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lunes, 12 de noviembre de 2012

En defensa de los refranes

Charlando el otro día con una buena amiga, una de esas personas que te hacen recordar que conversar significa “dar vueltas juntos” (hermosísima etimología, por otra parte), salió el tema de los refranes y del poco predicamento que tienen, en general, los aforismos, las frases hechas y los proverbios entre la “gente de bien” a pesar de su gracia y de su indudable capacidad expresiva.

De regreso a casa me puse a dar vueltas al tema de forma individual, lo que no deja de ser siempre una suerte de entrenamiento del conversador vocacional, para ver de llegar a alguna conclusión, siendo como soy una especie de fan de esa sabiduría popular, tan bien construida, siempre certera y a veces gamberra, que encierran los dichos y los refranes. Por ponerme docto y parafrasear a Cervantes “se trata de verdades y que son verdades tan lindas y tan donosas, que no puede haber mentiras que se le igualen”).

Esta cita irónica que el Don Quijote pone en boca de Ginés me puso sobre la pista y a poco que me puse a “conversar” con el inefable Google descubrí dos cosas. Una, que no ha habido pueblo o grupo humano del planeta que no haya acuñado refranes y dos, que estos jamás han sido del gusto de los mandatarios, el poder civil o los intelectuales (desde Quevedo al padre Feijoo, desde Baltasar Gracián a Voltaire o a Hegel, para terminar en nuestros educadores, garantes de la corrección de lo que ha de ser un señorito o señorita que se precie). Para resumir copio las palabras de Feijoo:

“Hay muchos adagios no tan sólo falsos, sino injustos, escandalosos, desnudos de toda apariencia de fundamentos y también contradictorios unos a otros. Por consiguiente, es una necedad insigne el reconocer en los adagios la prerrogativa de evangelios breves”

Mucho se enfada el clérigo por nada. El refranero no adoctrina ni impone, es una especie de “contra ideología” que se burla hasta de sí, hasta el punto de ser el origen de una pirueta genial: “Mujer refranera, mujer puñetera”, uno de mis favoritos.

Hasta los aparentemente inocuos refranes meteorológicos sustraen inadvertidamente a los poderes establecidos, (la ciencia, la Iglesia…) de su poder adivinatorio o providencial al tomar como ciertas las mil lluvias de abril o lo que sucederá en caso de que “marzo mayé”.

Y es que los refranes, como los chistes, son el software libre del pensamiento . No son de nadie y son de todos, no se conoce al autor, no están sujetos a derechos, son contagiosos, contradictorios, persuasivos, democráticos y tienen frecuentemente la virtud de desnudar al emperador. Manifiestan, en conjunto, la certidumbre de que no existe certidumbre. Todo ello unido, les convierte en peligrosos y transgresores y no es de extrañar que tanta libertad impune haya inquietado siempre a los defensores de lo correcto. “A Dios rogando y con el mazo dando”. ¡Voto a bríos, quién se invento eso, que lo detengan, maldita sea, es buenísimo; va a correr como la pólvora!

Siempre he creído que las conductas humanas frecuentes tienen por fuerza algún sentido y que es imposible que no sea así, porque, de lo contrario, se hubieran extinguido. El gran Hernán Casciari, en su página “Orsay”, abogaba hace un tiempo por actualizar los refranes. Estoy plenamente de acuerdo. Dice y con razón que ya no existen herreros ni cuchillos de palo, que la realidad es ahora muy otra y, con su agudo sentido del humor, propone una actualización de los refranes a los tiempos que corren. Traslado algunos de sus ejemplos:

“Mujer en el chat, marido en el PizzaHut”.
“No hay mail que mil megas pese”.
“Si tu equipo la va a cagar, los sms has de bloquear”.


Por lo que se ve, los refranes y adagios seguirán a su ritmo sin que los sesudos guardianes de la verdad puedan hacer nada al respecto, porque, ahora que caigo en la cuenta, atañen siempre a la esfera privada y están provistos del blindaje del humor. Y contra eso, no hay quien pueda.

