"Confusión es una palabra inventada para indicar un orden que no se comprende"
(Henry Miller)
La llave apareció dos meses después de la muerte de Andrés, cuando Elisa decidió sabiamente desprenderse de todas sus cosas de forma radical, sin concesiones a sentimientos que entorpecieran la conquista de una realidad que ya comenzaba a quedarse atrás. Primero fue la ropa, esas camisas que ella siempre revisaba en busca de un hipotético carmín que nunca apareció. Luego le llegó el turno a los libros, a los papeles y a ese cúmulo de objetos huérfanos que siempre deja un muerto tras de sí. Todo lo que él tuvo y todo lo que él fue, se marchó para siempre por el desagüe de unas bolsas de basura que eran negras de puro fúnebres, como si el marido ausente celebrara un segundo entierro o como un sortilegio tendente a cerrar los capítulos, las puertas y los desvelos de la memoria.
Pero el descubrimiento abrió un paréntesis al olvido y un cajón del escritorio tuvo la culpa. En el fondo, muy atrás, cubierta por recibos antiguos, encontró la llave. Era pequeña, como de una caja o quizá de un candado, un sencillo objeto metálico y de apariencia inofensiva que, sin embargo, llenaría los siguientes días de Elisa como una herencia antipática e indeseada.
Una llave escondida es siempre la promesa de una cerradura remota que existe en alguna parte y, tras ella, siempre habita un secreto, el ocultamiento que Elisa siempre intuyó en la aparente serenidad de Andrés, en su impostado despiste eterno, en sus contradicciones y en sus verdades a medias. Durante semanas no paró de buscar. Contempló cualquier posibilidad, preguntó a todos cuantos le conocieron, indagó en el banco, escudriñó su ordenador, revisó las facturas…Nada. Hay quien tiene preguntas y le falta la clave para desentrañar la respuesta, pero es aún mucho peor poseer la solución y carecer a cambio de la incógnita. Por las noches, Elisa soñaba que probaba la llave en toda la ciudad, en el país, en el mundo entero; en todas las cerraduras fabricadas por el ser humano por todos los tiempos. Cuando su madre le recomendó que olvidara su obsesión ella tuvo clara la respuesta. Al final lo atrapé. Me costó, pero lo hice. Algo le pasaba a Andrés y ahora necesito saber que tanta cábala tenía una explicación.
El detective al que acudió la atendió con interés, pero le hizo una advertencia: Mire señora, si ya es difícil rastrear a un vivo, más lo es hacerlo con un difunto. Y más inútil. Déjelo estar, hágame caso.
Ni hablar, replicó Elisa. Al menos un muerto se está quieto. Si ya me es difícil asumir el presente y planear un futuro, más lo es inventarme un pasado que no fue. Usted explíqueme ese pasado, que lo demás corre de mi cuenta.
Pasaron los días y Elisa dejó de soñar, pero no de revisar el buzón a la espera de una solución para su angustia. Pero una tarde, plantada como cada día ante los cajetines verdes, tuvo una revelación mientras rebuscaba en su bolso enorme: De pronto recordó lo que le irritaba que Andrés nunca se ocupara de revisar el correo.
Entonces sacó la llave, la probó y abrió limpiamente la pequeña puerta metálica. De vuelta a casa, leyó con atención el escueto informe que encontró dentro. Con un estilo frío, casi administrativo, el detective reseñaba una vida gris e intachable: la aburrida historia de un muerto sin interés.
Esa noche, Elisa lloró y lloró, pero no supo el porqué. Mañana será otro día, se dijo.
Así que, al día siguiente, se consoló pensando que a veces el llanto no tiene motivo y que, de seguro, la culpa era del imbécil de Andrés y de sus enredos, que hasta muerto era capaz de alterarla de aquel modo.
Ahora Elisa es feliz. Siempre luchó por ser positiva. Si miras atrás, te conviertes en una estatua de sal. La llave vuelve a dormir olvidada en un cajón y, además, en estos días, le ha echado el ojo a un compañero de trabajo, cuya cara de buena persona no es capaz de ocultar al canalla que lleva dentro.