Voy a contar la historia de Doña Mercedes de Lara, señora muy principal de la alta burguesía en una ciudad de provincias. Aquellos de ustedes que han tenido el gusto (qué digo el gusto, el privilegio) de tratarla saben de su esmerada educación, de su compasión para con los necesitados, de sus buenas obras y mejores palabras, de su desacostumbrado juicio en estos tiempos de descaro y malentendida libertad; malos tiempos en los que más vale el pillo que el de recta virtud, más el vivalavirgen que el decoroso y la palabrería, más que el dignísimo silencio.
Algunos maledicientes, carne del rencor y de la viva envidia, acusan a las gentes como Doña Mercedes de hacer distinto en público que en privado. Nada más lejos en su caso. Yo, que como narrador o cronista, tengo el raro privilegio de conocer su fuero íntimo, (que alguna ventaja ha de tener el escritor, personaje externo que rara vez es personaje) les digo rotundamente que no: Mercedes de Lara hizo igual para sí que estando con otros pues nunca estuvo la pobre del todo a solas, ya que fue siempre prisionera -a partes iguales- de la religión, de la vergüenza y de las más rígidas convenciones sociales. Comer era para ella un espanto zafio, dormir una inútil servidumbre; reír, una frivolidad que rara vez se permitió. Crío a cinco hijos sin darles una caricia de más ni una reprimenda de menos. Fue amiga de refranes, administradora magistral y emisora de consejos implacables como penitencias.
El destino le proporcionó la ventura de suspirar con resignación muchas veces pues, tras la crianza de los hijos, proveyó la enfermedad de su madre y después la del marido hasta la muerte de ambos, que la dejaron sola salvo las visitas -cada vez más infrecuentes- de los nietos en las que ni unos ni otros se encontraban a gusto, que nunca fue Doña Mercedes muy de niños ni de sus carreras y gritos. Fue por entonces cuando cerró la casa y se trasladó a la costa por ver de mejorar su mala salud de hierro con paseos, sales y brisas.
Y allí, entre el batir del mar y una luz que no era de este mundo, la Señora se fue embrujando de a poco. Un día olvidó al salir la anacrónica pamela. Otro, dejó sin beso un pan caído, dos más allá -¡válgame el cielo!- se dio licencia para levantarse… a las nueve.
Y ya no sabemos de ella hasta aquel atardecer en que bajó a la playa desierta. Bien hay que decir que se trataba de una tarde especial de fines de verano, una de esas tardes en que la naturaleza tiene un último guiño coqueto antes de mostrar su cara iracunda de otoño. Ese día, precisamente ése, Mercedes se dejó en casa, además de la pamela, el noble título de Doña que tantos desvelos sin causa le costó atesorar. Y olvidando su vida al recordarla, se quitó primero las sandalias, luego todo lo demás. Espléndida en su desnudez caminó pasos inciertos, se dejó llevar. La brisa, el sol y el agua no le guardaban ningún rencor y la acogieron como si llevaran esperándola toda una vida.
Luego se sentó en la arena tibia. Rió con ganas al ver cómo movía los dedos de los pies. En ese momento hubiera querido abrazar a sus nietos pero, a cambio, remó con las manos en la arena. Un curioso sabor a sal mojó sus labios y un sol último acudió sin prisa para abrigar el repaso de su biografía.
Y así la encontraron por la mañana: tan bella como siempre fue, que nunca se vio cadáver con mejor aspecto ni con tal contento en el rostro.
Había permanecido en este valle de lágrimas setenta y tres años.
Vivir, había vivido unas horas. Las de aquella tarde de gloria.
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Hace 6 años