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domingo, 13 de enero de 2013

Nadie Nunca

Son curiosos los secretos. Lo que no se cuenta no es, lo que no se comparte no existe, se perderá con el tiempo; pronto se llega a dudar si ocurrió de verdad o si es pasto de los falsos recuerdos, de la incierta memoria, del olvido después.

Enrico Azzi aprendió mucho sobre secretos durante los años 90, tiempo en el que regentó “In bocca al Lupo”, un minúsculo restaurante de un pueblo costero de la Riviera, en una callejuela empedrada que desaguaba la luz mortecina de sus pocas farolas en la iluminada y concurrida Piazza Dante. Adquirió su prestigio con unos fetuccini legendarios y media docena de mesas con manteles a cuadros presididas por un cartel enorme de Sambuca Molinari en el que el dibujo de una pin-up vestida de rojo y con tacones anunciaba el licor con insinuación y todo el aspecto de de ser una fiel consumidora del producto, además de la imagen de marca.

Al terminar el turno de cenas, Enrico invitaba a una copa a los clientes más recalcitrantes y ponía vinilos de Rita Pavone y Celentano en un viejo tocadiscos mientras recogía y hacía la caja. Y así, sin darse cuenta, empezó su relación con los secretos. Una discreción proverbial y un rostro que invitaba a la confidencia le hicieron depositario de muchas historias liberadas por el exceso de Chianti y la soledad. Algunas eran banales, otras tiernas o terribles o curiosas, pero todas solían comenzar con estas palabras: Mira Enrico, esto no se lo he contado a nadie nunca…

Él escuchaba con atención. No hacía preguntas, no daba consejos. Sólo asentía y mostraba su comprensión. No le costaba trabajo porque él, como ellos, como todo el mundo, tenía también su propio secreto, solo que nunca había encontrado a un Enrico a quien contárselo.

Quince años tienen muchas noches. Un buen día, Enrico Azzi tomó una determinación que le pareció cabal. Dejó por un tiempo el negocio en manos de su encargado, se aprovisionó de papel y tinta –nada de ordenadores- y eligió de entre todas, las confidencias que más le habían impresionado.

Escribió las treinta historias durante la primavera de 2006, basándose tan solo en los recuerdos de las narraciones de sus protagonistas y evitando los nombres, lugares y circunstancias que les hicieran reconocibles. Tituló a su obra “Nessuno Mai”, nadie nunca. Cuando tuvo el manuscrito acabado, redactó también su propia historia jamás contada y la intercaló entre las demás, marcándola con el número veintiuno.

Fue sólo entonces cuando intuyó que la narración de esa historia –la número veintiuno- era quizá, después de todo, el fin último de un recorrido en que empleó tanto tiempo, como si el resto de confidencias fueran una especie de envoltorio o un camuflaje para permitirle narrar su propio recuerdo de forma impune. Luego hizo varias copias del libro en una vieja imprenta de la Vía Garessio y se recorrió personalmente media Italia buscando un editor. Al cabo, después de muchos fracasos, encontró a uno que aceptó el envite y que, paradójicamente, regentaba un modesto negocio en su misma ciudad. Mire, le dijo el propietario tras sus lentes de miope, acepto el manuscrito aún siendo una apuesta algo arriesgada. Pero lo acepto porque hay una historia entre ellas que por sí sola merecería la pena publicar; porque es lo más verosímil sincero y enternecedor que he leído en mucho tiempo. Él no contestó, guardó el contrato en el bolsillo y se dio la vuelta.
Y dígame, alcanzó a preguntar el editor, estos relatos ¿son ciertos?
No, respondió Enrico con la mano en el picaporte, todos son invenciones. Una lástima, concluyó el otro, se vendería mucho mejor si la gente los supiera verdaderos.

“Nadie Nunca” salió a la venta en 2008 y tuvo más consideración que éxito, como ocurre a menudo con los buenos autores cuando son desconocidos. Incluso algunas reseñas de alcance nacional alabaron su profundo conocimiento del alma humana y su capacidad para fabular sobre los claroscuros cotidianos de las vidas anónimas. Se vendieron unas dos mil copias antes de caer en el olvido y sin embargo, lo que más reconfortó a Azzi fueron algunas cartas sin remite en las que antiguos clientes le agradecían emotivamente la “liberación de una carga” que habían sentido al reconocer sus propios secretos entre las páginas del libro.

Pero todos los profesionales, sus allegados y hasta su mujer y sus hijos, coincidieron en que una de las historias (la veintiuno) era demasiado fantasiosa. Él aceptó humildemente esa crítica con una sonrisa y un silencio. Enrico Azzi nunca volvió a escribir una sola línea, vendió el restaurante y se retiró unos años después. Ahora vive feliz con su familia, con la que todo lo comparte, en una casita de piedra en los alrededores de Bussanna Vechia, desde la que se divisa el azul inexplicable del mar de Liguria.


sábado, 6 de octubre de 2012

La cinta amarilla



Esta noche, como tantas, como todas las noches, devolveré la foto y la cinta a la mesilla y me dormiré mandándole un beso a Juan.

La foto está ya arrugadita y más desde esta mañana en la Audiencia, cuando la apuñaba en el bolsillo del vaquero por debajo de mi toga de Juez, como si me diera fuerzas. Como un amuleto. Y cada vez que la remiro me parece mentira el verme tan chica, parada con las tenis que me regaló el tío Tano, rascándome en la espalda (¿por qué será que siempre que algo nos inquieta nos rascamos en la espalda?) y con esa cara de incrédula curiosidad, detrás del policía atisbando la muerte y el futuro. Créeme que todavía –y son tantos los años- noto el tacto tibio de su mano en la mía.

De la cinta amarilla me guardé un fragmento, el que va cada noche a la mesilla junto a la foto. Fíjate cómo la cinta separaba ya el mundo del que salía, el perfecto perímetro que dejaba fuera los dibujos animados y la infancia entera y adentro, los cadáveres de mis tíos despedazados por la Mara del 18, un ajuste, decían. Pero yo no sabía de ajustes ni de maras. Déjate, le dijo él a su compañero, tiempo al tiempo, que a cualquier perro se le atora un hueso.

Y ya no le vi más hasta hoy. En persona, quiero decir, que veinte años no es nada, como decía el argentino. Pero hoy me dio un vuelco al verle de nuevo, tan él, más viejito pero con esa misma forma de caminar y echar las manos atrás. Entonces, antes de sentarse en el banquillo se rascó la espalda y a punto estuve a echarme a llorar, ¿lo puedes creer?

Recién acabo de empezar a administrar justicia en Aragua y va y me llega aquel mismo policía de la foto con la acusación de matar a unos sicarios del 18, tanto tiempo después y me doy cuenta que era verdad: a cualquier perro se le atora un hueso. El fiscal dice que son todos la misma cosa, que son coyotes de la misma loma, pero yo le declaro inocente entre los murmullos de reprobación de la Sala.