Las posibilidades son inmensas, pero me limito a una aportación propia, inspirada en una comida a la que asistí hace poco y que podría significar que las cosas con mucho prestigio no son necesariamente las más satisfactorias:

“Cuantas más “Estrellas Michelín”, más escaso es el festín”.

(Es muy malo, lo reconozco. A ver quién se atreve ahora a conversar acerca de estas conclusiones con mi amiga)

jueves, 6 de septiembre de 2012

La naturaleza de las cosas

El otro día me dispuse a preparar una cena a deshoras. Nada muy sofisticado, como puede suponerse. Entre otras cosas, saqué un tetrabrik de tomate frito que caducaba en esa misma fecha. Consulté el reloj de la cocina. Las doce menos un minuto.
Con expectación, me dediqué a mirar el envase fijamente hasta que, poco tiempo después, sucedió lo inevitable: Había caducado ante mis propios ojos.

En un preciso instante, un objeto intranscendente había modificado su naturaleza sin ningún cambio aparente, había pasado de alimento a deshecho sin solución de continuidad. Y había efectuado tan relevante tránsito sin ningún signo observable que delatara tal modificación definitiva de su esencia.

Como a todas las personas prácticas, los pensamientos inútiles ejercen sobre mí una fascinación infinita (esto, que es paradójico sólo en apariencia, tiene una explicación del todo lógica, que ofreceré algún día -por si interesa- para no internarme ahora en digresiones sobre la tesis principal).

Entonces fue cuando me acordé del libro.
Era una edición antigua de Las mil y Una Noches, de tapas de cuero y letras doradas y yo tenía que haberlo devuelto a su dueño mucho antes, mas siempre olvidaba mi deuda. Aquel día –hace ya años- dejé el libro en el mueble de la entrada para así acordarme de entregárselo a su propietario a la vuelta del trabajo. Durante la jornada, me llamaron para informarme de su muerte.
Al entrar en casa, vi que el ejemplar seguía en su sitio, algo torcido sobre el aparador, con las esquinas un poco golpeadas, tal y como yo lo había dejado.
Pero ya no era el mismo objeto, porque ahora, a diferencia de por la mañana, se trataba del libro de un muerto.

Este tipo de sucesos ocurre con frecuencia. Ese rectángulo de papel con la apuesta de la Bonoloto que descansa con indolencia en la encimera de la cocina puede transmutarse en un momento concreto para dejar de ser un simple impreso y convertirse en un millón de euros. Así, sin más. Sin alterar su estado, sin abandonar su lugar en el espacio ni modificar en absoluto su composición molecular. Un cabello, mientras permanezca unido al cráneo y en compañía de otros, puede despertar admiración y hasta inspirar a los poetas. Basta con dejarlo solo tendido en un lavabo y ya no es un cabello, es un pelo. Ha pasado de ser elogiable a producir aversión aún siendo el mismo, únicamente por una cuestión de contexto.

Y es que la materia no se crea ni se destruye, únicamente se transforma, eso lo sabe todo el mundo. El corolario es que, a veces, la materia cambia su naturaleza y su esencia sin tampoco transformarse ni un ápice.

Cualquiera de nosotros, mientras está sentado en un sillón, mientras come o toma el metro, puede convertirse en alguien traicionado o amado, en una amistad o en alguien olvidado, en un expedientado por Hacienda o en un tipo importante. Sin percibirlo. Sin cambio aparente. Sin solución de continuidad.

Así que, para no caer en el determinismo, abrí el cartón y rocié las patatas con abundante tomate. Después de cenar, guardé cuidadosamente el resguardo de la Bonoloto en un cajón y me puse a leer cierto libro que ahora, por primera vez, consideré que me pertenecía.

Enseguida, mi naturaleza se transformó en la de señor dormido.


domingo, 6 de mayo de 2012

Qwerty

Heredé la máquina de escribir de la fotografía en 1978. Yo tenía quince años y ella (ahora que lo pienso) justo la edad que tengo yo ahora. Eso quiere decir que, ya por aquella época, era una máquina vieja: Veinte kilos de hierro que me han acompañado desde entonces en mis muchas mudanzas.

