lunes, 20 de junio de 2011

El Juego

(A modo de experimento. Es largo, aviso. Lo digo para los que sois más de impresora)

Capítulo 1: INTRODUCCIÓN.

1.1 Descripción del juego.

Participan en el juego 60 jugadores.

Por sorteo, 30 de ellos jugarán de blanco y 30 de negro. Esto no significa la creación de dos equipos, (puesto que el objetivo del juego es individual y el entorno competitivo) sino que simplemente determina las cosas que unos y otros pueden o no pueden hacer y, en consecuencia, marca las estrategias posibles.

Durante la partida (que tiene una duración de cinco horas), los jugadores deberán fabricar aviones de papel de diseño libre. Cada avión tiene que fabricarse utilizando un folio y en la elaboración de cada uno de ellos no podrán emplearse más de dos minutos.

Para ello, cada jugador blanco recibe al comienzo un número variable de folios, nunca menos de 8 ni más de 12, aunque existen excepciones. El número exacto de folios de cada jugador blanco (así como la calidad y grosor de su lote de papel, que también es variable), es un dato que, en principio, sólo conoce (o en el segundo caso intuye) el jugador blanco correspondiente.

Los jugadores de negro no reciben papel, pero son los únicos que pueden fabricar aviones. Así pues, cada avión terminado tiene dos propietarios, uno de blanco y otro de negro. Ambos firmarán el avión para certificar su autoría.

Ningún avión puede ser probado por los jugadores hasta el final del juego.

1.2 Objetivo

Al finalizar la partida, un juez imparcial lanzará uno a uno todos los aviones y, después, trazará una línea horizontal en el suelo. Todos los aviones que queden por delante de esa marca serán ganadores y todos cuantos queden por detrás serán destruidos.

Por motivos de presupuesto del juego, el lugar concreto de trazado de la línea lo determina el resultado global en cada partida y es en consecuencia imposible para los jugadores saber de antemano si los aviones ganadores serán muchos o pocos.

Aquellos jugadores que no logren que ninguno de sus aviones se salve, serán eliminados. Los que sí lo logren, tendrán derecho a participar en la siguiente partida y recibirá la cantidad de 1.000 unidades monetarias multiplicadas por el número de aviones propios que hayan cruzado la línea.

1.3 Campo de juego.

El terreno de juego está formado por un gran patio central alrededor del que se encuentran 30 habitaciones o despachos. Cada una de ellas es asignada a un jugador blanco, aunque cualquier jugador puede entrar y salir de todas y cada una de ellas libremente.

La habitación cuenta con una mesa y dos sillas. La mesa tiene dos cajones, cuya llave custodia el jugador blanco. En un cajón guardará su lote de folios y en el otro los aviones terminados. Fuera de este ámbito, hay una sala de descanso en la que todos los jugadores, blancos y negros, deben permanecer por espacio de cinco minutos cada período de media hora, aunque cada uno puede elegir el momento que le sea más propicio durante ese período.

1.4 Otras normas.

- Puesto que para un jugador blanco es imposible, en principio, saber a priori la destreza manual de un jugador negro determinado, éstos portarán una baraja de naipes. La habilidad con que manejen las cartas supone el único indicio de su habilidad manual genérica.

- Unos vigilantes patrullan el terreno de juego. Si, en algún momento de la partida encuentran una habitación vacía, pueden forzar el cajón de los aviones y destruir todos o parte de ellos.

- Un jugador blanco puede en cualquier momento deshacer un avión terminado alisando el papel para entregarlo a otro jugador negro con el que pacte su reconstrucción cambiando la anterior firma. No estará obligado a referirle ese cambio al antiguo autor, pero este, por su parte, tendrá derecho a destruir el avión reconstruido si presencia el pacto.

- Por último, esta permitido cualquier acuerdo o alianza, tanto bilateral como multilateral, pero también se permite incumplir lo pactado, ocultar información y mentir.



Capítulo 2: TÁCTICAS Y ESTRATEGIAS.


(Extraído de “The Game: Tactics and Strategies for Black and White players” C. Wardin, 1859)

“Un primer análisis permite una aproximación básica hacia los puntos fuertes y débiles de cada color en el juego.

Parece claro que los jugadores de blanco tienen la gran ventaja inicial de ser los propietarios del papel, lo que les otorga la perspectiva de asegurarse la participación en el lanzamiento final de tantos aviones cuantos folios detenten, siempre y cuando encuentren una estrategia para salvaguardar sus unidades terminadas, lo que les hará más propensos a la conciliación y a los pactos de mutua ayuda.