Nadie nunca sabrá que yo sé que fue Juan quien les mató, pero no lo hago por mí, ni por los tíos, sino por esa mano que me hurtaba de la violencia y, sobre todo, porque sigo enamorada de él desde entonces.

La Justicia, ya aprendí, es como el amor. Ambos pueden impartirse en un secreto que dure por siempre.

sábado, 30 de junio de 2012

El Señor Hutchinson


La cena es esta noche y en uno de esos restaurantes pijos de Mayfair. No esperaba menos del clan de los señoritos, la más selecta y excluyente mierda de la promoción del 85. Yo, por supuesto, no estoy invitado, como no podía ser de otra manera. Mis padres no regentaron negocios financieros en la City, nunca viajé en un Aston Martin y jamás ninguno de mis familiares asistió a las estúpidas carreras de Ascott, de modo que puedo considerar casi un milagro mis cinco años de permanencia en Harrow School, tiempo en el que siempre estuve apartado como un paria de los centros de poder, de los ámbitos donde se gestionaba la popularidad como si fuera una mercancía de cambio.

Ahora que se acabó la partida, sé muy bien lo que será de nuestras vidas, siempre lo supe aunque nunca lo dije directamente, al fin y al cabo, nadie se interesó especialmente por lo que yo pensara. Pero hacen mal, siempre hicieron mal. Yo tengo información de todo lo ocurrido en este último curso, sé cosas de primera mano que ellos ignoran y hoy será mi revancha. Para empezar, adivino que la conversación en la cena será tan frívola como siempre, pero al final acabarán hablando de “lo sucedido con el Señor Hutchinson”. No podrán evitarlo, lo que ocurrió este año nos perseguirá como una sombra para siempre. Que si era un demonio, que si un agujero negro de la mala suerte, un ser perverso... Siempre que alguien opina de otro, da más información sobre sí mismo que sobre la persona a quien juzga. En realidad las cosas no sucedieron como creen, pero las leyendas se gestan así, con cuchicheos y maledicencias, con “me han dicho que dicen”...y al final la bola de nieve es tan grande que no hay forma de detenerla.

Primero fue el chico de Wembley, aquel que se hizo un corte terrible en la mano segundos después de fallar una pregunta de Álgebra. El hecho es en sí cierto pero... ¿Cabe atribuir la culpa al profesor? Después vino lo del brazo roto de Jeremy Hedley y una serie de accidentes que parecían tener sólo un aspecto en común; todos estos hechos venían precedidos de errores o desplantes hacia “Ben mala sombra Hutchinson”, como si castigara de un modo mágico, como si convocara la mala suerte hacia los chicos más díscolos o torpes. Sin embargo, nada de todo esto hubiera tenido más importancia que la de una serie concatenada de coincidencias sino hubiera sido por lo de Agnus.

No debieron mandarle como portavoz de la clase. No a él. Agnus era un buen chico, un tipo callado y algo solitario que hacía lo que debía sin meterse en líos. El grupito de los populares lo eligió para no dar la cara, porque sabían que iba a recibir el encargo como un regalo después de tanto ostracismo. Por fin soy alguien, debió pensar, por fin entraré en el círculo de los elegidos. Así que quiso cumplir su encargo con una valentía sicaria y se le fue la mano. Lo sé porque estaba allí. No debió hacer acusaciones tan graves ni amenazar con acudir a la Dirección del Centro y hasta a la policía. Todo era tan irreal, tan absurdo…

El caso es que aquella misma tarde, justo mientras se celebraba la reunión de profesores para consensuar las calificaciones del trimestre, Agnus se tiró por la ventana de su habitación y se mató. No hubo testigos, ni notas. Nunca se supo el motivo. Sólo que ocurrió.

Creo que es por él, por el pobre Agnus, por lo que estoy entrando ahora en el restaurante. Ya estarán terminando. Necesito que esa panda de manipuladores sepa que el miedo era recíproco, que el más asustado de todos era aquel al que veían como enemigo. Recorro sus caras huidizas e incómodas una a una.

Deberían haberme invitado.

A mi pesar, distingo al que tendrá un accidente de automóvil, al que desarrollará un tumor, el que será asesinado por celos… Espero a que alguno se dirija a mí y salve así su miserable vida. Finalmente es Johnson el que habla.

¿Un…un café Señor Hutchinson?


miércoles, 8 de febrero de 2012

Creer en fantasmas


La anécdota es muy conocida en la familia y mil veces referida. Corría el año 1946 y un aneurisma se llevó a la tumba a la abuela cuando mi madre sólo contaba con cinco años. Al día siguiente, mientras se celebraba el entierro, la niña se quedó en casa con la criada mientras la familia cumplía el doloroso trámite de dar tierra a la difunta.
Al regresar, mi abuelo besó a su hija y no supo cómo narrarle esa pérdida, asustado por pensar que, siendo tan pequeña, era lo suficientemente mayor para sufrir pero no tanto como para afrontarlo.

La reacción de mi madre fue sorprendente y aterradora. Eso no es verdad, papá: mamá ha estado aquí esta tarde y ha venido a acariciarme vestida de azul y con todos los anillos puestos.
Y ese era justo el modo en el que fue amortajada.

Mi madre siempre recordó aquel suceso y nos lo contó muchas veces tal y como lo relato yo ahora. Sin embargo siempre se ocupó de añadir, con un escepticismo despreocupado y sincero, que ella no creía en fantasmas.

Y la muy tozuda aún lo sigue diciendo, tanto tiempo después, a pesar de que ya lleva muerta desde hace muchísimos años.

sábado, 7 de enero de 2012

La Asociación

“Si un hombre se deja tentar por un asesinato, poco después piensa que el robo no tiene importancia, y del robo pasa a la bebida y a no respetar los sábados, y de esto pasa a la negligencia de los modales y al abandono de sus deberes”.
(Thomas de Quincey)


“(…) Cierra la reunión el Señor Laurent con un encendido y certero discurso en el que cita nada menos que a Carlyle, a Plinio y hasta a Chesterton : “En el asesinato, el criminal es el artista y el detective, el crítico”. Nada queda por añadir al Ciclo Séptimo, salvo acotar que el Señor Lebrin, como tesorero, señala la existencia de un saldo de 5.000 francos disponibles puesto que todos los señores miembros anotaron “captura” en el período anterior.”
(Fragmento del Libro de Actas de la Asociación del día 30 de Noviembre de 1956)


Phillipe Laurent, en su calidad de anfitrión, abre la reunión del ciclo Octavo y se atusa el grasiento bigote de guías con gesto impaciente. Mientras, suenan unos contenidos aplausos que tienen más que ver con la mesura que con la falta de entusiasmo. También y a la vez, expulsa una ligera ventosidad que disimula sin éxito con un falso golpe de tos. Nadie en la docta reunión hace signos de percibir tal hecho, sabedores de que es inútil intentar ser sublime sin interrupción, por mucho que todos critiquen (a su espalda, claro está) esos excesos del Juez Laurent que atribuyen a su avanzada edad, la misma que, por otro lado, todos comparten. La educación es una constante en las reuniones de la Asociación: Las formas son el fondo, como dijo el Comisario Gancourt en la Ceremonia Fundacional.

