal o cautela primitiva, un somero análisis del escenario al que nos incorporamos.
A los pocos días, dejé de vigilar la entrada y mi interés comenzó a dirigirse a los clientes.

V
¿Los clientes? Bueno, lo normal; grupos de madres bulliciosas que se reúnen tras dejar a los niños en el colegio, algún obrero de sol y sombra, desocupados, ejecutivos… Lo de siempre. Los que más me llamaban la atención eran los habituales. Por eso enseguida me fijé en aquel señor mayor del periódico, porque siempre estaba allí cuando llegaba y siempre lo dejaba al irme, porque me hipnotizaban sus rutinas y su capacidad de abstraerse de todo cuanto le rodeaba, hasta el punto de dejar caer con frecuencia la ceniza del cigarrillo sobre las páginas, que limpiaba después barriéndolas con el canto de la mano abierta.

VI
Abiertamente. Así acabé mirándole, sólo porque él no me miraba. A él como a otros de los habituales, entiéndeme, no es que hubiera preferencias, no. Pero claro, ¿quién puede sustraerse al placer de observar, impunemente, a quien no repara en tu presencia? ¿Cómo no iba a fijarme en su labio inferior -grueso, repugnante y húmedo- vibrar según iba recorriendo ávidamente las noticias leyendo en silencio? Y vuelta a caer la ceniza. Resultaba un tipo asqueroso, sabes a lo que me refiero, un viejo en el que intuyes egoísmo, aunque no te haya hecho nada. Comencé a odiarlo, injustamente, enseguida.

VII
Enseguida te das cuenta que formas parte de un mecanismo: Llegas, esperas y te vas; llegas, esperas y te vas… Un café solo, doble por favor. La mano ya no custodia el sobre que cae indolente cada mañana sobre la mesa de mármol, con un chasquido que suena a desquite. Espías al viejo devora-periódicos con un descaro creciente. Risas femeninas in crescendo apagan momentáneamente el ruido de tazas y cucharillas al chocar, el molino del café, el runrún de conversaciones desmayadas… Solo, doble, por favor. Llegas, esperas, te vas…

VIII
Te vas a reír. El día definitivo, el gran día, me pilló de sorpresa. El cumplimiento a destiempo de una larga espera siempre tiene un cierto matiz de desconcierto. Aquel tipo –bien lo sabes- ni era ni dejaba de ser lo que yo esperaba. Era, al fin, sólo eso: un tipo. Se sentó pausadamente frente a mí y puedo jurarte que, al sentarse, suspiró. Sí, como lo oyes, suspiró. Como con hastío, ¿comprendes? Bueno, quizá lo oíste, el suspiro, digo, porque al instante tú estabas allí, plantado ante la mesa, no sé como fuiste tan rápido, a tu edad. Tenías el periódico en una mano y la placa en la otra, mientras con el labio grueso, repugnante y húmedo, decías tan sólo una palabra, con una voz que era inédita, grave, inapelable:
-Policía.

sábado, 19 de junio de 2010

Leyendas


(Publicado en el "Café de Artistas" el 31 de julio de 2007)

Corren todo tipo de leyendas por el valle. Son historias espeluznantes acerca de brujas y de ogros sanguinarios; de sacamantecas, que aquí llaman sacaúntos o también hombre del saco; de malvados monjes en siniestra procesión por los campos y de todo tipo de horrores, que sólo sirven para amendrentar a los niños y a las viejas.
Pero yo no tengo miedo, porque mi padre está conmigo.

Los dos vivimos en una granja al borde de un camino polvoriento. No tengo madre o hermanos, nunca tuve más familia que papá, un agricultor acostumbrado al duro trabajo y a la pobreza, que únicamente cae en el pesimismo cuando habla de las inclemencias del tiempo o de los bajos precios de la cosecha. Yo sólo tengo ocho años, pero le ayudo en todo lo que puedo: en el campo, con los animales, con los pernos, en la caldera…

De tanto en tanto, papá engancha las dos mulas al birlocho y me hace un gesto. Entonces voy al huerto que hay detrás, en el patio, y recolecto judías, pimientos, tomates y enormes berenjenas brillantes y lo guardo todo en cajas de tablas de madera. Luego, cargamos el carro y nos ponemos en camino, arreando a las caballerías por entre trochas y veredas de ganado -mi padre bien erguido en el pescante, con ese aspecto suyo tan serio y a la vez tan dulce- y yo feliz a su lado, aspirando el aroma del espliego y la hierbabuena recién florecida, sorprendiendo a las raposas que se cruzan por el camino, o contándole historias exageradas, que él desacredita con tan sólo una mirada. Nuestro destino son siempre los predios altos, donde viven los aparceros, que se reparten los beneficios del campo con los propietarios, lo que en los años malos significa obtener la mitad de nada. Eso provoca que sean aún más pobres que nosotros. Como siempre dice papá, para recibir hay que dar y por eso nuestras visitas: para dejarles cajas con hortalizas, que reciben con el fingido rechazo inicial que a menudo provoca el orgullo del hambriento.

Luego de haber acabado el reparto, nos demoramos por los arroyos y albinas donde siempre encontramos a algún hijo de aparcero, arrapiezos descalzos y llenos de mocos que pescan para matar el tiempo y se bañan en las pozas. Cuando vemos a alguno que está sólo, yo me bajo y le invito a subir al carro. Entonces papá lo mete en el saco, cierra con un nudo y regresamos a casa, bajando los desmontes mientras las mulas hacen sonar los cascos en la tierra reseca y el niño, poco a poco, deja de removerse bajo la arpillera.
Por el valle corren todo tipo de leyendas.

Pero yo no tengo miedo, porque mi padre está conmigo.