Además, pueden elegir a un jugador negro que demuestre su valía (inicialmente con la baraja, luego con los primeros aviones), pero también pueden descartarlo en cualquier momento para tratar de encontrar a otro jugador más competente.

Como factor en contra, cuentan con un número menor de aviones potencialmente viables que un jugador negro y su vinculación al cuidado de los aviones es mayor, pues saben que las unidades que guardan en el cajón son siempre de su propiedad, sin ningún resquicio de duda.

Los negros, por su parte, tiene más posibilidades de completar aviones propios (potencialmente todos), pero también juegan en un entorno más competitivo y de mayor incertidumbre, lo que les hará más propensos al riesgo, la combatividad y la desconfianza. Una estrategia equivocada puede dejarles fácilmente fuera del juego, incluso teniendo sobrada capacidad técnica.

Bajo estas condiciones, los jugadores blancos tenderán más a esperar la aparición de un jugador negro razonablemente bueno, le hablaran maravillas de su papel, le exigirán amplias demostraciones de maestría y después tratarán de vincularle a la habitación: primero con la entrega de muchos folios seguidos y después por la necesidad de ambos de compartir la custodia del cajón de aviones terminados.

Para los jugadores negros es también vital acabar por vincularse a una habitación. Tenderán a presumir de pericia con las cartas, a intentar probar varios tipos de papel y, al encontrar uno conveniente, vigilarán para que sus aviones no sean cambiados, aún con la pérdida de otras oportunidades que ello conlleva…”(Op.cit. pág 25)


“Los pactos entre dos o más jugadores blancos para retener a un buen jugador de negro con la promesa de una mayor suma de folios suponen una de las más productivas estrategias, aún con el inconveniente de dejar abierta la posibilidad a la traición entre blancos, para eliminar aviones rivales.

Todo apunta, pues, a que la estrategia más estable a lo largo del tiempo supone la creación de pares estables blanco-negro, que incluyan, eventualmente, pequeñas traiciones por parte de ambos. El blanco ocultará su número exacto de folios para aprovechar algún descanso de su pareja y crear o rehacer algún otro avión con un tercero, diversificando sus posibilidades por si su compañero no era finalmente tan bueno.

Este a su vez, tenderá a aprovechar sus propios descansos alargándolos para tratar de conseguir crear algún avión en otra o en varias habitaciones.

Así las cosas, la amenaza para el negro consiste en acabar cuidando un cajón lleno de aviones ajenos, por lo que no descuidará en exceso la vigilancia, mientras que el peligro para el blanco consiste en un hipotético abandono por parte de su compañero si, en sus expediciones, encuentra a un blanco con mejor papel y se alía con él, dejando al primer socio solo para cuidar el cajón…”
(Op. cit. Pág 220)


Capítulo 3: EL JUEGO EVOLUCIONADO.

(Extraído de “Phsicology and behavior in advanced Game” de autor desconocido. 2030)

“Desde hace muchísimo tiempo, algunas características secundarias del juego han cambiado, aunque sin afectar a las reglas esenciales.

Ahora los jugadores son más numerosos, el campo de juego es de enormes proporciones y las partidas duran mucho más tiempo. Esto, unido al hecho de un inusitado avance en la pericia de los jugadores y la calidad de los folios, ha propiciado cambios en las actitudes y conductas de los participantes, aunque no en las estrategias básicas.

Estos han aprendido partida a partida (ahora se llaman “generaciones”) a neutralizar la actividad de los vigilantes (en argot “las plagas” o los “depredadores” según el lugar), por lo que, al menos en algunas zonas del campo de juego, las pérdidas y roturas de aviones son mucho menos frecuentes.

Aunque se siguen fabricando y rehaciendo aviones con profusión, a veces es sólo por divertimento y algunos jugadores terminan por guardar sólo unos pocos (porque saben que son suficientemente buenos para ganar y seguir jugando) o hasta ninguno (porque han perdido interés en el incentivo de los premios frente a la indudable carga que supone vigilar el cajón)

La enorme duración de las partidas no ha ido acompañada de un incremento en el número de folios, por lo que los jugadores tienen mucho tiempo libre que utilizan para actividades ajenas al juego, como chismorrear, modificar y adornar el terreno, inventar historias o fabricar cosas, a menudo inútiles, que después intercambian entre ellos. También esa ociosidad les ha conducido a formar grupos y clanes y no son infrecuentes los conflictos y las peleas (sobre todo propiciadas por los combativos negros) que, en ocasiones, presentan una inusitada violencia.