La sala es el antiguo despacho del juez, en su domicilio de la Rue Saint Paul, una estancia oscura y solemne, como tantas de las sentencias que dictó durante décadas. Componen el escenario tres círculos concéntricos. En el interior, la gran mesa de nogal y en torno a ella, los cinco miembros de la Asociación, un juez, un fiscal, un comisario, un psiquiatra forense de La Santé y un asesino convicto reconvertido en confidente. Salvo éste último, todos se retiraron hace mucho tiempo. En realidad, la Asociación representa todo el antiguo poder de la justicia criminal de París desde todos los prismas posibles. El cuadro se completa con las paredes, forradas de estanterías que albergan cientos de anticuados libros de Derecho repletos de polvo. El ambiente entero huele a vejez y a demencia.

Toma la palabra el Fiscal Galin y es de notar que cuando habla (emboscado en su barba y en su genio), todos callan y que no es fácil conseguir tal respeto de un público tan acostumbrado a obtener gratuitamente la aquiescencia de sus inferiores, que, en su día, fueron todos los funcionarios de Francia y la casi totalidad de sus súbditos.
“Hoy tenemos, amigos míos, un caso extraordinario: Puffet, ese hombrecillo de apariencia inofensiva que espera en la antesala, es nuestro hombre para el ciclo Octavo y quizá, el mejor hallazgo desde que inauguramos esta actividad. Debemos esta circunstancia, comme d’hàbitude, a nuestro buen amigo Deschamps”
Todas las miradas se dirigen hacia Deschamps, y éste se ruboriza, lo que demuestra que, al cabo, las emociones más pueriles y básicas, como lo es el reparo, habitan también los corazones de los más descarnados asesinos. Otro punto para Maurice Deschamps que es siempre quien marca la pieza para que las influencias del resto de miembros de la Asociación consigan excarcelar o -como hoy es el caso-, liberar al que ellos llaman “ejecutor” desde algún remoto y olvidado hospital psiquiátrico.

Siguiendo con fidelidad el ritual, los señores socios hacen entonces pasar a Puffet y la simple inspección ocular del sujeto levanta murmullos de aprobación en la sala. Es Puffet un individuo sudoroso, de corta talla, ademanes nerviosos y ojos pequeños y brillantes, que se mueven en todas direcciones ensuciando cuanto miran. Todas las aberraciones de su conducta constan en las copias del expediente que examinan los asociados y hasta ellos experimentan un cierto asco al ver las imágenes y leer por encima el balance de sus crímenes horrendos.

El profesor Lebrin, el psiquiatra, extrae entonces de un cajón la guía de teléfonos del distrito de París con la solemnidad habitual y abre una página al azar. La tradición manda que sea el Juez Laurent quien marque con su dedo huesudo un nombre cualquiera dentro de esa página, nombre que le es mostrado a Puffet, quien anota los datos de su puño y letra en un papel que guarda arrugado en el bolsillo interior de su estropeada chaqueta. Después, abandona la sala, escabulléndose con una sonrisa de satisfacción que tiene un cierto deje obsceno. La suerte está echada.

Se abre el turno de apuestas: “Captura” o “Impunidad”. Los Señores Socios votan y seguirán con profesional atención este caso, debatiendo con pasión entre ellos cada detalle de la investigación y del posible proceso.

Mientras, en algún lugar no muy lejano, un ciudadano cualquiera regresa a casa cargado con los regalos de Navidad, ignorante de su segura y del todo arbitraria condena a muerte.

domingo, 25 de septiembre de 2011

A ciegas


Así, gracias, no me agarre por favor, déjeme a mí tomar su brazo caballero. Muy amable, eso es. ¿Que por qué he sabido que usted es un señor? Muy fácil, es por la colonia: Verá, los ciegos desarrollamos mucho las capacidades en los sentidos que nos restan y ese aroma… no sé, me es familiar, es una fragancia varonil y antigua, como de madera, tengo la marca en la punta de la lengua, ya me acordaré. No se moleste pero no me agrada, vaya a saber el motivo: los viejos decimos siempre la verdad aunque sea inoportuna, es nuestro único patrimonio. Ese y el de la pensión. Precisamente voy al banco a cobrar, es por eso que necesito cruzar La Castellana. En otras calles me arreglo solo pero esta son palabras mayores, una locura, tres avenidas en una, con sus correspondientes semáforos…

Ay, esa colonia. Los recuerdos van y vienen. A mi edad son esquivos los recuerdos pero qué poco puede escapar uno de ellos, siempre nos andan esperando, una y otra vez. Yo ahora sólo grabo en la memoria sonidos y olores pero no siempre fue de ese modo. Tengo también imágenes de antes de perder la vista. Caras, mi casa, las manos de mi novia, cosas así. Fue a los veintitantos, a causa de los golpes que me dieron en la DGS. Me hicieron la bolsa, la bañera… y una buena paliza, me zurraron de lo lindo y todo por una bobada… No, no. Suelte, ya digo que no hace falta que me agarre.
Por una tontuna, le decía, por conocer a gente del “partido”, entonces lo llamábamos así, ya ve. Parece ser que el cerebro tiene como habitaciones y a mí me rompieron el cuarto que aloja la visión. "Nadie rebaje a lágrima o reproche esta declaración de la maestría de Dios que, con magnífica ironía, me dio a la vez los libros y la noche". Me gusta recitar. Eso es de Borges. ¿Le gusta a usted Borges? Yo le leía mucho de joven. Pero para ironía, el que la última cara que recuerde sea la del comisario que me abrió la cabeza, con su bigotito muy de la época, con su voz y sus preguntas. Eso y cómo olía… El olor…

Lucky, por fin me acordé, así se llama esa colonia. Creí que ya no se hacía: Lucky for men. Como la de él. Igualita igualita a la que lleva usted, pero suelte, no tan fuerte.

Pare. Me hace daño, por favor suélteme, me está usted haciendo muchísimo daño.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Sin zapatos


Luz naranja en los párpados; código de barras son las pestañas. Cintura de espuma y disparo de sal en los labios.

(Escucha el sol, mira la brisa, acaricia el son de ola que te trepa por la piel.

Déjate ir, olvida los límites, la educación aprendida, la inútil geometría de lo correcto. Húndete en el silencio, en la cadencia de esas burbujas de quita y pon.