Cuando puse en ella el primer folio e hice girar su rodillo pensé que las cosas habían cambiado radicalmente y para siempre: Ahora sí que era un escritor. Se acabaron esos cuadernos escolares con letra infantil y manuscrita de zurdo que, por cierto, también me han seguido en cada cambio de casa. No tenía la tecla ctrl ni alt ni esc, pero el chasquido de las teclas al golpearlas y el elegante sonido del carro al pasar de línea -anunciado por la alegre campanita- tenían un glamour muy superior a la melodía de inicio de Windows (es un suponer), porque los artefactos mecánicos siempre suenan mejor que los electrónicos aunque esto, claro está, no es más que un gusto personal.

Sin embargo, el primer día, ese paso de gigante en cuanto a tecnología que acababa de dar, lejos de inspirarme, me bloqueó y sólo acerté a escribir “hola”. Era demasiado, como si a Jose Luis López Vázquez le regalan un Iphone en los minutos iniciales de “La cabina”. Era práctica y fabulosa, pero no sabía muy bien qué hacer con ella.

Parado ante el teclado, (ante mi primera visión de un teclado) y sin nada que escribir, empecé a fijarme en las teclas: Q, W, E, R, T, Y… y en su, aparente arbitraria distribución. Tuvieron que pasar muchos años hasta que supe por qué las letras se disponen de ese modo pero, por aquel entonces (y quién sabe si también ahora) uno, a menudo, considera que las cosas son como son y no le damos más vueltas.

Lo que sí recuerdo con claridad, tanto tiempo después, es que al ver las letras (blancas sobre fondo negro) pensé que las cosas que escribiría en adelante estaban ya allí, que solamente hacía falta pulsar las teclas en el orden correcto.
En 2006, cuando ya tenía ordenador hacía tiempo, la Hispano Olivetti se había convertido en una digna jubilada que aún me sigue mirando cada mañana desde su calidad de objeto decorativo. Ahora ya no es vieja: es antigua. Fue justo entonces cuando Ocelote me animó a participar en un foro literario y, al registrarme, la página me pidió un Nick.

No me lo pensé, porque, aún ahora, sigo creyendo que, en realidad, las historias ya están en el teclado y que solamente hace falta pulsar las letras en el orden correcto.

martes, 5 de julio de 2011

Elogio de la brevedad

Muchos libros son, a veces, muy largos: exagerada e inútilmente largos.

Uf, ya queda dicho. Dejar constancia escrita de semejante herejía es, sin duda, la parte más difícil de esta entrada. Quepa en mi descargo la autoridad moral que confiere el hecho de haberme tragado volúmenes y volúmenes cuyo número de páginas ya era disuasorio aún antes de empezar a leerlos. (Hace años tenía siempre el empeño idiota de acabar todo libro que empezara, sin dejar pasar una línea. Con los años me he curado de ese hábito. Sólo Dios sabe el tiempo que me he ahorrado).

Un largometraje suele durar noventa minutos, un anuncio veinte segundos, una representación teatral en torno a dos horas, un soneto catorce versos exactos, y así con todo. Existen motivos para ello, tanto referidos a las exigencias de exhibidores, público y productores como a la costumbre o al tiempo máximo psicológico de atención, pero… ¿por qué las novelas (a ellas me refiero cuando digo “libros”) tienen una extensión tan variable? ¿Por qué nadie marcó un estándar -digamos unas trescientas páginas-, aún con las lógicas excepciones?

He llegado a sospechar que la industria editorial actúa como los pescaderos, que primero pesan la pieza entera para calcular el precio y, después, lo limpian y te entregan la parte útil con la única diferencia que, en el caso de las novelas, te entregan el exceso sin preguntar y, además, las páginas sobrantes no sirven ni siquiera para hacer un buen fumet. (Se de una obra muy conocida que incluye, junto a la historia, un manual de “bricomanía” explicando cómo construir una catedral de forma sencilla).