Olvidando que la adjudicación del uniforme es sólo fruto del azar, los jugadores de cada color tienen a veces un cierto resquemor hacia los del otro y critican sus tácticas, como si estas fueran fruto de su personalidad y no un derivado lógico de las normas que rigen la actividad. No obstante algunas asociaciones de blanco-negro acaban teniendo una cierta continuidad, pues es mucho el tiempo por llenar y se acaba estableciendo un afecto entre ellos que, al principio, suele ser arrebatado. También existen jugadores que prefieren asociarse con otros de su mismo color para jugar a las cartas o con los papeles, según los casos. Se dice que, en ocasiones, hasta algunos han logrado teñir su propio uniforme.

Por algún motivo, la construcción de aviones se ha convertido en un acto que produce vergüenza, por lo que suele realizarse a puerta cerrada y, a veces, hasta a oscuras, tal es ya la pericia de los jugadores.

Todos estos factores unidos, les han distraído del juego, separándoles del espíritu inicial y del objetivo: Demostrando una cierta prepotencia, muchos de ellos llegan a renegar de su condición de participantes y creen haber sido elegidos o destinados por los organizadores para fines más altos. Existen diversas teorías en relación a ello, pero son más las incógnitas, por lo que las palabras “Game Over” son a menudo evitadas o pronunciadas en voz baja y con un respeto reverente.

En este sentido, la figura del Juez (o jueces) encargados de lanzar los aviones es venerada en muchas zonas del terreno de juego. No tienen modo de saber que este juez es un escalón ínfimo en la escala jerárquica de la Organización, pero al ser su única referencia, han decidido sacralizarlo representándolo (puesto que nunca lo han visto) con la forma de un jugador de negro (por una imposición un tanto injusta) e imaginándolo infinitamente bondadoso para con los jugadores. Estas representaciones iconográficas llenan zonas enteras del patio central y algunas habitaciones. Algunos jugadores blancos, que no acaban de decidirse y no encuentran a tiempo a un constructor conveniente, se entretienen confeccionando vestidos de papel para estas imágenes.

Quizá para compensar, también se mitifica a una legendaria y antiquísima jugadora blanca de quien se dice que fue capaz de hacer volar un folio nuevo (purísimo y sin doblez alguno), más lejos que cualquiera.”

jueves, 2 de junio de 2011

Lo nunca visto


(Publicado en el "cafedeartistas", la verdad es que no sé cuando)

Nació entre brezos, bajo lunas encantadas. No la quiso el destino en macetas ni arriates, fue flor corsaria.
Baños de luz y de agua educaron su rostro perfecto, inédito milagro. Hubiera preferido para sí un fin más alto: reventar una solapa, dejar secar su belleza entre las páginas de un libro... o mejor aún: ser el oráculo de un amor incierto.
Pero creció remota y oculta, con la incesante disciplina de un espejo reflejando la habitación cuando ya nos hemos ido: fue inútil empeño, carta extraviada, beso sin boca.
Pasaron los días –toda una vida- y languideció añorando esos ojos que nunca la vieron. (Hasta los insectos desconfiaron de tan cabal geometría).

Vivió.

Y un atardecer, un soplo de brisa esparció sus últimos restos ensangrentados por el aire, que, bien visto, es la sustancia por la que transitan todas las miradas.

domingo, 22 de mayo de 2011

Sol en Sol


Este viernes por la mañana he vuelto a Sol, de donde nunca me fui del todo. Allí nací y allí viví hasta los doce años, de modo que paseo como simpatizante pero también disfruto del sentimiento, (algo presuntuoso, por otra parte) de ser una especie de anfitrión de incógnito. Allí, en ese lugar que ahora encuentro tan distinto, aprendí a jugar con mi hermano, asistí desde un balcón a remotas nocheviejas, compré mis primeros tebeos y corrí sin motivo por última vez. Al fin y al cabo, la infancia sigue siendo por siempre la patria de uno.

Veo carteles hermosos de tan pobres. Sábanas, cartulinas y hasta folios declaran ingeniosas invenciones esculpidas por un rotulador, viejas consignas que vuelven a parecer jóvenes y muchas otras que llaman a un civismo que no dé razones a los que buscan excusas. Asisto a una indignación absolutamente digna.