Y, después, sal caminando como si te desvistieras de agua, solemne, pura, visible. Gotas, estruendo y dunas).

La marea se escapa bajo la pisada. Es la arena un elegante anfitrión, promesa de paz, remedio antiguo para ese andar que tanto aflige el invierno.

El verano es, ante todo, la revancha del pie sobre el zapato.

lunes, 20 de junio de 2011

El Juego

(A modo de experimento. Es largo, aviso. Lo digo para los que sois más de impresora)

Capítulo 1: INTRODUCCIÓN.

1.1 Descripción del juego.

Participan en el juego 60 jugadores.

Por sorteo, 30 de ellos jugarán de blanco y 30 de negro. Esto no significa la creación de dos equipos, (puesto que el objetivo del juego es individual y el entorno competitivo) sino que simplemente determina las cosas que unos y otros pueden o no pueden hacer y, en consecuencia, marca las estrategias posibles.

Durante la partida (que tiene una duración de cinco horas), los jugadores deberán fabricar aviones de papel de diseño libre. Cada avión tiene que fabricarse utilizando un folio y en la elaboración de cada uno de ellos no podrán emplearse más de dos minutos.

Para ello, cada jugador blanco recibe al comienzo un número variable de folios, nunca menos de 8 ni más de 12, aunque existen excepciones. El número exacto de folios de cada jugador blanco (así como la calidad y grosor de su lote de papel, que también es variable), es un dato que, en principio, sólo conoce (o en el segundo caso intuye) el jugador blanco correspondiente.

Los jugadores de negro no reciben papel, pero son los únicos que pueden fabricar aviones. Así pues, cada avión terminado tiene dos propietarios, uno de blanco y otro de negro. Ambos firmarán el avión para certificar su autoría.

Ningún avión puede ser probado por los jugadores hasta el final del juego.

1.2 Objetivo

Al finalizar la partida, un juez imparcial lanzará uno a uno todos los aviones y, después, trazará una línea horizontal en el suelo. Todos los aviones que queden por delante de esa marca serán ganadores y todos cuantos queden por detrás serán destruidos.

Por motivos de presupuesto del juego, el lugar concreto de trazado de la línea lo determina el resultado global en cada partida y es en consecuencia imposible para los jugadores saber de antemano si los aviones ganadores serán muchos o pocos.

Aquellos jugadores que no logren que ninguno de sus aviones se salve, serán eliminados. Los que sí lo logren, tendrán derecho a participar en la siguiente partida y recibirá la cantidad de 1.000 unidades monetarias multiplicadas por el número de aviones propios que hayan cruzado la línea.

1.3 Campo de juego.

El terreno de juego está formado por un gran patio central alrededor del que se encuentran 30 habitaciones o despachos. Cada una de ellas es asignada a un jugador blanco, aunque cualquier jugador puede entrar y salir de todas y cada una de ellas libremente.

La habitación cuenta con una mesa y dos sillas. La mesa tiene dos cajones, cuya llave custodia el jugador blanco. En un cajón guardará su lote de folios y en el otro los aviones terminados. Fuera de este ámbito, hay una sala de descanso en la que todos los jugadores, blancos y negros, deben permanecer por espacio de cinco minutos cada período de media hora, aunque cada uno puede elegir el momento que le sea más propicio durante ese período.

1.4 Otras normas.

- Puesto que para un jugador blanco es imposible, en principio, saber a priori la destreza manual de un jugador negro determinado, éstos portarán una baraja de naipes. La habilidad con que manejen las cartas supone el único indicio de su habilidad manual genérica.

- Unos vigilantes patrullan el terreno de juego. Si, en algún momento de la partida encuentran una habitación vacía, pueden forzar el cajón de los aviones y destruir todos o parte de ellos.

- Un jugador blanco puede en cualquier momento deshacer un avión terminado alisando el papel para entregarlo a otro jugador negro con el que pacte su reconstrucción cambiando la anterior firma. No estará obligado a referirle ese cambio al antiguo autor, pero este, por su parte, tendrá derecho a destruir el avión reconstruido si presencia el pacto.

- Por último, esta permitido cualquier acuerdo o alianza, tanto bilateral como multilateral, pero también se permite incumplir lo pactado, ocultar información y mentir.



Capítulo 2: TÁCTICAS Y ESTRATEGIAS.


(Extraído de “The Game: Tactics and Strategies for Black and White players” C. Wardin, 1859)

“Un primer análisis permite una aproximación básica hacia los puntos fuertes y débiles de cada color en el juego.

Parece claro que los jugadores de blanco tienen la gran ventaja inicial de ser los propietarios del papel, lo que les otorga la perspectiva de asegurarse la participación en el lanzamiento final de tantos aviones cuantos folios detenten, siempre y cuando encuentren una estrategia para salvaguardar sus unidades terminadas, lo que les hará más propensos a la conciliación y a los pactos de mutua ayuda.

Además, pueden elegir a un jugador negro que demuestre su valía (inicialmente con la baraja, luego con los primeros aviones), pero también pueden descartarlo en cualquier momento para tratar de encontrar a otro jugador más competente.

Como factor en contra, cuentan con un número menor de aviones potencialmente viables que un jugador negro y su vinculación al cuidado de los aviones es mayor, pues saben que las unidades que guardan en el cajón son siempre de su propiedad, sin ningún resquicio de duda.

Los negros, por su parte, tiene más posibilidades de completar aviones propios (potencialmente todos), pero también juegan en un entorno más competitivo y de mayor incertidumbre, lo que les hará más propensos al riesgo, la combatividad y la desconfianza. Una estrategia equivocada puede dejarles fácilmente fuera del juego, incluso teniendo sobrada capacidad técnica.

Bajo estas condiciones, los jugadores blancos tenderán más a esperar la aparición de un jugador negro razonablemente bueno, le hablaran maravillas de su papel, le exigirán amplias demostraciones de maestría y después tratarán de vincularle a la habitación: primero con la entrega de muchos folios seguidos y después por la necesidad de ambos de compartir la custodia del cajón de aviones terminados.

Para los jugadores negros es también vital acabar por vincularse a una habitación. Tenderán a presumir de pericia con las cartas, a intentar probar varios tipos de papel y, al encontrar uno conveniente, vigilarán para que sus aviones no sean cambiados, aún con la pérdida de otras oportunidades que ello conlleva…”(Op.cit. pág 25)


“Los pactos entre dos o más jugadores blancos para retener a un buen jugador de negro con la promesa de una mayor suma de folios suponen una de las más productivas estrategias, aún con el inconveniente de dejar abierta la posibilidad a la traición entre blancos, para eliminar aviones rivales.