Por el contrario, sería ventajoso que los libreros experimentados obraran de este modo:

-¿”El clan del oso cavernario”? Excelente elección, lo acabamos de recibir, está fresco, fresco. A veinte euros. ¿Se lo limpio?
-Sí, por favor. Es para leer este verano.

Entonces y con una habilidad envidiable, el viejo librero, provisto de un cuchillo bien afilado, cortaría fragmentos de aquí y de allá y añadiría:

-¿El señor se llevará en bolsa aparte las minuciosas descripciones botánicas?
-No, muy amable, está bien así.

Y estaría bien. Aunque sólo fuera por las pobres estanterías, estaría bien.

Existe, sin embargo otra razón más sutil, pero antes de mi alegato, llamaré al estrado a dos testigos. El primer testimonio es de Borges, de quien son estas palabras:

“Desvarío laborioso y empobrecedor el de componer vastos libros; el de explayar en quinientas páginas una idea cuya perfecta exposición oral cabe en pocos minutos."

Claro. Borges no escribió una sola novela en toda su vida, únicamente poemas y relatos. ¿Cabe la posibilidad de que dijera eso por despecho? ¿Que no escribió libros extensos porque no sabía o no podía hacerlo?
Quizá nos lo aclare el segundo testigo: William Faulkner quien, aunque cultivó todos los géneros, ha pasado a la historia como uno de los mejores novelistas norteamericanos:

"Todo novelista quiere escribir poesía, descubre que no puede y a continuación intenta el cuento, y al volver a fracasar, y sólo entonces, se pone a escribir novelas."

Estoy de acuerdo. Pero, claro, hacer poesía “bien” es jugar en el patio de los mayores. No está al alcance de cualquiera.

En fin, que en literatura, como en todo, es más complicada la síntesis que la glosa y que, en los tiempos que corren, (descargas desde Internet, inmediatez, cambios en las costumbres, falta de tiempo…) más vale tomarse el tiempo de entregar el producto sin espinas.

Termino rescatando de la última novela de Montero Glez, “Pistola y cuchillo”, (una delicia de 125 páginas sin nada que le sobre o que falte), una copla de Camarón, de origen desconocido que encapsula en tan solo tres versos todo el universo de los antiguos amores rondados a través de las ventanas de Andalucía:

Una reja es una cárcel
con el carcelero dentro
y con el preso en la calle.


¿Cabe decir más con menos?

O, como dijo Juan Belmonte cuando su mozo de espadas le traslado una queja mayoritaria del público respecto a la brevedad de sus faenas, siendo estas tan perfectas: “Pues, si les ha gustado, que vengan mañana que toreo otra vez”.

domingo, 22 de mayo de 2011

Sol en Sol


Este viernes por la mañana he vuelto a Sol, de donde nunca me fui del todo. Allí nací y allí viví hasta los doce años, de modo que paseo como simpatizante pero también disfruto del sentimiento, (algo presuntuoso, por otra parte) de ser una especie de anfitrión de incógnito. Allí, en ese lugar que ahora encuentro tan distinto, aprendí a jugar con mi hermano, asistí desde un balcón a remotas nocheviejas, compré mis primeros tebeos y corrí sin motivo por última vez. Al fin y al cabo, la infancia sigue siendo por siempre la patria de uno.

Veo carteles hermosos de tan pobres. Sábanas, cartulinas y hasta folios declaran ingeniosas invenciones esculpidas por un rotulador, viejas consignas que vuelven a parecer jóvenes y muchas otras que llaman a un civismo que no dé razones a los que buscan excusas. Asisto a una indignación absolutamente digna.

Eso es lo que veo. Y además veo a personas honestas: el motor eterno de los que no se conforman, la demostración de que años de educación han conseguido que las revoluciones, mal que pese, ya no son protagonizadas por turbas sino por gente que ha logrado ser el “hazmepensar” de Europa y del mundo entero. Y entonces me siento orgulloso.
Orgulloso de mi país, de mi ciudad y de “mi” plaza.