Eso es lo que veo. Y además veo a personas honestas: el motor eterno de los que no se conforman, la demostración de que años de educación han conseguido que las revoluciones, mal que pese, ya no son protagonizadas por turbas sino por gente que ha logrado ser el “hazmepensar” de Europa y del mundo entero. Y entonces me siento orgulloso.
Orgulloso de mi país, de mi ciudad y de “mi” plaza.

(Por encima del estrépito, Carlos III parece sonreír desde su caballo. Creo que le gusta ver todo esto y que suscribiría muchas de las demandas. El Oso, por su parte –desplazado de su ubicación por decisión municipal- araña con fuerza el madroño de bronce y lamenta perder su protagonismo en el evento. Los mamelucos de hoy en día no se acaban de enterar de que están cargando de nuevo contra ellos, pero esta vez sin cuchillos ni lanzas)

Un chico al que pregunto dónde puedo firmar mi apoyo me acompaña hasta una mesa de camping haciendo zigzag entre la gente. No me indica, me acompaña. Por el camino le pregunto cosas y me cuenta. Muchos tertulianos profesionales carecen de su criterio y mesura. En la mesa de adhesiones me precede una pareja de jubilados. Son franceses. Dicen algo ininteligible, firman y se van sonriendo cogidos de la mano. Es entonces cuando me sale la vena literaria y fantaseo con la posibilidad, no del todo descartable, de que esta pareja fundara su amor en otro mayo lejano, allá por el 68, cuando yo empezaba a caminar torpemente por la Puerta del Sol de la mano de mi padre. De ahí la ternura de su firma compartida, de ahí su arrebato solidario. De ahí su sonrisa cómplice.

Nadie sabe aún cuándo y cómo acabará toda esta hermosa lección. Que nos quiten lo bailao. Yo, por mi parte, mientras remontaba la calle de Alcalá con mi sensación de dignidad y mis recuerdos, no pude por menos que pensar en las historias individuales que se derivarán de esta situación colectiva. Y en cuántas amistades inquebrantables y amores incondicionales se estarán fraguando en estos días sobre el fondo de ese escenario soleado de tiendas de campaña, toldos y viejas sillitas plegables.

Hoy hay elecciones. Yo ya tengo la mía.

(He vuelto. Mañana me pongo al día en las muchas cosas que tengo que comentaros, Sinu, Ocelote, Muufi, Willows, C y compañía. Pero esto era urgente hoy)

lunes, 3 de enero de 2011

La plaga

(Imagen: Max Sauco)

Fausto nació perverso, guapo como el demonio y haciéndose presente con berreos inútiles que nunca pudo intercambiar por consuelos, así que aprendió enseguida como sacarle partido a cada esfuerzo. Creció sin madre y con un padre que se buscaba la vida mientras se perdía las ajenas, incluida la de su molestia hecha hijo. De este modo, la prenda cambió enseguida el colegio por la calle con la ventaja de su inteligencia, su abandono y el encanto de chico apuesto que subrayaba con esos ojos azul mate que, ya por aquel entonces, te miraban a navaja.

A los nueve descuadraba las cuentas al encargado de los billares y a los doce recién cumplidos distraía carteras en el tranvía y por la Plaza Mayor y se las entregaba sin billetes a los guardias y a los transeúntes a cambio de una propina suplicada con ese gesto inocente que es sólo patrimonio de los niños pobres. En los cincuenta -ya adolescente- se acopló por la calle de la Victoria, revendiendo papel en San Isidro y aprendiendo a tasar como nadie según cartel, sabiendo de los tendidos en los que antes se amansa la sombra. Fue un reventa de los de ley, de esos que, si jabonan, nunca ponen las entradas a precio y que se comen seis filas vacías si es menester antes que cederle el paso a la deshonra. Luego vino el güisqui, el tabaco y el material de liturgia proveniente de peristas en iglesias de pueblo comandadas por párrocos con tanta ambición como incultura: todo lo que se tiene al alcance tiene precio, todo se vende, en todo hay beneficio si no se tiene miedo.