Todo apunta, pues, a que la estrategia más estable a lo largo del tiempo supone la creación de pares estables blanco-negro, que incluyan, eventualmente, pequeñas traiciones por parte de ambos. El blanco ocultará su número exacto de folios para aprovechar algún descanso de su pareja y crear o rehacer algún otro avión con un tercero, diversificando sus posibilidades por si su compañero no era finalmente tan bueno.

Este a su vez, tenderá a aprovechar sus propios descansos alargándolos para tratar de conseguir crear algún avión en otra o en varias habitaciones.

Así las cosas, la amenaza para el negro consiste en acabar cuidando un cajón lleno de aviones ajenos, por lo que no descuidará en exceso la vigilancia, mientras que el peligro para el blanco consiste en un hipotético abandono por parte de su compañero si, en sus expediciones, encuentra a un blanco con mejor papel y se alía con él, dejando al primer socio solo para cuidar el cajón…”
(Op. cit. Pág 220)


Capítulo 3: EL JUEGO EVOLUCIONADO.

(Extraído de “Phsicology and behavior in advanced Game” de autor desconocido. 2030)

“Desde hace muchísimo tiempo, algunas características secundarias del juego han cambiado, aunque sin afectar a las reglas esenciales.

Ahora los jugadores son más numerosos, el campo de juego es de enormes proporciones y las partidas duran mucho más tiempo. Esto, unido al hecho de un inusitado avance en la pericia de los jugadores y la calidad de los folios, ha propiciado cambios en las actitudes y conductas de los participantes, aunque no en las estrategias básicas.

Estos han aprendido partida a partida (ahora se llaman “generaciones”) a neutralizar la actividad de los vigilantes (en argot “las plagas” o los “depredadores” según el lugar), por lo que, al menos en algunas zonas del campo de juego, las pérdidas y roturas de aviones son mucho menos frecuentes.

Aunque se siguen fabricando y rehaciendo aviones con profusión, a veces es sólo por divertimento y algunos jugadores terminan por guardar sólo unos pocos (porque saben que son suficientemente buenos para ganar y seguir jugando) o hasta ninguno (porque han perdido interés en el incentivo de los premios frente a la indudable carga que supone vigilar el cajón)

La enorme duración de las partidas no ha ido acompañada de un incremento en el número de folios, por lo que los jugadores tienen mucho tiempo libre que utilizan para actividades ajenas al juego, como chismorrear, modificar y adornar el terreno, inventar historias o fabricar cosas, a menudo inútiles, que después intercambian entre ellos. También esa ociosidad les ha conducido a formar grupos y clanes y no son infrecuentes los conflictos y las peleas (sobre todo propiciadas por los combativos negros) que, en ocasiones, presentan una inusitada violencia.

Olvidando que la adjudicación del uniforme es sólo fruto del azar, los jugadores de cada color tienen a veces un cierto resquemor hacia los del otro y critican sus tácticas, como si estas fueran fruto de su personalidad y no un derivado lógico de las normas que rigen la actividad. No obstante algunas asociaciones de blanco-negro acaban teniendo una cierta continuidad, pues es mucho el tiempo por llenar y se acaba estableciendo un afecto entre ellos que, al principio, suele ser arrebatado. También existen jugadores que prefieren asociarse con otros de su mismo color para jugar a las cartas o con los papeles, según los casos. Se dice que, en ocasiones, hasta algunos han logrado teñir su propio uniforme.

Por algún motivo, la construcción de aviones se ha convertido en un acto que produce vergüenza, por lo que suele realizarse a puerta cerrada y, a veces, hasta a oscuras, tal es ya la pericia de los jugadores.

Todos estos factores unidos, les han distraído del juego, separándoles del espíritu inicial y del objetivo: Demostrando una cierta prepotencia, muchos de ellos llegan a renegar de su condición de participantes y creen haber sido elegidos o destinados por los organizadores para fines más altos. Existen diversas teorías en relación a ello, pero son más las incógnitas, por lo que las palabras “Game Over” son a menudo evitadas o pronunciadas en voz baja y con un respeto reverente.

En este sentido, la figura del Juez (o jueces) encargados de lanzar los aviones es venerada en muchas zonas del terreno de juego. No tienen modo de saber que este juez es un escalón ínfimo en la escala jerárquica de la Organización, pero al ser su única referencia, han decidido sacralizarlo representándolo (puesto que nunca lo han visto) con la forma de un jugador de negro (por una imposición un tanto injusta) e imaginándolo infinitamente bondadoso para con los jugadores. Estas representaciones iconográficas llenan zonas enteras del patio central y algunas habitaciones. Algunos jugadores blancos, que no acaban de decidirse y no encuentran a tiempo a un constructor conveniente, se entretienen confeccionando vestidos de papel para estas imágenes.

Quizá para compensar, también se mitifica a una legendaria y antiquísima jugadora blanca de quien se dice que fue capaz de hacer volar un folio nuevo (purísimo y sin doblez alguno), más lejos que cualquiera.”

lunes, 3 de enero de 2011

La plaga

(Imagen: Max Sauco)

Fausto nació perverso, guapo como el demonio y haciéndose presente con berreos inútiles que nunca pudo intercambiar por consuelos, así que aprendió enseguida como sacarle partido a cada esfuerzo. Creció sin madre y con un padre que se buscaba la vida mientras se perdía las ajenas, incluida la de su molestia hecha hijo. De este modo, la prenda cambió enseguida el colegio por la calle con la ventaja de su inteligencia, su abandono y el encanto de chico apuesto que subrayaba con esos ojos azul mate que, ya por aquel entonces, te miraban a navaja.

A los nueve descuadraba las cuentas al encargado de los billares y a los doce recién cumplidos distraía carteras en el tranvía y por la Plaza Mayor y se las entregaba sin billetes a los guardias y a los transeúntes a cambio de una propina suplicada con ese gesto inocente que es sólo patrimonio de los niños pobres. En los cincuenta -ya adolescente- se acopló por la calle de la Victoria, revendiendo papel en San Isidro y aprendiendo a tasar como nadie según cartel, sabiendo de los tendidos en los que antes se amansa la sombra. Fue un reventa de los de ley, de esos que, si jabonan, nunca ponen las entradas a precio y que se comen seis filas vacías si es menester antes que cederle el paso a la deshonra. Luego vino el güisqui, el tabaco y el material de liturgia proveniente de peristas en iglesias de pueblo comandadas por párrocos con tanta ambición como incultura: todo lo que se tiene al alcance tiene precio, todo se vende, en todo hay beneficio si no se tiene miedo.