(Por encima del estrépito, Carlos III parece sonreír desde su caballo. Creo que le gusta ver todo esto y que suscribiría muchas de las demandas. El Oso, por su parte –desplazado de su ubicación por decisión municipal- araña con fuerza el madroño de bronce y lamenta perder su protagonismo en el evento. Los mamelucos de hoy en día no se acaban de enterar de que están cargando de nuevo contra ellos, pero esta vez sin cuchillos ni lanzas)

Un chico al que pregunto dónde puedo firmar mi apoyo me acompaña hasta una mesa de camping haciendo zigzag entre la gente. No me indica, me acompaña. Por el camino le pregunto cosas y me cuenta. Muchos tertulianos profesionales carecen de su criterio y mesura. En la mesa de adhesiones me precede una pareja de jubilados. Son franceses. Dicen algo ininteligible, firman y se van sonriendo cogidos de la mano. Es entonces cuando me sale la vena literaria y fantaseo con la posibilidad, no del todo descartable, de que esta pareja fundara su amor en otro mayo lejano, allá por el 68, cuando yo empezaba a caminar torpemente por la Puerta del Sol de la mano de mi padre. De ahí la ternura de su firma compartida, de ahí su arrebato solidario. De ahí su sonrisa cómplice.

Nadie sabe aún cuándo y cómo acabará toda esta hermosa lección. Que nos quiten lo bailao. Yo, por mi parte, mientras remontaba la calle de Alcalá con mi sensación de dignidad y mis recuerdos, no pude por menos que pensar en las historias individuales que se derivarán de esta situación colectiva. Y en cuántas amistades inquebrantables y amores incondicionales se estarán fraguando en estos días sobre el fondo de ese escenario soleado de tiendas de campaña, toldos y viejas sillitas plegables.

Hoy hay elecciones. Yo ya tengo la mía.

(He vuelto. Mañana me pongo al día en las muchas cosas que tengo que comentaros, Sinu, Ocelote, Muufi, Willows, C y compañía. Pero esto era urgente hoy)

domingo, 31 de octubre de 2010

Dinero y lenguaje


Ayer por la mañana y por causas que no vienen al caso, me dediqué a listar en un papel todas las denominaciones coloquiales que conocía (por emplearlas alguna vez o, al menos, por haberlas oído utilizar) para referirse al dinero. Pronto conseguí esta relación:

Perras, parné, tela, guita, jalleres, pelas, pasta, jurdó, panoja, cuartos, chota, peculio, manteca y viruta.
Animado por el resultado, amplié la búsqueda a verbos que significaran “pagar” (Aflojar, apoquinar, echarse, estirarse, soltar la mosca, aforar) y expresiones para “no tener dinero” (estar sin cinco, seco, sin blanca, a dos velas, no albiyelar y estar tieso).
Después, para ser más específico, anoté las denominaciones para las distintas monedas y billetes y encontré que siempre eran para las pesetas: Así, para una peseta (Rubia, pela, leandra, cuca, cala), para cinco pesetas (duro, guil, pavo, pelote), para veinticinco (Cangrejo, cangri), cien (Libra), y mil (verde, saco, talego, machacante, sábana y boniato).

Cuando entró el Euro, en 2001, pensé en lo poco que tardaría la imaginación popular en inventar nuevos hallazgos verbales para apodar a las flamantes monedas y billetes que al principio tantos quebraderos de cabeza nos causaron. Un vez más fallé en la profecía. Han pasado casi diez años y siguen siendo tan sólo…euros. Puede que sea por la extensión del pago electrónico, porque ya no estamos tanto en la calle o porque estos años de cómodo y soso bienestar han restado importancia a un elemento que no nos era tan escaso como a las generaciones precedentes. El lenguaje, sobre todo el de la calle, que es un termómetro de las sociedades, restó importancia al dinero y rehuyó el ingenio de renombrarlo.

Y ahí va mi tesis: Esta crisis no ha sido causada por las subprime, ni por burbujas, ni por la globalización de mercados ni por complejas teorías macroeconómicas.