A esas alturas, tenía una docena larga de chicas por Desengaño y Gran Vía que se morían por verle un gesto de barbilla y una sonrisa. Se quedó con las de pelo claro y gen propicio y les adentraba una herramienta descomunal, caliente y dura como metal de fragua con tal tino que cada espasmo era una imposición a plazo de nueve meses, con el rédito de un querube rubiasco y hermoso que, por trescientos del ala, colocaba a las familias pudientes que no podían engendrar. A cien mil el kilo de llorón, sobre poco más o menos. El Fausto amparaba su trapicheo argumentando que devolvía el pan a quien sí tenía dientes, en una especie de acto de justicia. Justicia pagada eso sí, que, al fin el bisnes es el bisnes. Y a las jebas que le hacían de vivero, cuarenta semanas fuera de la calle a cuerpo reina, diez papeles por las molestias y tos contentos, de modo que la semilla indecente se fue propagando por los barrios bien como reguero de pólvora.

Al Fausto muerto se le encontró sin costuras y con la sangre por fuera en una bocacalle de Mesón de Paredes el día de Año Nuevo del sesenta y seis. Nada más hizo la policía desconcertada sino informar del deceso del ciudadano Fausto Molero García y archivar el papeleo. Al sereno que lo encontró, le borraron de la declaración el detalle de unas huellas como de chivo o de cabra alrededor de la masacre del cuerpo vacío, por no alimentar la leyenda.

Y al poco, cada familia plín que compró el producto tuvo su parte alícuota de la plaga, observando con aprensión al heredero, tan malo siendo tan guapo y teniéndolo todo en la vida, mientras el rorro se las apaña para desviar la vista hacia otro lado con unos ojos azul mate donde se empieza ya a atisbar un mirar agudo que tiene el mismísimo son de una navaja afilada.

sábado, 13 de noviembre de 2010

Paseos puntuados con Míster Dot



Cuando empecé a pasear con Mister Dot pensé que era la suya una curiosa forma de caminar, un poco “a la española”, con paradas frecuentes y repentinas, gestos elocuentes y constantes agarrones del brazo. Algún tiempo después vislumbré que todo ello respondía a un sistema, pero sólo más tarde descubrí los códigos inmutables que regían su charla y su conducta, o mejor dicho, que aunaban discurso y comportamiento dotando a ambos de un sorprendente sentido global. Era así que las exclamaciones las expresaba con los hombros levantados, una pausa leve en sus pasos enmarcaba una digresión, una larga daba lugar a otra idea o sentido y, cuando cambiaba de tema, cruzábamos la calle callados, como si recorriéramos un doble interlineado de asfalto. Después, tras dos largos pasos silentes de elegante sangría inglesa, retomaba la palabra y comenzábamos otro párrafo.

No cabía duda de que Míster Dot puntuaba la conversación.

Y eran paseos románticos y gramaticales, rondas sintácticas y pautadas por calles que eran ríos y, además, líneas de texto, como si escribiera con su tránsito la novela de su vida enamorada o como si eludiera la obligación de escribir a través de una literatura oralmente escrita -o escritamente oral-, que era, pues, efímera y, por tanto, más bella o más libre, abriendo luces de significado e inaugurando metáforas a cada tres o cuatro portales o comercios, como tubos fluorescentes que se fueran encendiendo a nuestro paso. Coma, punto. Punto y coma; pararse y avanzar. Y, como cada signo de puntuación tenía su gesto o su pausa (siempre el mismo, sin equivocarse jamás, con una exacta y hermosa precisión), para escuchar su obra en toda su extensión, para apreciar los distintos matices, se hacía necesario mirarlo.

Fue así como, leyendo nuestras charlas, me enteré de su historia de amor triste y grande como pocas (o como todas –insistía él- abriendo y cerrando un paréntesis mediante dos tenues golpes en mi hombro con el dorso de la mano).
Se trataba de Elsa, de la que nunca supe si existía de verdad o si era la excusa de Dot para llenar las manzanas y los barrios en blanco que aguardaban nuestro caminar errático. Ella estaba casada y vivía lejos, pero le enviaba unas cartas arrebatadas que contenían los más inspirados versos de amor jamás escritos; cartas que, caso de conocerse, harían empequeñecer al mismísimo Petrarca… si no fuera porque Elsa, la bella y sensible Elsa, no puntuaba nunca sus escritos. En años de relación epistolar nunca había usado un punto, una coma o una mísera tilde. Ese extremo, lejos de molestar a Dot, representaba para él una muestra más de la genialidad de ella. ¿Por qué habría de molestarme? (el signo de interrogación era uno de mis favoritos y consistía en un gracioso arabesco en el aire dibujado con la contera del bastón). Las aprendo de memoria y luego las recito recorriendo el pasillo.
Nunca se ha visto mayor ejemplo de la colaboración del lector, de su parte alícuota de creatividad, de su contribución a lo escrito por otros.