A esas alturas, tenía una docena larga de chicas por Desengaño y Gran Vía que se morían por verle un gesto de barbilla y una sonrisa. Se quedó con las de pelo claro y gen propicio y les adentraba una herramienta descomunal, caliente y dura como metal de fragua con tal tino que cada espasmo era una imposición a plazo de nueve meses, con el rédito de un querube rubiasco y hermoso que, por trescientos del ala, colocaba a las familias pudientes que no podían engendrar. A cien mil el kilo de llorón, sobre poco más o menos. El Fausto amparaba su trapicheo argumentando que devolvía el pan a quien sí tenía dientes, en una especie de acto de justicia. Justicia pagada eso sí, que, al fin el bisnes es el bisnes. Y a las jebas que le hacían de vivero, cuarenta semanas fuera de la calle a cuerpo reina, diez papeles por las molestias y tos contentos, de modo que la semilla indecente se fue propagando por los barrios bien como reguero de pólvora.

Al Fausto muerto se le encontró sin costuras y con la sangre por fuera en una bocacalle de Mesón de Paredes el día de Año Nuevo del sesenta y seis. Nada más hizo la policía desconcertada sino informar del deceso del ciudadano Fausto Molero García y archivar el papeleo. Al sereno que lo encontró, le borraron de la declaración el detalle de unas huellas como de chivo o de cabra alrededor de la masacre del cuerpo vacío, por no alimentar la leyenda.

Y al poco, cada familia plín que compró el producto tuvo su parte alícuota de la plaga, observando con aprensión al heredero, tan malo siendo tan guapo y teniéndolo todo en la vida, mientras el rorro se las apaña para desviar la vista hacia otro lado con unos ojos azul mate donde se empieza ya a atisbar un mirar agudo que tiene el mismísimo son de una navaja afilada.

lunes, 11 de octubre de 2010

Memorias de Sebastián Rovira


Mientras conducía por la vieja carretera que atravesaba el paisaje como una herida, Sebastián Rovira recordó con claridad el día en el que decidió que su infancia no había sido feliz.
Siempre acabamos inventando el pasado, a menudo los recuerdos son tan sólo un producto destilado de la imaginación. Acaso su historia no fuera muy distinta a otras y las fiebres, las disputas familiares y el oscuro cuartucho de la Hacienda donde lo relegaban los castigos, no fueran otra cosa que una selección de entre infinitas infancias cuyo balance, positivo o negativo, depende del foco con que elegimos iluminar tanta intemperie cuando ingresamos en la edad adulta.
Quizá por eso, mientras se acercaba a su destino, quiso dar otra oportunidad a su pasado antes de subirlo definitivamente al desván de la memoria y retirar la escalera: Por última vez, y tras más de cuarenta años de ausencia, Sebastián Rovira regresaba a casa.

La decisión de vender la antigua Hacienda fue más fruto del deseo de sacudirse una preocupación añadida que el de una verdadera necesidad económica. Desde hacía una eternidad, languidecía sola inútil y vacía, como el cascarón abandonado por un molusco después de una muda. Salvo el propio Sebastián, todos cuantos la habían ocupado durante décadas se encontraban ahora muertos o en paradero desconocido y el abogado local que remató la subasta, liquidó también con ella los últimos restos de una historia de cosechas, vidas y peonadas al abrigo del olor a campo y a guisos multitudinarios y remotos. A él tan sólo le restaba el trámite –casi un rito- de visitar la propiedad por ver de salvar los restos del pecio antes de que las excavadoras cumplieran con el último exterminio. Ahora, cansado, de vuelta de casi todo y en los umbrales de la vejez, disfrutaba de cada jirón de niebla que resbalaba por las laderas de un paisaje redescubierto mientras que, desde la radio del coche, Liszt llenaba de piano sus nostalgias. Una liebre cruzó sin prisa la calzada frente a él y, como si fuera una señal, comenzó a llover tenuemente. Tras la siguiente curva la casa se hizo visible y, pocos minutos después, aparcó frente al porche.

La visita no fue larga porque, por algún motivo, sintió que cometía una suerte de profanación, como si tanto tiempo transcurrido le hubiera ya desprovisto de ese derecho. La devastadora acción del tiempo, la carcoma y la suciedad le impidieron reconocer del todo los espacios que ahora le parecieron mucho más pequeños que entonces. Pero en un altillo y cubierta de polvo, encontró la maleta y, en su interior, seguía estando el equipaje con el que de niño y después de adolescente, fantaseaba con la idea de escaparse de casa. Le enterneció la arbitraria selección de elementos que fue reconociendo poco a poco. Si diez minutos antes hubiera tenido que inventariar su contenido, no hubiera sido capaz de mencionar ni uno sólo, pero ahora, al verlos, cada uno de ellos iba despejando parte de su memoria como esos sueños que se desvanecen al tratar de recordarlos al amanecer. Un reloj, una medalla, algunas fotos, billetes arrugados que dejaron de tener valor hace tiempo, algo de ropa y un viejo cuaderno escolar con unas pocas páginas escritas.

Sebastián salió entonces al porche con el cuaderno en la mano y una extraña intuición en el alma. Se sentó en el banco de piedra y empezó a leer.
Al principio le pareció una casualidad. Se trataba de una historia que debió de inventar - puede que sobre los catorce años-, cuando soñaba con convertirse en escritor: En ella, un anciano regresa en coche a su casa natal. Por el camino y entre la niebla, recuerda su infancia con una mezcla de nostalgia y desapego. Comienza a llover. Un conejo se cruza en la carretera mientras la música de un piano suena en el coche. Aparca y en la casa encuentra una maleta en cuyo interior aparece un cuaderno misterioso…
De repente, recuerda haber escrito eso, ahora sí se reconoce y puede ver claramente su mano casi infantil escribiendo, hace más de cuarenta años, el relato de lo que acaba de sucederle hace tan sólo una hora. El resto de las páginas permanece en blanco, una más de las voluntariosas iniciativas que nunca llevó a término. Lo tremendo es que no es capaz de acordarse si ese joven que era él, sabía también la continuación de la historia.

A lo peor –piensa Sebastián- esta historia interrumpida significa que ya no hay más y anuncia, pues, mi muerte inmediata. Luego lo piensa mejor y entra en la casa decidido a contravenir el destino. Busca tinta y una pluma y continúa escribiendo pausadamente en el cuaderno el relato detallado del resto de su vida, porque siempre acabamos por inventar el futuro y, con frecuencia, el porvenir no es más que el producto destilado de nuestra propia imaginación.

jueves, 22 de julio de 2010

La llave


"Confusión es una palabra inventada para indicar un orden que no se comprende"
(Henry Miller)