El dinero se ha ido, como una amante despechada, porque hemos perdido la imaginación para nombrarlo.

viernes, 17 de septiembre de 2010

Aficiones compartidas


Esta imagen reúne todos los ingredientes: tiene gracia, es inspiradora y encierra de seguro una historia, además de plantear algunos misterios.

Empecemos por esto último: ¿Qué estaba fotografiando la señora? Y sobre todo –esto me quema- ¿Qué hay en el interior de la bolsa? (Porque la bolsa es de ellos, seguro, pues tiene pinta de abandono provisional y cercano). Pero: ¿Qué contiene? ¿La cena? ¿Unas compras? ¿Un collarín preventivo?

Nunca lo sabremos, así que centrémonos en la historia.

Es obvio que no es la primera vez que el niño pasa por ese trance. Lo dice su cara de infinita resignación, lo dice su posición en puntillas para evitar un seguro ahorcamiento Nos habla, por último, su mano, que es mano de amor filial pero también de recuerdo y aviso de su presencia, para evitar las consecuencias de un giro inesperado ante otro posible estímulo merecedor de ser inmortalizado. La postura de ella es impecable, por otro lado. Es postura de fotógrafa avezada y vocacional. Está disfrutando.

Pero él no.

Esto nos lleva al final: Es más que probable que esta madre considere, después, que ambos han compartido una tarde feliz haciendo fotos, que su hijo tiene madera, que algún día ganará un Pulitzer o exhibirá su obra en una galería famosa. Que heredó la vocación al fin, no como el mayor, todo el día con la consola. El niño (lo dice su rostro) querrá que le quieran, como es lógico. Ganará un día en la escuela un concurso menor, que sus padres atribuirán a la genética de su afición y a sus propios desvelos e influencias. Será, pues, un premio compartido.

Y un día, -un lejano y glorioso día-, el chico crecerá y se hará serigrafiar esta imagen en una camiseta, sobre un texto que diga:

“¿Sabes qué, mamá? Nunca me gustó sacar fotografías.”

Se pueden vender montañas de camisetas. Basta cambiar el final por: pescar, jugar al ajedrez, leer, hacer deporte, coleccionar sellos, etc. Seguro que se podría encontrar una imagen para cada afición “compartida”.
Pero yo siempre fui mejor para inventar negocios que para llevarlos a cabo.

Lo pone en mi camiseta.

lunes, 16 de agosto de 2010

Trenes


Si la vida es un viaje, entonces la felicidad tiene dos paradas.
La primera es la de una existencia simple, sin inquietudes, sin ambición; cercana al aturdimiento. Si no te bajas en ese apeadero, el siguiente es el de la de la sabiduría, pero está tan lejos y se hace tan incómodo el trayecto que casi todos nos quedamos por el camino, en estaciones intermedias, criticando a los que se bajaron demasiado pronto con el mismo afán que a los que siguen empecinados con el infame traqueteo.
Y mientras, en los andenes, llenos de purita envidia, charlamos con otros viajeros y mantenemos con ellos conversaciones pretenciosas: ¡Qué bonito el paisaje! ¡Buen momento de llegar! ¡Qué suerte tuve al encontrarte!

Pero, de tanto en tanto, notamos como los ojos se nos llenan de carbonilla.

domingo, 27 de junio de 2010

En segundo plano


Cada una de las fotografías que conservamos en antiguos álbumes desde la infancia, están plagadas de personajes inciertos que transitan en segundo plano. Ellos ignoran que, mientras viven y envejecen, su imagen estática amarillea en un polvoriento cajón, en una caja de hojalata o en el trastero de alguien al que nunca conocieron.