Unos días más tarde (o unas páginas, o unas calles, es lo mismo), Míster Dot me habló de sus dotes de vidente, dando un interesante giro a su historia lo que, en consecuencia, nos supuso dar también un giro a una glorieta donde prosperaban los lirios en anuncio de la primavera. La noticia (el capítulo) no me pilló de sorpresa, pues andaba yo desde tiempo atrás cavilando acerca del motivo por el que Dot y yo nos encontrábamos casi cada día y en distintos lugares sin citas ni premeditación, sólo porque sí, con una naturalidad indebida y algo falsa a la que yo no había podido –o querido- dar explicación, pendiente como estaba de volver a verlo y retomar así el hilo de su narración andante. En tan sólo medio distrito Dot justificó el prodigio: Cada día veía un fragmento del siguiente.
Pero el motivo de su confesión no era el alarde ni la explicación contextual de nuestros encuentros sino, más bien, la necesidad de justificar anticipadamente un acto propio, provisto de la inevitabilidad que sólo tiene el destino. Hasta que unas calles más tarde (o unos días o unas páginas, qué importa), el escritor oral más grande y desconocido de todos los tiempos me anunció solemnemente la ruptura de su amor imposible.

-¿Pero por qué? ¿Por qué ahora? -me atreví a preguntar.

Mister Dot hizo un punto y aparte limpio, eterno y suspendido. Un punto que era la antesala del desenlace definitivo de su texto hablado:

-Porque me he visto mañana llorando mientras rompía sus cartas.

Allí mismo se paró y yo me despedí. Jamás he vuelto a verlo.

domingo, 31 de octubre de 2010

Dinero y lenguaje


Ayer por la mañana y por causas que no vienen al caso, me dediqué a listar en un papel todas las denominaciones coloquiales que conocía (por emplearlas alguna vez o, al menos, por haberlas oído utilizar) para referirse al dinero. Pronto conseguí esta relación:

Perras, parné, tela, guita, jalleres, pelas, pasta, jurdó, panoja, cuartos, chota, peculio, manteca y viruta.
Animado por el resultado, amplié la búsqueda a verbos que significaran “pagar” (Aflojar, apoquinar, echarse, estirarse, soltar la mosca, aforar) y expresiones para “no tener dinero” (estar sin cinco, seco, sin blanca, a dos velas, no albiyelar y estar tieso).
Después, para ser más específico, anoté las denominaciones para las distintas monedas y billetes y encontré que siempre eran para las pesetas: Así, para una peseta (Rubia, pela, leandra, cuca, cala), para cinco pesetas (duro, guil, pavo, pelote), para veinticinco (Cangrejo, cangri), cien (Libra), y mil (verde, saco, talego, machacante, sábana y boniato).

Cuando entró el Euro, en 2001, pensé en lo poco que tardaría la imaginación popular en inventar nuevos hallazgos verbales para apodar a las flamantes monedas y billetes que al principio tantos quebraderos de cabeza nos causaron. Un vez más fallé en la profecía. Han pasado casi diez años y siguen siendo tan sólo…euros. Puede que sea por la extensión del pago electrónico, porque ya no estamos tanto en la calle o porque estos años de cómodo y soso bienestar han restado importancia a un elemento que no nos era tan escaso como a las generaciones precedentes. El lenguaje, sobre todo el de la calle, que es un termómetro de las sociedades, restó importancia al dinero y rehuyó el ingenio de renombrarlo.

Y ahí va mi tesis: Esta crisis no ha sido causada por las subprime, ni por burbujas, ni por la globalización de mercados ni por complejas teorías macroeconómicas.