La llave apareció dos meses después de la muerte de Andrés, cuando Elisa decidió sabiamente desprenderse de todas sus cosas de forma radical, sin concesiones a sentimientos que entorpecieran la conquista de una realidad que ya comenzaba a quedarse atrás. Primero fue la ropa, esas camisas que ella siempre revisaba en busca de un hipotético carmín que nunca apareció. Luego le llegó el turno a los libros, a los papeles y a ese cúmulo de objetos huérfanos que siempre deja un muerto tras de sí. Todo lo que él tuvo y todo lo que él fue, se marchó para siempre por el desagüe de unas bolsas de basura que eran negras de puro fúnebres, como si el marido ausente celebrara un segundo entierro o como un sortilegio tendente a cerrar los capítulos, las puertas y los desvelos de la memoria.
Pero el descubrimiento abrió un paréntesis al olvido y un cajón del escritorio tuvo la culpa. En el fondo, muy atrás, cubierta por recibos antiguos, encontró la llave. Era pequeña, como de una caja o quizá de un candado, un sencillo objeto metálico y de apariencia inofensiva que, sin embargo, llenaría los siguientes días de Elisa como una herencia antipática e indeseada.
Una llave escondida es siempre la promesa de una cerradura remota que existe en alguna parte y, tras ella, siempre habita un secreto, el ocultamiento que Elisa siempre intuyó en la aparente serenidad de Andrés, en su impostado despiste eterno, en sus contradicciones y en sus verdades a medias. Durante semanas no paró de buscar. Contempló cualquier posibilidad, preguntó a todos cuantos le conocieron, indagó en el banco, escudriñó su ordenador, revisó las facturas…Nada. Hay quien tiene preguntas y le falta la clave para desentrañar la respuesta, pero es aún mucho peor poseer la solución y carecer a cambio de la incógnita. Por las noches, Elisa soñaba que probaba la llave en toda la ciudad, en el país, en el mundo entero; en todas las cerraduras fabricadas por el ser humano por todos los tiempos. Cuando su madre le recomendó que olvidara su obsesión ella tuvo clara la respuesta. Al final lo atrapé. Me costó, pero lo hice. Algo le pasaba a Andrés y ahora necesito saber que tanta cábala tenía una explicación.
El detective al que acudió la atendió con interés, pero le hizo una advertencia: Mire señora, si ya es difícil rastrear a un vivo, más lo es hacerlo con un difunto. Y más inútil. Déjelo estar, hágame caso.
Ni hablar, replicó Elisa. Al menos un muerto se está quieto. Si ya me es difícil asumir el presente y planear un futuro, más lo es inventarme un pasado que no fue. Usted explíqueme ese pasado, que lo demás corre de mi cuenta.

Pasaron los días y Elisa dejó de soñar, pero no de revisar el buzón a la espera de una solución para su angustia. Pero una tarde, plantada como cada día ante los cajetines verdes, tuvo una revelación mientras rebuscaba en su bolso enorme: De pronto recordó lo que le irritaba que Andrés nunca se ocupara de revisar el correo.
Entonces sacó la llave, la probó y abrió limpiamente la pequeña puerta metálica. De vuelta a casa, leyó con atención el escueto informe que encontró dentro. Con un estilo frío, casi administrativo, el detective reseñaba una vida gris e intachable: la aburrida historia de un muerto sin interés.

Esa noche, Elisa lloró y lloró, pero no supo el porqué. Mañana será otro día, se dijo.

Así que, al día siguiente, se consoló pensando que a veces el llanto no tiene motivo y que, de seguro, la culpa era del imbécil de Andrés y de sus enredos, que hasta muerto era capaz de alterarla de aquel modo.
Ahora Elisa es feliz. Siempre luchó por ser positiva. Si miras atrás, te conviertes en una estatua de sal. La llave vuelve a dormir olvidada en un cajón y, además, en estos días, le ha echado el ojo a un compañero de trabajo, cuya cara de buena persona no es capaz de ocultar al canalla que lleva dentro.

lunes, 14 de junio de 2010

Tarde de toros


(A J.M. López, por las tardes en el Nueve)

Era inevitable que la sombra de aquella tarde del 67 sobrevolara toda la conversación como una nube zaina y malaje, pero yo quería darle una larga al Chato y llegar a eso después.

La cita era en una taberna del gremio y a las cinco -como no podía ser de otro modo-llena toda ella de carteles, cabezas negras de bureles, fotos de verónicas apretadas y trasiego de vinos y aceitunas. En un rincón me espera Gerardo de la Vega “El Chato” y parece tener más indolencia que expectación ante una entrevista que llega después de tantos años. La mesa no es grande, pero la masa corpulenta del picador casi octogenario la convierte en minúscula, como el asustado vaso que sujetan sus manos enormes, rotas de campo y de bregas.

Después del trasteo, comenzamos por analizar su trayectoria y él agradece con la cabeza mi minuciosa documentación: los comienzos, las tardes de gloria y el modo de arrancar el caballo al tiempo que coloca la puya en todo lo alto del morrillo, se carga sobre el palo y sesga el caballo a la izquierda para que el toro salga por delante. Los ojos cansados se le van llenando de antiquísimas ovaciones recogidas en el tercio con el castoreño triunfal en la mano. De casta le viene al galgo: son tres las generaciones que acabarán con él, que siempre siguió soltero. Y feria va feria viene, vamos obligando al camarero que repite y se empeña con nobleza.

Avivado por los tres pares de tintos me empieza a hablar del Torero (él siempre se refiere a él así, como si no hubiera ningún otro que mereciera ostentar tal condición). Entró en su cuadrilla en el 64 y cuenta que fue entonces cuando se aficionó de veras a los toros, lo que no deja de tener gracia en alguien que ya ayudaba a apartar reses en la dehesa antes de empezar a acudir a la escuela. Con él sólo entraban los mejores y me relata con entusiasmo la apostura del que fuera su patrón tantas tardes, ese magnetismo inexplicable que da la fama y su modo de echar la pierna adelante pisando esos terrenos que no pisa nadie, haciendo arte como sin querer hacerlo, con el desmayo que no se aprende y que es sólo patrimonio de los elegidos. Todo lo tuvo en la mano y todo lo perdió por aquella mujer. Pilar se llamaba. Era la fulana de Abilio Fernández, el ganadero, que tenía un hierro de bravos en Salamanca, unos torazos encastados y tan grandes como su mala intención.

El Torero se fue detrás del guiño coqueto que le hizo ella desde el sol y se puso a la sombra de sus piernas suaves y tan largas como varas de picar sin calcular que, en este mundo de luces y capotes -como en todos, al cabo-, mandan los que mandan y que a nadie le sale gratis hurtarle la hembra a un jerifalte. El Maestro empezó a rondarla y a llevarla a la finca a pesar de los pesares del Chato, quien le advertía de una ruina cantada desde un afecto entregado e imposible.

Y así llegamos a la tarde que marcó tantos destinos. Gerardo nunca supo si el asunto estaba amañado de antes o si la sentencia fue por brindarle el primero a aquella mujer. El caso es que su segundo salió con algo en la vista que, al principio, era sólo una simple rareza en el embiste. Cuando El Chato movía al penco para colocarse en suerte ya había atropellado a un peón por ir al bulto, pero fue al pasar por el tendido de Don Abilio cuando vio en la ira expectante de su mirada la verdad: al toro le habían puesto algo en los ojos para que fuera quedándose ciego y, al llegar a la muleta, no obedeciera a engaños y que fuese el engaño de Pilar el que condenara a muerte al torero.
Y fue entonces cuando el Chato decidió la partida y descordó al toro con la puya.