Por eso, hace tiempo que tengo la sospecha de que mi imagen habita en algún domicilio de Tokio, paseando con mis padres por la Plaza Mayor, por detrás de una pareja de japoneses sonrientes.
Pero la prueba de todo esto la encontré hace poco:

Alex y Donna revisan viejas fotografías antes de su boda. En una de ellas, ella posa a los cinco años con sus hermanos en el parque Disney de Orlando, junto a Smee, el personaje de Peter Pan.
Entonces, Alex reconoce a su padre al fondo, vestido de oscuro, llevando el carrito de un niño. Ese niño es él. Han pasado veinte años, pero en el preciso momento que recoge la instantánea estaban a menos de cinco metros.
Y ahora ya no sé si abrir el cajón de las fotos, porque temo y deseo encontrarme con alguno de vosotros. Con trenzas o pantalón corto, qué se yo.

Allí, en segundo plano, pero retratados juntos para siempre.

(La fuente: http://www.wxii12.com/video/23827571/index.html)

domingo, 20 de junio de 2010

Gracias, Agatha



Al principio los libros eran islotes que, debidamente dispuestos por el suelo, me permitían atravesar el Océano del salón sin mojarme. Colocados en filas (ni tan distantes que me impidieran saltar de uno a otro ni tan cercanos que facilitaran en exceso la aventura), se convertían en una compleja red viaria con senderos, bifurcaciones e itinerarios. Este rojo y gordo de allí inicia el camino hacia el pasillo; aquel otro –ese desvencijado y encuadernado en piel-, marca el desvío que conduce a mi habitación. Este uso primigenio de los libros terminó el día en que mis padres regresaron antes de que pudiera recoger los archipiélagos y devolverlos a su lugar preciso en las serias estanterías de madera pero, sin duda, marcó el inicio de una historia de afectos que continúa hasta hoy.

Sin la posibilidad de continuar el juego y purgando mi falta con un castigo incierto que ya he olvidado, había llegado, sin embargo, a un hondo conocimiento de todos los volúmenes de la biblioteca, hasta el punto de conocer casi cada uno de ellos por sus características relacionadas con el tamaño, el diseño de las portadas, el color y hasta el olor de sus páginas, mas no me había sido aún concedida la habilidad para, además, leer su contenido o al menos su título. Yo intuía que algo más había en ellos, porque veía a mi madre abrirlos y mirarlos por dentro con una concentración casi mística y del todo excluyente, así que cuando me informé de que los libros (por dentro) contaban historias no pude evitar arriesgarme a una nueva condena y me encaramé a un estante con determinación, pues sabía exactamente dónde encontrar al protagonista de mis sueños.

No era grande ni bonito, no tenía la contundencia de un diccionario ni la gracia repetitiva de las colecciones. Era sólo eso: un libro en rústica muy usado.
Pero la portada era sensacional: En ella, sobre el fondo verde oscuro donde se adivinaba una partitura, se podía ver una jeringuilla, piedras preciosas y unas salpicaduras de sangre reseca. ¿Puede haber algo más atractivo para la imaginación de un niño? Se llamaba “Asesinato en la calle Hickory” y yo necesitaba saber lo que decía.

Aghata Christie fue, pues, la causa por la que quise aprender a leer y aquella vieja portada sigue siendo, en el fondo, la inspiración de todo cuanto he escrito desde entonces.

domingo, 6 de junio de 2010

Joe Black


Resulta inquietante, ya de por sí, esa especie de lotería consistente en que, de entre tantos miles de espectadores, un bate vaya a impactar directamente en tu rostro y que medio mundo constate tu mala suerte y pueda ver tu cara maleable y doblegada.

Intriga también el porqué de entre todos, el destinatario del golpe es el único que no se defiende. Bueno, él y esa niña cuya edad le impide temer el golpe. (Ella cree que puede recogerlo, hubiera querido para sí tal fortuna).

Pero lo que verdaderamente asusta de la imagen es el tipo de arriba, el que va vestido de negro con un ribete blanco en el cuello que le hace parecer un clérigo.
Si se repara en él, en su impasible gesto y en su media sonrisa, se aprecia que parece saber desde el principio lo que iba a suceder, por eso no se inmuta.

Y por eso buscó un asiento cercano al tipo de verde: Para asistir de cerca a su desgracia que, por algún motivo inexplicable, conocía ya de antemano.