El dinero se ha ido, como una amante despechada, porque hemos perdido la imaginación para nombrarlo.

lunes, 11 de octubre de 2010

Memorias de Sebastián Rovira


Mientras conducía por la vieja carretera que atravesaba el paisaje como una herida, Sebastián Rovira recordó con claridad el día en el que decidió que su infancia no había sido feliz.
Siempre acabamos inventando el pasado, a menudo los recuerdos son tan sólo un producto destilado de la imaginación. Acaso su historia no fuera muy distinta a otras y las fiebres, las disputas familiares y el oscuro cuartucho de la Hacienda donde lo relegaban los castigos, no fueran otra cosa que una selección de entre infinitas infancias cuyo balance, positivo o negativo, depende del foco con que elegimos iluminar tanta intemperie cuando ingresamos en la edad adulta.
Quizá por eso, mientras se acercaba a su destino, quiso dar otra oportunidad a su pasado antes de subirlo definitivamente al desván de la memoria y retirar la escalera: Por última vez, y tras más de cuarenta años de ausencia, Sebastián Rovira regresaba a casa.

La decisión de vender la antigua Hacienda fue más fruto del deseo de sacudirse una preocupación añadida que el de una verdadera necesidad económica. Desde hacía una eternidad, languidecía sola inútil y vacía, como el cascarón abandonado por un molusco después de una muda. Salvo el propio Sebastián, todos cuantos la habían ocupado durante décadas se encontraban ahora muertos o en paradero desconocido y el abogado local que remató la subasta, liquidó también con ella los últimos restos de una historia de cosechas, vidas y peonadas al abrigo del olor a campo y a guisos multitudinarios y remotos. A él tan sólo le restaba el trámite –casi un rito- de visitar la propiedad por ver de salvar los restos del pecio antes de que las excavadoras cumplieran con el último exterminio. Ahora, cansado, de vuelta de casi todo y en los umbrales de la vejez, disfrutaba de cada jirón de niebla que resbalaba por las laderas de un paisaje redescubierto mientras que, desde la radio del coche, Liszt llenaba de piano sus nostalgias. Una liebre cruzó sin prisa la calzada frente a él y, como si fuera una señal, comenzó a llover tenuemente. Tras la siguiente curva la casa se hizo visible y, pocos minutos después, aparcó frente al porche.

La visita no fue larga porque, por algún motivo, sintió que cometía una suerte de profanación, como si tanto tiempo transcurrido le hubiera ya desprovisto de ese derecho. La devastadora acción del tiempo, la carcoma y la suciedad le impidieron reconocer del todo los espacios que ahora le parecieron mucho más pequeños que entonces. Pero en un altillo y cubierta de polvo, encontró la maleta y, en su interior, seguía estando el equipaje con el que de niño y después de adolescente, fantaseaba con la idea de escaparse de casa. Le enterneció la arbitraria selección de elementos que fue reconociendo poco a poco. Si diez minutos antes hubiera tenido que inventariar su contenido, no hubiera sido capaz de mencionar ni uno sólo, pero ahora, al verlos, cada uno de ellos iba despejando parte de su memoria como esos sueños que se desvanecen al tratar de recordarlos al amanecer. Un reloj, una medalla, algunas fotos, billetes arrugados que dejaron de tener valor hace tiempo, algo de ropa y un viejo cuaderno escolar con unas pocas páginas escritas.

Sebastián salió entonces al porche con el cuaderno en la mano y una extraña intuición en el alma. Se sentó en el banco de piedra y empezó a leer.
Al principio le pareció una casualidad. Se trataba de una historia que debió de inventar - puede que sobre los catorce años-, cuando soñaba con convertirse en escritor: En ella, un anciano regresa en coche a su casa natal. Por el camino y entre la niebla, recuerda su infancia con una mezcla de nostalgia y desapego. Comienza a llover. Un conejo se cruza en la carretera mientras la música de un piano suena en el coche. Aparca y en la casa encuentra una maleta en cuyo interior aparece un cuaderno misterioso…
De repente, recuerda haber escrito eso, ahora sí se reconoce y puede ver claramente su mano casi infantil escribiendo, hace más de cuarenta años, el relato de lo que acaba de sucederle hace tan sólo una hora. El resto de las páginas permanece en blanco, una más de las voluntariosas iniciativas que nunca llevó a término. Lo tremendo es que no es capaz de acordarse si ese joven que era él, sabía también la continuación de la historia.

A lo peor –piensa Sebastián- esta historia interrumpida significa que ya no hay más y anuncia, pues, mi muerte inmediata. Luego lo piensa mejor y entra en la casa decidido a contravenir el destino. Busca tinta y una pluma y continúa escribiendo pausadamente en el cuaderno el relato detallado del resto de su vida, porque siempre acabamos por inventar el futuro y, con frecuencia, el porvenir no es más que el producto destilado de nuestra propia imaginación.