Un profesional lo sabe. Hay un sitio preciso entre dos vértebras donde dejar inválido a un toro para que lo tengan que apuntillar en la plaza. Fin de la historia. Al volver al callejón entre insultos aún tuvo tiempo para volver la cabeza y ver al ganadero echando espuma por la boca y con la rabia del fracaso en la mirada. De la corrida nada más quedaron unas pocas crónicas airadas y algún recuerdo de aficionado antiguo.

El Chato sólo se llevó una multa, pero tuvo que retirarse y encontró empleo en un taller de coches de lujo, donde cambió la sangre y la pica por la grasa y el destornillador. En cuanto al torero, se fue con Pilar a Méjico y toreó una temporada más sin convencimiento hasta que otros cuernos distintos le hicieron aún más daño que las cogidas y nunca más se supo de él. Abilio Fernández se mató un par de años después en un accidente de tráfico, al regresar de un festejo en la plaza de Ronda.

Vuelve el sonido de la tasca. Lejanas comandas. Risas. Ruido. Pido la cuenta y hablo:
No voy a publicarlo, pero pude ver el atestado de la Guardia Civil. Resulta que Don Abilio se fue desmonte abajo por la curva de Los Lebrillos. Lo curioso es que no se encontraron marcas de frenado en el asfalto.
Qué faena, dice. Aún sigo preguntándome si no me estaba encajando un juego de palabras.

Le dejo unos segundos y algo de distancia. Igual fue cliente suyo, del taller, digo. Y él desparrama la vista por entre los azulejos de añil y mugre.
Cómo acordarse, concluye distraído el piquero con un hilito de voz, pasaba por allí tanta gente…

martes, 1 de junio de 2010

Un Hombre que recorre la cocina


Un Hombre recorre la cocina. Camina unos ocho pasos hasta la encimera y regresa (de nuevo son ocho pasos) hasta la puerta de servicio. Está claro que se trata de una cocina amplia. Mientras camina piensa en distintas cosas, además de ir descubriendo poco a poco aquello que le queda oculto al habitante promedio de cualquier vivienda, porque los escenarios en los que se desarrolla la mayor parte de nuestras vidas encierran detalles inadvertidos o pospuestos por otras urgencias (nunca hay tiempo para descubrir los matices e intenciones de los objetos, como los de ese cuadrito de incierto origen que quedó por siempre sujeto por una alcayata y olvidado entre el extractor y la ventana). Es pues el Hombre una especie de descubridor, un Inventor-de-lo-Siempre-Presente. Podríamos haberle llamado el Ser, el Descubridor, la Persona, qué sé yo pero, para facilitar la nomenclatura, le llamaremos el Hombre.

Aclaremos que recorrer la cocina (o comer, o dormir o lavarse) es la única actividad del Hombre, junto a la de mirar alrededor y meditar. Aquí la objeción se hace evidente ¿No trabaja, no sale a comprar, no tiene trato con otras personas? La respuesta es sencilla: Quien realiza esas actividades es otro. Otro Hombre. Tenemos, pues, dos hombres: Uno camina y piensa y el otro se corta el pelo, realiza apuntes contables ocho horas al día y compra a diario algunos comestibles en la tienda de los chinos de la esquina. A nuestros efectos sólo existe uno de ellos, el otro poco importa, ¿Qué interés podría tener un ciudadano, digamos normal?

El Hombre (el nuestro, el primero, el que recorre la cocina) desprecia la existencia del otro pero lo tolera por su innegable utilidad. Y viceversa; es más que probable que ocurra lo mismo al contrario, pero eso no lo podemos saber, ya queda explicado que queda fuera del ámbito de nuestro análisis. Es más, pudiera existir un tercer hombre que pertenece a algún club, que tiene mujer e incluso hijos... Si es así, los dos primeros desconocen ese extremo. Hasta se podría considerar la posibilidad de un cuarto y hasta un quinto hombre. ¿Quién puede saberlo?. Acaso el hecho de vivir conlleve precisamente la ignorancia (o la negación) de la existencia de otros que también somos nosotros. Vamos pues a partir de la base (es una convención como otra cualquiera) de que nuestro Hombre, salvo para dormir o realizar funciones esenciales, está siempre sólo y vive prácticamente todo el tiempo en la cocina, recorriéndola a conciencia sin que eso le haga más preso ni más libre que un explorador del Ártico, pues tantas incógnitas albergan los espacios y las almas respecto a lo lejano como lo hacen en relación a lo más próximo. Él también se pregunta a menudo cual es el motivo por el que apenas abandona ese entorno. (Tan sólo a veces, en su profunda abstracción desemboca en la penumbra de un pasillo e incluso llega a entrar en un salón de decoración algo abigarrada, mas en cuanto percibe su propio atrevimiento regresa a la tranquilidad de su hábitat y a la satisfactoria luz de los tubos fluorescentes que dan lustre a unos blanquísimos azulejos). La respuesta no es simple. Es posible que sea por miedo, un temor indeterminado a encontrarse con el otro, el que tiene una vida social y dialoga de vez en cuando con el conserje. O quizá el motivo sea distinto, algo más profundo. Acaso su devenir en ciclos de dieciséis monótonos pasos tenga precisamente como fin último descubrir esa causa. Mientras tanto dedica su pensamiento a tantos afanes que el día se hace corto. A lo mejor debiera escribir sus numerosas conclusiones, documentar sus ideas para librarlas del olvido, pero eso le es imposible porque, para hacerlo, no tendría más remedio que salir de la cocina.

Y como tampoco ve ninguna ventaja en transcender, va quemando sus pensamientos como cigarrillos, con la seguridad de que serán sustituidos por otros igual de provechosos. Existe una selección natural en las cavilaciones, semejante del todo al proceso de evolución de las especies, en virtud del cual algunas ideas mueren y otras anidan, permanecen en los bolsillos de la memoria y reaparecen una y otra vez transcurrido algún tiempo. Esos sedimentos tan masticados componen el atisbo (o el embrión) de la construcción de sus creaciones, que acaban por ser tan sólidas como estériles, tan inútiles como fragantes flores inéditas.

O puede que no sea así. Cabe la opción no del todo imposible de que el Hombre sea una especie de fábrica de introspecciones que después exporta para uso y disfrute del otro, de ese desconocido que vuelca apuntes contables durante ocho horas al día. Anochece.

Fuera, en algún lugar remoto de la casa, alguien teclea alegremente en un ordenador.